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en primera líneaAndrés Muñoz Machado

El alma de los robots

Con todo, lo que nunca puede olvidarse es que el alma de un robot, lo que determina sus acciones, es el software del que su constructor los dotó y que nunca podrán hacer nada que vaya más allá de las posibilidades de este software

En todas las épocas se ha deseado construir autómatas. En el Hermitage de San Petersburgo se guarda un precioso pavo real que, accionado por mecanismos de relojería, se mueve con extraordinaria soltura. Sirvan de ejemplo de nuestros días los inolvidables y entrañables, R2-D2 y C3-PO de La Guerra de las Galaxias.

El Debate (Asistido por IA)

Los robots son quizás la cara más espectacular de los desarrollos técnicos de los últimos cien años. Su cerebro (circuitos digitales) está hecho predominantemente de silicio, el elemento más abundante en la superficie terrestre. Su alma es el programa informático (software) del que les dota su constructor y que les asigna unas «capacidades vitales». Su operación se basa en procesos de prueba y error que les hacen corregir su funcionamiento hasta conseguir el objetivo elegido. Los robots no pueden hacer más de lo que su software les permite, aunque, a veces, todo puede ocurrir, resulten acciones que los diseñadores del software nunca esperaron.

Hoy, los robots realizan todo tipo de tareas domésticas, son entrenadores de gimnasia, ejercen de confidentes en las tardes de aburrimiento, imitan el comportamiento de una mascota, bailan y cantan. Pueden adquirirse por piezas y montarse como un producto más de bricolaje, formar parte de cursos de educación infantil.

Son eslabones en los procesos industriales y en los de servicios, en cirugía, en la inspección y mantenimiento de edificios, de las vías del tren, la prevención de incendios.

En las ciudades se intenta cada vez más utilizar a robots terrestres y drones en la solución del dificilísimo problema de la Distribución Urbana de Mercancía (DUM), que comprende los repartos de última milla, en los que se intenta, en ciudades con un tráfico intenso y un difícil aparcamiento, la entrega de paquetes en el domicilio del comprador. Algunos autoridades regionales comienzan ya a prever la construcción de helipuertos, vertipuertos y 'dronódromos'.

Se construyen robots de las más diversas formas, entre ellas los denominados cuadrúpedos, similares a un animal de cuatro patas, y los humanoides, que se parecen a C3-PO. Entre las aplicaciones más curiosas y notorias está la del robot cuadrúpedo, utilizado para inspeccionar los túneles de cables de Singapur. Los recorre y usa sus cámaras y sensores para informar de su estado. También son robots los submarinos no tripulados construidos recientemente por Ucrania, con un alcance de unas 2.000 millas, de uso militar, y que parece muestran un importante avance en la solución del problema de las comunicaciones entre tierra y vehículos sumergibles. Unos y otros son ejemplo del carácter dual (civil y militar) de la fabricación de robots.

El mercado global de robots (2025), según la International Federation of Robotics (IFR), es de unos 61.000 millones de dólares anuales, de los cuales, aproximadamente la mitad, corresponden a robots industriales (soldadura, mecanizado, movimiento de piezas,..) y la otra mitad a robots de servicios (logística, agricultura, mantenimiento, hospitales,…). Se estima que, la próxima década, verá un crecimiento del 15% anual.

Según la IFR, el número de robots industriales (2024) por 10.000 empleados es de 1.220 en Corea del Sur; 818 en Singapur; 449 en Alemania; 446 en Japón; 307 en Estados Unidos; y en China 166, aunque su número crece rápidamente ya que es el país que tiene y realiza el mayor número de instalaciones de robots. La estimación para España es de 183, estimándose (2024) que el uso de robots en los sectores de automoción y el metal creció el 44% y el 16,5% respectivamente, y en un 76% en el de transporte y logística.

Los robots suelen estar compuestos de una unidad central programable, que ordena las tareas a realizar y recibe información de los sensores. Su construcción ha sido posible gracias a la miniaturización de sus componentes; a la existencia de sensores cada vez más precisos y capaces de imitar los sentidos humanos; a la posibilidad de fabricar elementos cada vez más perfectos. Como ejemplo, un robot humanoide puede llevar incorporados más de cuarenta micromotores, teniendo especial interés la construcción de la mano y la de la unidad inercial, que les permite mantenerse en equilibrio. El sistema mano muñeca puede incorporar doce micromotores o más, según los movimientos que se desee realice. Los avances en el diseño de la cabeza y cara hacen que cada vez sea más frecuente la pregunta de si quien nos está hablando es una persona o un robot. Los imanes de los micromotores se hacen de un metal que monopoliza China, siendo su suministro uno de los orígenes de sus desavenencias con EE.UU., pues se emplea también en la fabricación de misiles.

La sensación de que un robot es una «persona», de que puede ser «responsable» de sus acciones ha dado lugar al planteamiento de sugestivas reflexiones éticas. Entre ellas el Código Ético propuesto por Isaac Asimov en su novela, llevada al cine, Yo robot. Entre sus mandamientos está que el robot debe obedecer las órdenes que se le den y no dañar nunca a un ser humano, protegiendo su propia existencia (la del robot) mientras no entre en conflicto con los dos mandamientos anteriores.

La otra han sido los intentos por parte de algunos representantes de la Unión Europea de crear una «personalidad electrónica», similar a la «personalidad jurídica» de personas y sociedades, que haga a los robots sujetos de derechos y obligaciones. Parece que la iniciativa no tuvo mucho éxito y acabó por retirarse.

Los robots han entrado profundamente en nuestra vida diaria. Con todo, lo que nunca puede olvidarse es que el alma de un robot, lo que determina sus acciones, es el software del que su constructor los dotó y que nunca podrán hacer nada que vaya más allá de las posibilidades de este software.

  • Andrés Muñoz Machado es doctor ingeniero Industrial