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Irán: ganar la guerra, perder la paz

Ese es el verdadero riesgo de este acuerdo. No solo lo que pueda ocurrir en Irán, sino la lección que extraerán Pekín, Moscú, Pyongyang o cualquier otro adversario de Occidente. Que las democracias siguen siendo extraordinariamente poderosas, pero que su determinación es limitada

Estoy profundamente decepcionado con la Administración Trump, pero conviene explicar por qué.

Hasta ahora sí creía percibir una lógica estratégica detrás de su política exterior. Una lógica basada en la prioridad hemisférica de Estados Unidos –de ahí el interés por Groenlandia, Panamá, Venezuela o el respaldo a Milei en Argentina– y, sobre todo, en la identificación de China como el principal adversario geopolítico. Desde esa perspectiva, la intervención contra Irán nunca fue únicamente una cuestión de Oriente Medio. Su objetivo principal era debilitar la posición de China en la región, evidenciar su dependencia energética, la vulnerabilidad de sus rutas marítimas y las limitaciones reales de su tecnología militar. Irán era, en muchos sentidos, la principal cabeza de puente china en Oriente Medio, y golpearlo suponía también golpear la arquitectura estratégica que Pekín lleva años construyendo.

El Debate (Asistido por IA)

También considero que la intervención estaba justificada. El ataque previo no había disuadido al régimen iraní de continuar acelerando su programa nuclear. Los ayatolás seguían convencidos de que la bomba era su única póliza de supervivencia. La oportunidad creada por la acción israelí –que descabezó buena parte de la cúpula del régimen– abrió una ventana excepcional. A corto plazo, la campaña fue extraordinariamente exitosa: destruyó gran parte de las capacidades defensivas iraníes, neutralizó su fuerza aérea y naval, degradó severamente su programa nuclear y dejó a sus proxys en una posición de debilidad sin precedentes.

Pero hay un aspecto que merece especial atención. Estamos hablando de una de las operaciones aéreas más complejas de las últimas décadas, con cientos de aeronaves operando de forma continuada durante días, atacando objetivos estratégicos en profundidad y enfrentándose, en teoría, a uno de los sistemas defensivos más sofisticados de Oriente Medio. Y, sin embargo, Irán fue incapaz de infligir bajas significativas a las fuerzas estadounidenses o israelíes. Desde el punto de vista militar, la campaña fue extraordinariamente quirúrgica. No solo se alcanzaron los objetivos previstos, sino que se hizo con un coste humano prácticamente inexistente para quienes ejecutaron la operación. Eso limita enormemente cualquier argumento basado en el desgaste de la opinión pública o en la imposibilidad de sostener el esfuerzo militar.

La respuesta iraní era perfectamente previsible. Primero, el ataque indiscriminado contra vecinos suníes. Segundo, la amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz. Pero también quedó patente que muchas de las capacidades que durante años se atribuían a Teherán habían desaparecido o eran mucho menos relevantes de lo que se suponía. El programa nuclear sufrió daños profundos y difíciles de revertir a corto y medio plazo. Los hutíes apenas pudieron alterar el curso de los acontecimientos. Hamás quedó reducido a la irrelevancia estratégica. Hezbolá avanzaba hacia una derrota histórica, no solo por la presión israelí, sino porque amplios sectores del Líbano y el nuevo Gobierno sirio percibían la oportunidad de liberarse definitivamente de su tutela.

Además, la Casa Blanca estaba transmitiendo un mensaje correcto: cerrar Ormuz perjudicaba más a Irán y a China que a Occidente. Irán podía intentar estrangular el comercio mundial, pero también corría el riesgo de estrangularse a sí mismo. Y si decidía cerrar Ormuz, Estados Unidos podía responder asfixiando el comercio marítimo iraní y cerrando de facto sus propios puertos al tráfico internacional. Sí, existía un riesgo inflacionario y un coste económico, pero tampoco se materializaron las profecías apocalípticas sobre una recesión global o un colapso de los mercados. Estados Unidos incluso obtuvo beneficios geopolíticos y económicos derivados de la situación, mientras demostraba una superioridad militar y estratégica difícilmente discutible.

¿Qué ha fallado entonces? Que en la Casa Blanca siempre han coexistido dos almas. Una, aislacionista y acomodaticia, representada por J. D. Vance. Otra, consciente del papel de liderazgo global de Estados Unidos, representada por Marco Rubio. Trump ha actuado como árbitro entre ambas, pero finalmente ha terminado imponiéndose su faceta más transaccional, cortoplacista y frívola. La misma que confunde el cierre de una negociación con la resolución de un problema; la misma que valora más el anuncio de un acuerdo que la garantía de su cumplimiento; la misma que busca victorias rápidas y visibles antes que resultados profundos y duraderos. Busca con demasiada frecuencia éxitos más gestuales que profundos, más efectistas que reales, más orientados al titular que a transformar la realidad de forma permanente. Exactamente igual que ocurrió en Gaza, ha decidido detenerse cuando todavía quedaba trabajo por hacer.

Formalmente, el objetivo nunca fue un cambio de régimen. Pero la realidad es que existía una oportunidad histórica para provocar una transformación profunda y duradera del equilibrio regional. El régimen estaba contra las cuerdas. Sus principales instrumentos de proyección de poder estaban debilitados. Su programa nuclear había retrocedido años. Sus aliados regionales se encontraban en retirada. Y las propias élites iraníes empezaban a percibir la fragilidad de un sistema que durante décadas había parecido inexpugnable.

Esa oportunidad se ha desperdiciado. Al menos por ahora. Y las consecuencias son evidentes. Las monarquías del Golfo se sentirán abandonadas y profundamente agraviadas. Israel acelerará su búsqueda de una independencia estratégica aún mayor –algo que probablemente le beneficiará a largo plazo– y Netanyahu ya ha dejado claro que no se considera necesariamente vinculado por todos los compromisos asumidos por Trump. Mientras tanto, los adversarios de Estados Unidos perciben vacilación donde deberían percibir determinación.

Creo que esta decisión acabará volviéndose contra Trump. Su capital político se basa en dos pilares: la imagen de gran negociador y la reputación de líder con una enorme capacidad de disuasión. Con este acuerdo corre el riesgo de debilitar ambas. La izquierda le recordará, con razón, que criticó duramente a Obama y Biden por acuerdos que, según él, fortalecían al régimen iraní sin eliminar la amenaza nuclear. Que denunció durante años políticas que consideraba apaciguadoras y que reprochó la retirada de Afganistán como símbolo de debilidad estratégica. Y ahora corre el riesgo de aparecer atrapado en una contradicción similar, probablemente peor. Al mismo tiempo, una parte importante de su propia base recibirá un mensaje profundamente confuso sobre cuál es el papel de Estados Unidos en el mundo y hasta dónde está dispuesto a llegar para sostener su capacidad de disuasión.

Pero el problema más grave trasciende incluso la política doméstica estadounidense. Más allá de las realidades concretas sobre el terreno, lo que importa es el mensaje estratégico que se transmite al resto del mundo. Y ese mensaje puede resumirse en una frase: resiste y vencerás. Resiste lo suficiente, aguanta el castigo, prolonga las negociaciones, explota las divisiones internas de las democracias y acabarás encontrando una salida. Si un régimen dictatorial concluye que la resiliencia política de Occidente es menor que la suya propia; si percibe que basta con sobrevivir para terminar obteniendo concesiones; si entiende que las democracias carecen de la concentración, la paciencia o la voluntad necesarias para culminar una victoria cuando la tienen al alcance de la mano, entonces el incentivo que se genera es profundamente perverso.

Ese es el verdadero riesgo de este acuerdo. No sólo lo que pueda ocurrir en Irán, sino la lección que extraerán Pekín, Moscú, Pyongyang o cualquier otro adversario de Occidente. Que las democracias siguen siendo extraordinariamente poderosas, pero que su determinación es limitada; que pueden ganar las batallas, pero no necesariamente consolidar sus victorias; y que, al final, la perseverancia de los regímenes autoritarios puede acabar siendo recompensada.

En resumen, la guerra estaba justificada. Sus objetivos estratégicos eran razonables y parte de ellos se alcanzaron con notable éxito. La capacidad militar iraní ha quedado gravemente dañada y su programa nuclear está hoy mucho más lejos de lo que estaba. Pero los objetivos verdaderamente transformadores, aquellos que parecían tangibles y alcanzables, se han desvanecido. Si el acuerdo finalmente se implementa en los términos que conocemos, su resultado puede ser profundamente contraproducente y peligrosamente inestable. Y el mensaje que Estados Unidos transmite a sus enemigos es probablemente el peor posible: que incluso después de una victoria militar clara carece de la voluntad necesaria para consolidarla y convertirla en una paz duradera.

  • Ángel Más es presidente de Acción y Comunicación en Oriente Medio (ACOM)