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En primera líneaJosep Miró i Ardèvol

El aborto es un antihumanismo

Defender la vida humana –toda vida humana– es hoy el acto político más radical y esperanzador. Porque sin esa afirmación, todo lo demás se vuelve discurso vacío sobre una humanidad que ya no existe

Nuestra época vive una crisis silenciosa, pero devastadora: la de no saber qué es el ser humano. Todo lo demás —la política, la economía, la técnica— depende de esa pregunta. Cuando se prescinde del humanismo y el ser humano deja de reconocerse como fin en sí mismo, se desordena el principio de humanidad que sostiene toda vida moral: el deseo se impone como criterio supremo, la verdad cede ante el poder y la vida deja de tener valor por sí misma.

El Debate (asistido por IA)

Hoy no estamos ante una disputa ideológica entre derecha e izquierda, sino ante un conflicto más radical: humanismo frente a antihumanismo. El humanismo reconoce que toda persona posee una dignidad intrínseca, que la libertad tiene sentido solo si se ordena al bien, que la vida humana no se mide por la utilidad o el deseo. El antihumanismo surge cuando la libertad se separa de la verdad, es decir, del reconocimiento de la realidad y del bien: el ser humano ya no se reconoce como fin, con independencia de su estado y dependencia, y su valor depende de la voluntad de quien tiene el poder sobre su vida. Su existencia depende del deseo del otro o de la oportunidad de su presencia.

El aborto es la expresión más visible y extrema de este giro de la cultura y la moralidad. La libertad se redefine como poder absoluto sobre la vida del otro, y el hijo concebido –ese ser humano real y vulnerable– es negado como sujeto para hacerlo desaparecer. A esa inversión más radical del lenguaje moral se la llama «derecho» de la mujer.

La columnista e ideóloga de El País, Mariam Martínez-Bascuñán, define esta mentalidad antihumana: «Al reformular el marco del debate desde el acceso a un derecho hacia una supuesta defensa de la vida, hablando de «106.000 personas abortadas», el resultado es que las mujeres que quieren abortar desaparecen substituidas por abstracciones morales» (la negrita es mía) (12.10.2025). Los seres humanos abortados masivamente no son tales; son solo abstracciones morales, que eclipsan a quienes quieren abortar. Es una mentalidad terriblemente peligrosa, porque califica al ser humano de «abstracción moral», solo porque es un ser dependiente de la madre.

La negación de su humanidad no es un error accidental, sino una condición necesaria para mantener el edificio ideológico del abortismo. Si se reconociera su realidad humana, todo el discurso caería por su propio peso.

Esa negación no solo afecta al hijo. Afecta a la madre, convertida en sujeto aislado, desvinculado de su relación originaria del don y el cuidado. En nombre de una autonomía cuyo fin es la liquidación del ser humano dependiente, se destruye el vínculo más elemental de la especie: la relación entre quien da la vida y quien la recibe. La sociedad desvinculada nace de esta ruptura interior: del olvido de que la libertad humana florece solo en el reconocimiento del otro y solo alcanza su sentido en la práctica del bien.

Esta lógica no destruye únicamente vidas individuales; erosiona las bases del derecho y la convivencia. Un orden jurídico que niega la existencia del ser humano concebido para justificar su eliminación pierde su fundamento universal. Si la dignidad ya no es un valor intrínseco, sino un atributo que se concede o retira según la circunstancia, entonces ninguna vida está realmente a salvo.

El aborto, así entendido, no es solo un problema moral o religioso, sino una cuestión política y civilizatoria. Es el punto en el que una sociedad decide si la vida humana tiene valor en sí misma o solo mientras alguien la desea. Es el espejo en que se refleja el tipo de comunidad que somos: una que cuida o una que selecciona; una que acoge o una que descarta.

Frente a esta deriva nihilista, urge un nuevo humanismo político. Se trata de recuperar los fundamentos que hicieron posible la idea misma de los derechos humanos. Todo proyecto de futuro requiere una antropología del límite y del cuidado: reconocer que la vida no nos pertenece, que la libertad necesita orientación moral, que el cuerpo es lenguaje de comunión y no de dominio.

La defensa de la vida no es una consigna confesional, sino un acto de razón. Es el reconocimiento más elemental de la realidad. Ninguna democracia puede sostenerse sobre la negación de su miembro más débil. La sociedad desvinculada, que convierte los vínculos en cargas y los deberes en obstáculos, está condenada primero a la anomia, después al colapso y, por fin, a su hundimiento.

El dilema del siglo XXI se sitúa entre una civilización del cuidado y una civilización del descarte. O lo que es lo mismo entre humanismo y antihumanismo, cuyo bastión es el aborto. Sobre esto hemos de levantar el debate político y no sobre un derecho de la mujer a practicar un acto –el aborto– que, para legalizarlo, previamente se ha tenido que suprimir toda referencia al ser humano engendrado, porque no soporta mirar a la cara aquello que destruye.

Defender la vida humana –toda vida humana– es hoy el acto político más radical y esperanzador. Porque sin esa afirmación, todo lo demás se vuelve discurso vacío sobre una humanidad que ya no existe.

Josep Miró i Ardèvol es presidente de e-Cristians