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En primera líneaRafael Puyol

¿Qué le pasa a la población española?

No soy sospechoso de no defender la necesidad de una buena política familiar para España que nos permita mejorar la deplorable situación de los nacimientos, pero eso no es incompatible y resulta combinable con una correcta política migratoria que nos ayude a solventar los desafíos demográficos que enfrentamos

En una de esas tertulias de verano, en las que el motivo principal de discusión es si Sánchez acabará o no la legislatura, alguien introdujo el tema de la situación demográfica del país a través de la controvertida cuestión migratoria. Un profesional muy solvente en su materia, argumentó que para qué necesitábamos la inmigración si nuestro censo estaba creciendo de forma significativa. Esta última aseveración es cierta porque a 1 de julio pasado ya rebasábamos los 49 millones, pero ignorar el papel de la inmigración como factor de crecimiento es desconocer los mecanismos a través de los que éste se produce .Un conjunto humano puede aumentar, o disminuir mediante el balance entre nacimientos y defunciones (crecimiento natural) o el saldo entre emigrantes e inmigrantes (crecimiento migratorio). En el caso de España el crecimiento natural negativo se viene originando desde 2016 y alcanzó la cifra de menos 115.000 personas en 2024. Si la población creció en este último año en más de medio millón de individuos fue gracias a la inmigración que arrojó un saldo positivo superior a las 642.000 individuos. Así pues, la inmigración devuelve a positivo el crecimiento interno negativo. Este es un primer rasgo a destacar del estado actual de nuestra población.

El Debate (asistido por IA)

Ahondemos un poco más en la cuestión del aumento natural porque su evolución va a condicionar de manera decisiva nuestro futuro demográfico. No parece que ni la fecundidad (número medio de hijos por mujer), ni el volumen de nacimientos vayan a subir y resultará inevitable que la mortalidad crezca debido a la acumulación de personas mayores en la estructura de nuestro censo. Vamos a vivir más porque la esperanza de vida va a continuar subiendo, pero vamos a fallecer más por ese proceso de envejecimiento de la propia vejez que provocará la multiplicación de los óbitos en los tramos finales de la pirámide de edades. Con este panorama, el saldo natural se va a mantener negativo y la inmigración va a resultar necesaria si juzgamos que es mejor crecer que retroceder.

Hay países que ya viven en situación de implosión demográfica (pérdida de habitantes de manera sostenida) como Japón debido a su bajísima natalidad y a una política migratoria muy restrictiva; pero la inmensa mayoría de naciones trata de evitar la pérdida de habitantes por los problemas económicos y sociales que origina. Pese a los retos que plantea, la inmigración es a corto plazo el gran antídoto contra nuestra involución demográfica. Hay quienes sostienen que deberíamos hacer una apuesta más decidida por aumentar la natalidad que por favorecer la llegada de extranjeros, sin plantearse que ésta es una terapia de medio plazo y que nosotros necesitamos un remedio urgente. No soy sospechoso de no defender la necesidad de una buena política familiar para España que nos permita mejorar la deplorable situación de los nacimientos, pero eso no es incompatible y resulta combinable con una correcta política migratoria que nos ayude a solventar los desafíos demográficos, económicos y laborales que enfrentamos. Siempre me ha parecido un falso dilema plantear la solución demográfica de España entre nacimientos o inmigrantes. La verdadera salida es nacimientos e inmigrantes.

Un segundo rasgo de nuestra demografía es el desequilibrio cada vez más acentuado entre jóvenes y mayores. Entre 2008 y el 2022 los jóvenes (entre 0 y 29 años) perdieron 1,6 millones de efectivos y los mayores (65 y más años) ganaron 1,8 millones. Yo no creo que este último incremento, lo que comúnmente llamamos envejecimiento demográfico, sea un problema. Considero que es, ante todo, una conquista social aunque suponga importantes desafíos. Lo que sí me parece preocupante es que tengamos cada vez menos jóvenes propios cuya cifra aún sería inferior sin la inmigración.

Soy un contumaz defensor del talento sénior que supone, entre otras cosas, mantener activas a más personas durante más tiempo. Incluso por encima de la edad de jubilación siempre que las condiciones de salud lo permitan y sea una decisión voluntaria. Evidentemente, eso es compatible con la jubilación a una edad más temprana de las personas que desempeñen oficios de gran exigencia física y desgaste. Pero soy, a la vez, un defensor convencido de una juventud que no se puede emancipar porque tiene muy difícil el acceso a la vivienda, posee unas condiciones de trabajo definidas por la precariedad, la temporalidad, un desempleo todavía fuerte y salarios modestos y tiene serias dificultades para formar pareja y tener los hijos deseados. Y encima le pedimos que costee las pensiones y otras legítimas necesidades de los mayores. Alguien debería de verdad hacer algo serio para remediar estos retos demográficos. Una vez más vuelvo a reivindicar una política demográfica integral para España porque lo que hay no enfoca bien los problemas, no establece las medidas adecuadas para resolverlos y no incluye el presupuesto que las haría útiles.

Rafael Puyol es presidente de la Real Sociedad Geográfica