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Por primera vez en mi larga vida hay ministros que no reconozco. Ante fotos de algunos me pregunto quiénes serán. En el llamado «Gobierno de los PNN», el primero de Suárez, no figuraban desconocidas; eran ya notables profesionales. Cuando llegó el socialismo, González contó con personas destacadas en sus ámbitos. Con Sánchez muchos ministros son conocidos por sus desapariciones, caso Rego, sus bramidos, caso Puente, o sus meteduras de pata, caso Yolanda. No insistiré en las citas. Pero hay un ministro que me sorprendió desde el inicio de su gestión: Ernest Urtasun, titular de Cultura. A estas alturas mis sorpresas son escasas.

El Debate (asistido por IA)

Urtasun, con un abuelo navarro condecorado por Franco, herido en combate y militante destacado, llegó al ministerio y la armó. Citaré algunas perlas. Despreció la invitación oficial francesa a la reapertura de la catedral de Notre Dame. España no estuvo representada al nivel que correspondía; los Reyes tampoco asistieron y estaban invitados; acaso Sánchez influyó en aquella decisión. Urtasun declaró su intención de trocear el Museo del Prado repartiendo obras acá y allá. Con ese criterio no existirían los grandes museos nacionales del mundo mundial. No pongo en duda su valía diplomática, que ha esquivado mucho y servido poco, pero resulta discutible su liderazgo oficial de nuestra tan rica cultura.

Entre otros asuntos sorprendentes, Urtasun se manifestó antitaurino desde el inicio de su gestión y obró en consecuencia. Declaró: «hay una mayoría de españoles con cada vez más sensibilidad por los derechos de los animales y que no comparten el maltrato animal». También señaló que «cada vez va menos gente a los toros». Su afirmación se contradice con la realidad por la incorporación de jóvenes; le debe ocurrir con sus cifras como a su jefe Sánchez con las de la buena marcha económica y el paro. Hace un par de años, el ministro suprimió el Premio Nacional de Tauromaquia, transgrediendo la ley 18/2013, que regula la tauromaquia como patrimonio cultural. Si no le gustasen el teatro o el circo ¿los perseguiría? Pero tiene sus compensaciones y el año pasado el amigo Illa designó directora general a su pareja. Es tan tiquismiquis que en su día abandonó la plataforma X por ser «un altavoz de la oligarquía de extrema derecha y sus tentáculos fomentan el odio y la desinformación». Y olé.

Crecen las protestas antitaurinas. Varias organizaciones mantienen constantes movilizaciones contra las corridas de toros. Se produjeron en Madrid y en otras ciudades al inicio de la temporada taurina. Y en Valencia al tiempo de las Fallas: «Tras cada entrada que se compra para las corridas hay un animal agonizando». Hay mucho más. Y ante Las Ventas no han faltado enfrentamientos entre antitaurinos y aficionados, que requirieron presencia policial. Cataluña prohibió en 2010 las corridas de toros, pero mantiene festejos taurinos como los 'correbous' en los que existe maltrato. Son toros de fuego, con antorchas atadas a los cuernos que queman los ojos, el morro y el cuerpo del animal; toros ensogados que producen graves desgarros en el cuello; toros del mar que a veces acaban ahogados. Pero eso no es maltrato y Urtasun ni pío. Al fin y al cabo, es «un señor de Barcelona», título de Pla.

Los fervorosos del animalismo, paralelos a los antitaurinos, no se movilizan contra el degüello público de miles de corderos en la festividad musulmana, pero denuncian la muerte de los toros de lidia. Pura hipocresía. La ofensiva antitaurina contra las corridas de toros lleva a violencias como manchar en las redes sociales la memoria de un torero muerto en la plaza, insultando a su madre y a su viuda, como tras la cogida mortal de Víctor Barrio en 2016. Fue objeto de chanzas y descalificaciones. Tras su muerte, numerosos antitaurinos publicaron mensajes ofensivos. Dos de los odiadores fueron condenados por los tribunales. Es el cobarde anonimato de las redes sociales que una norma debería regular.

Tras la reciente grave cogida de Morante de la Puebla en la Maestranza, las redes sociales mostraron mensajes vergonzosos: «Me alegro y me parece poco». «El toro y yo tan contentos». «Y que tenga el mismo derecho a sanidad pública». «Me da pena el toro». «Lo bueno es que ya no tiene que hacerse una colonoscopia». «Ellos que dicen que no es una persona. ¡No! Es un ser vivo porque respira. Las personas que son personas no hacen sufrir a los demás seres vivos». Pero no pocos serán partidarios del aborto; las víctimas no son toros. Quienes no quieran acudir a las plazas que no lo hagan, pero que respeten a quienes decidan hacerlo. No soy un entendido ni un habitual en las plazas, pero la libertad de asistir a las corridas de toros o a cualquier otra manifestación cultural forma parte inseparable de la defensa del conjunto de las libertades ciudadanas.

Hace años, en un debate parlamentario taurino aclaré que el Ortega que cité no era el matador, sino el filósofo; había visto las caras de de algunas de sus señorías. El carácter tradicional e identitario hispano de las corridas de toros, la fiesta nacional, mueve esta irracional animadversión, tanto como los atentados contra los símbolos de España, incluidas quemas de banderas nacionales y fotografías del Rey. Un capítulo más de esa rampante corriente disgregadora. La efervescencia antitaurina, más o menos violenta, convertida en disfraz de lo político. Abunda la hipocresía. Y el ministro Urtasun no debería sumarse a ella, aunque sólo sea por vergüenza torera, con perdón.

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando