El asesinato de Charlie Kirk. La reacción trágica de la hegemonía dominante
Lo que irrita y condena a Kirk, para quienes se consideran propietarios de la verdad y del poder, es que su discurso ha calado con fuerza entre los jóvenes, atrayendo a millones
El atentado mortal contra el joven líder estadounidense Charlie Kirk, como antes el intento de asesinato de Donald Trump, responde a una lógica histórica bien conocida: la reacción virulenta de quienes hasta hace muy poco se creían dueños indiscutibles de la hegemonía política, cultural e incluso moral. Lo que irrita y condena a Kirk, para quienes se consideran propietarios de la verdad y del poder, es que su discurso ha calado con fuerza entre los jóvenes, atrayendo a millones. En una sociedad acostumbrada a resolver las voces discrepantes a golpe de pólvora, esa influencia resulta intolerable.
Este es un hecho indiscutible. Otro, igualmente llamativo, es que hasta ahora las víctimas recientes se cuentan siempre en un mismo bando: los acusados de ser autoritarios, cuando no directamente dictatoriales, son en realidad quienes sufren la violencia. Y la paradoja es aún más lacerante porque la agresión procede de ideologías que se proclaman inclusivas, abiertas y democráticas. No todo es blanco o negro: tanto Barack Obama como Joe Biden reaccionaron con rapidez para condenar el asesinato. Y está bien que lo hicieran, estoy convencido de que lo lamentan sinceramente. Pero también pienso que no tenían más remedio: la presión moral y política les obligaba a esa condena inmediata.
En este contexto, el editor de la prestigiosa revista estadounidense First Things, R. R. Reno, ha publicado un artículo titulado Turning Point for America, en el que establece un paralelismo inquietante con el asesinato de Martin Luther King. No, desde luego, por la similitud de las ideas –las de King y las de Kirk son distintas–, sino porque ambos desafiaron en su tiempo a un poder establecido que se resistía a perder privilegios. En el caso de King, el poder de la discriminación racial; en el de Kirk, el de una hegemonía cultural y política que no tolera voces discordantes.
Para Reno, lo que ahora se rompe en Estados Unidos es el consenso cultural posterior a la Segunda Guerra Mundial, diseñado precisamente para debilitar lo que él denomina los «dioses fuertes» de las sociedades occidentales: nación, religión, tradiciones y deberes colectivos. El recuerdo de los horrores del siglo XX condujo a una exaltación de los «dioses débiles»: apertura ilimitada, relativismo, multiculturalismo, individualismo radical. En Return of the Strong Gods (2019) desarrolló esta tesis en profundidad, y ahora la retoma y la aplica al presente.
Desde la perspectiva europea, yo mismo he formulado un planteamiento que tiene muchos puntos de contacto en La sociedad desvinculada (2014; 2019). Allí sostengo que la modernidad ha ido erosionando progresivamente los vínculos básicos –familia, comunidad, fe, patria– hasta convertir al individuo en un ser aislado y frágil, incapaz de sostener compromisos estables. Reno describe ese mismo vacío, pero lo hace desde un ángulo histórico-político centrado en la experiencia estadounidense. Mi aproximación es desde un contexto europeo: parto del individualismo ilustrado, que se desarrolla con el liberalismo moderno y alcanza su paroxismo en los años sesenta, cuando se impone la idea de que la realización personal consiste en la satisfacción inmediata e ilimitada de los deseos, sin límites ni cauces.
Para un estadounidense no vinculado a la crítica comunitarista de MacIntyre o al liberalismo clásico, la narrativa de este proceso desvinculador se centra más en sus consecuencias políticas nacionales, como hace Reno. Pero, en el fondo, las conclusiones son las mismas: sociedades debilitadas, fragmentadas, con individuos solitarios que buscan con desesperación nuevos referentes.
De ahí surge la propuesta, que en su esencia es compartida. Se trata de recuperar vínculos sólidos capaces de articular una vida común significativa. Reno habla de rescatar «dioses fuertes» positivos: patriotismo cívico, familia, religión, tradiciones culturales. Yo insisto en la necesidad de una sociedad responsable, donde la familia y la comunidad recuperen su papel de núcleos de solidaridad y responsabilidad compartida, y donde la fe cristiana y la moral objetiva, enraizadas en la cultura y en la ley natural, vuelvan a tener presencia en la política.
Ese es, precisamente, el punto que el poder establecido no admite y contra el que se defenderá por todos los medios, de acuerdo con su práctica y su tradición política. La hegemonía cultural dominante sabe que su fuerza descansa en la disolución de los vínculos fuertes. Por eso teme tanto a quienes los reivindican: porque el restablecimiento de la familia, de la comunidad, de la patria como virtud y de la fe y la cultura cristiana como ejes de la vida común supondría el fin de su monopolio.
El reto no consiste solo en convencer, en ganar las mentes y los corazones de las personas, sino también en canalizar en términos positivos ese retorno inevitable hacia vínculos constructivos que fortalezcan la convivencia. La familia, las restantes comunidades, la fe y la cultura cristiana deben volver a ser «dioses fuertes», no para dominar, sino para sostener y dar sentido a la vida común. Esa es la encrucijada en la que se encuentra hoy Occidente.