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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

¿Viejos decrépitos?

No hagan caso de las tendencias porque son solo eso, tendencias. Pasan, y rara vez volvemos a acordarnos de ellas. La auténtica sabiduría permanece. Hagámosles el caso que merecen, aunque solo sea por nuestro propio bien

Esta semana comí con el padre de un buen amigo. Una más de las muchas que hemos compartido a lo largo de casi veinticinco años. Años en los que ha tenido la infinita paciencia de sentarse conmigo y con su hijo, una y otra vez, para explicarnos su visión del mundo.

El Debate (asistido por IA)

Recuerdo con absoluta nitidez cómo nos hablaba cuando yo apenas tenía dieciséis años, y me asombra comprobar que su tono sigue siendo el mismo ahora que tengo treinta y nueve, sin un atisbo de condescendencia. Y me pregunto: si entonces él me tomaba en serio, cuando yo no era más que un chisgarabís, ¿cómo no voy a hacerlo yo ahora que él roza las siete décadas? Sería no solo injusto; sería absurdo.

Pero pasa. Hoy la edad se ha convertido en un hándicap serio. No solo a la hora de contratar, sino incluso a la hora de opinar o de participar en la vida social. En una época en la que lo superficial se ha vuelto una religión, las arrugas, que deberían ser un valor añadido, parecen fuera de lugar. Hemos dejado de escuchar a nuestros mayores. Y es un error monumental.

Casi todos llegamos a un momento de la vida, algunos lo llaman madurez, en el que descubrimos que los mayores son, en realidad, como nosotros: personas con sus virtudes, manías, miedos y pasiones; solo que con más años. Es un descubrimiento importante, porque lo que antes era una relación vertical se vuelve, de pronto, horizontal. Pero, aunque parezca obvio, hay algo que los sigue distinguiendo y que, a mi juicio, tiene un valor incalculable: la experiencia.

En tu primer trabajo sueles quedarte alucinado con lo que saben tus jefes. A mí, al menos, me pasaba. Te preguntas: ¿cómo puede saber esto? O, mejor aún, ¿cómo ha sido capaz de anticiparse? Con el tiempo comprendes que lo han conseguido a base de cometer errores, de probar una y otra vez. Tareas que al principio parecen inalcanzables, meses después las haces casi sin pensar. Prueba, error, aprendizaje.

Y así como hace algunas décadas la gente sensata se preguntaba cómo era posible que el mundo laboral prescindiera del 50 % de su talento, las mujeres, hoy me pregunto cómo es posible que una persona de más de 55 años se considere poco menos que un fósil en cualquier empresa. ¿Nos hemos vuelto locos?

Yo no creo en esa falacia. Nunca lo he hecho. Creo que las personas mayores tienen mucho que aportar a la sociedad en todos los ámbitos. Por eso, desde muy joven, he intentado aprender todo lo posible de su experiencia. Y créanme si les digo que me ha resultado muy útil.

Si hubiese sido estúpido, nunca habría conocido a una de las personas más interesantes de mi vida. Se trata de un señor de más de ochenta años que, con el paso del tiempo, ha tenido la paciencia y la generosidad de abrirme las puertas de su casa para compartir, en largas conversaciones, su vida y milagros. Y créanme: es mucha vida y son muchos los milagros. Es la personificación del hombre renacentista, capaz en casi todas las disciplinas intelectuales, cuya inteligencia en las finanzas le ha permitido dedicarse a su auténtica pasión: el humanismo.

¿Saben a qué se dedica ahora, cuando podría estar tomando champán en la Costa Azul, repantingado en una hamaca? A escribir. Escribe ensayos sobre las materias más diversas. Lee, estudia y, cuando comprende y digiere, opina. Para que se hagan una idea, el primer texto serio y académico que recibí sobre inteligencia artificial fue suyo, hace ya cinco años. La bibliografía era tan extensa que superaba con creces al propio ensayo. Si hubiese sido un necio, me lo habría perdido.

Y como estos ejemplos tengo muchos. Mientras algunos apartan de su lado a quienes cumplen años, yo me enorgullezco de atraerlos todo lo posible, porque sé que todos ellos, a su manera, me aportarán enseñanzas que ninguna persona más joven podría ofrecerme.

Si tienen a alguien mayor cerca, no lo duden. A veces puede parecer tedioso, lo sé, pero si tienen paciencia descubrirán cosas increíbles que, de otro modo, serían difíciles o directamente imposibles de conocer.

No hagan caso de las tendencias porque son solo eso, tendencias. Pasan, y rara vez volvemos a acordarnos de ellas. La auténtica sabiduría permanece. Hagámosles el caso que merecen, aunque solo sea por nuestro propio bien.

Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista