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En primera líneaRicardo Martínez Isidoro

Una defensa europea de geometría variable (destellos de Múnich)

La creación de un Ejército Europeo, opción también del presidente español en Múnich, es inconsistente con una UE que no ha alcanzado su unidad política, cualquier aproximación, vía dos velocidades, solo sería un intento más de disponer de fuerzas aplicables a combates de baja intensidad

No es una verdadera solución para una defensa europea, inserta en la defensa de Europa, que integraría al resto de naciones no comunitarias; la geometría variable en materia de Defensa tendría serios problemas estratégicos, seguramente insolubles desde el punto de vista operacional militar.

El Debate (asistido por IA)

Desde la Comunidad Europea de Defensa, hasta la Unión Europea (UE) actual, han pasado 70 años, un largo recorrido en el que se ha buscado la fórmula de la unidad, nunca conseguida en materia de Defensa, en la determinación de unos intereses vitales susceptibles de ser defendidos por todos los socios, y esta ausencia ha condenado a la UE a no alcanzar, llegado el momento, su autonomía estratégica y su defensa autónoma, ahora tan necesarias por el debilitamiento del vínculo transatlántico, en Múnich matizado por Marco Rubio.

La UE ha tenido una fundación y evolución eminentemente económica y social, y los tratados originarios no incluían las cuestiones de Defensa, de ahí que en estos siete decenios se haya tenido la tentación, también, de habilitar a la Unión Europea Occidental (UEO) para las cuestiones de Defensa, aunque su finalidad primigenia fuera, sobre todo, el control de armamento y la vinculación de Alemania (entonces RFA) a la defensa de Europa y a la OTAN; la ventaja de la entonces UEO era su tratado, ejecutivo en lo relativo a la solidaridad ante una agresión a uno de sus miembros; además la UEO integraba también a Gran Bretaña.

Desestimada la UEO, muy probablemente por Francia, impulsora del proceso, y elegida la Comunidad Económica Europea, versus UE, faltaba la generación de un intento de unidad, de una doctrina común, como acaba de considerar Ursula von der Leyen en la Conferencia de Múnich, contemplando la posibilidad de acelerar el proceso mediante la consideración de la geometría variable en la defensa de Europa, en este caso también con la asistencia de Gran Bretaña, donde Keir Rodney Starmer ha defendido su acercamiento europeo en la ciudad bávara, olvidando el Brexit, y se ha manifestado comprometido con la misma; es patente la dificultad que lleva implícita una doctrina común a 27 miembros, y quizás todavía persista la sensación de fracaso que supuso el proyecto de Constitución europea de 2004, rechazado por Francia.

La adopción del Tratado de Lisboa, como reacción al fracaso de la Constitución europea, dio mayor fortaleza a las instituciones de la UE, en especial al Parlamento Europeo, creó la Presidencia del Consejo y abrió la posibilidad de decidir con mayoría cualificada, dando entrada a la creación de un sistema europeo a dos velocidades, aplicable ahora a este urgente momento estratégico.

Es muy posible que Alemania, renuente en el pasado sobre cuestiones de Defensa y Acción Exterior, esté dando pasos más definitivos, acertando en la crítica de la nueva vinculación de Estados Unidos con Europa y apostando con Francia en una política de defensa que tenga en cuenta la opción nuclear francesa.

Militarmente, una Europa a dos velocidades tiene el inconveniente de que el teatro de operaciones europeo es único para un agresor, como se vio en la Segunda Guerra Mundial, y para la reacción del agredido, que no podrán obtener ventajas operacionales limitando sus zonas de actuación por cuestiones meramente políticas, consistentes en la responsabilidad del patrocinio de las fuerzas aportadas.

Una guerra de invasión procedente del Este no podrá compartimentarse, a medio plazo, con la participación solo de aquellos países que decidan implicarse con fuerzas en una interpretación del artículo 42.7, además la cohesión fruto de la unanimidad es un activo para las operaciones militares.

La cuestión nuclear viene de nuevo a ser tratada en la reciente Conferencia de Múnich, siempre por el presidente Macron y en esta ocasión por un muy receptivo canciller alemán Friedrich Merz, que no solo participa con OTAN en el dispositivo aéreo desplegado para los planes nucleares de la Alianza, sino que viene a aceptar discutir sobre la posibilidad de que el «paraguas nuclear» galo pueda cubrir también Alemania, en otro tiempo (canciller Khol) casus belli para la antigua RFA; es muy probable que la actitud de Trump, muy suavemente expresada por su secretario de Estado, Marco Rubio, le haya hecho deducir que el paraguas nuclear estratégico de los Estados Unidos no estaba tan disponible como antaño.

La ampliación del territorio cubierto por la Force de Frappe gala supone una serie de inconvenientes importantes, y el más imponderable reside en la cesión de soberanía al presidente de la República Francesa para desencadenar la represalia nuclear en nombre de terceros; además es muy probable que Francia exija compensaciones o al menos financiación.

La negativa española para no sumarse a esta iniciativa, antes de que nazca, es más ideológica que práctica, pues no se trata de rearmarse nuclearmente, aunque Polonia por cuestiones obvias ya ha manifestado su deseo de hacerlo unilateralmente, sino de confiar la disuasión nuclear a un dispositivo ya existente.

La creación de un Ejército Europeo, opción también del presidente español en Múnich, es inconsistente con una UE que no ha alcanzado su unidad política, cualquier aproximación, vía dos velocidades, solo sería un intento más de disponer de fuerzas aplicables a combates de baja intensidad, para su desactivación después del cese de hostilidades; un Ejército se debe a unos ideales a defender, hasta el máximo sacrificio, por ello debe de construirse desde los más altos valores de los europeos, definidos como vitales.

  • Ricardo Martínez Isidoro es general de División Rdo. y presidente de la Asociación de Militares Escritores