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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

1.315 años después

La desunión visigoda abrió una brecha por la que terminó desapareciendo un reino. Nuestra división actual, alimentada desde el propio poder mediante la confrontación entre españoles, también nos hace más vulnerables frente a quienes conocen perfectamente nuestras debilidades

Es como un sueño. Me pellizco para convencerme de que tan solo es una pesadilla, pero la realidad me devuelve una y otra vez al mundo que nunca deseé contemplar. La historia de don Julián y del obispo Opas forma parte de nuestra memoria, y no puedo evitar preguntarme cómo es posible que tras más de un milenio transcurrido, determinados episodios de nuestra historia parezcan proyectar su sombra sobre el presente. Sigo queriendo creer que todo esto pertenece a lo que Grande- Marlaska llama una «realidad subjetiva». Pero no. La realidad está ahí, y mi sentimiento de impotencia y frustración también. Decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos hacia territorio español en apenas dos jornadas, según las cifras difundidas entonces. Lo que comenzó como una crisis fronteriza terminó convirtiéndose en una invasión de nuestra integridad territorial y en un montaje de mentiras y contradicciones por parte del gobierno. Y entonces vuelve a mi memoria don Julián.

El Debate (Asistido por IA)

El conde traidor don Julián de Ceuta, en el año 711, tuvo un papel decisivo en el paso de las primeras fuerzas musulmanas a través del Estrecho. Sin su colaboración, aquella expedición de tan solo unos cientos de hombres al principio, difícilmente habrían podido alcanzar la península. Conozco suficientemente la historia del conde don Julián y del obispo Opas. Escribí sobre ello en uno de mis libros. La comparación resulta inevitable: hoy, nuevamente, una frontera española es sometida a una presión exterior mientras dentro del país nos preguntamos quién sabía qué estaba ocurriendo, quién recibió los avisos y por qué no se actuó antes. Se constató que existieron advertencias previas sobre convocatorias para dirigirse masivamente hacia Ceuta. También se informó de que la Audiencia Nacional investigaba las circunstancias de aquellos acontecimientos, las comunicaciones anteriores a la entrada, como la posible existencia de una organización o financiación detrás de la movilización. Y ahí está Marlaska sustituyendo al conde don Julián. Y precisamente por eso las preguntas no pueden ser despachadas como simples exageraciones políticas.

También queda en la memoria el obispo Opas con los partidarios de Witiza y sus jinetes en la retaguardia del ejército cristiano de don Rodrigo. Fue en Guadalete cuando el ejército magrebí entró en batalla con el cristiano, todo parecía a favor de este, pero de pronto sin previo aviso Opas con los suyos hostigó los flancos del ejército godo y provocó una masacre que acabó definitivamente con la honrosa vida del rey y del reino. El conde don Julián satisfizo su personal venganza contra don Rodrigo, Opas tenía más que ganar con los partidarios de Witiza, y España quedó rota por !ochocientos años! Sigo pensando que aunque uno de los cómplices de este asunto dijera que es una «realidad subjetiva». Todo es objetivo. El mundo habla de esta pesadilla en pleno siglo XXI y la desestabilización de Ceuta va incrementándose por días.

Las naciones viven también de sus recuerdos y algunos episodios adquieren una fuerza simbólica extraordinaria cuando el presente parece repetir determinados comportamientos: imprevisión, divisiones internas, intereses enfrentados y una frontera que deja de cumplir durante unas horas su función esencial. ¡Ceuta, pedazo de España, ¡cuánto estás sufriendo! Me pregunto qué errores, intereses, negligencias o cálculos políticos han llevado a esta situación. Y siento una profunda amargura. ¿Qué venganzas han sido colmadas y cuántas riquezas has ido a parar a manos de traidores?

Entonces, don Rodrigo que luchaba contra los vascones en el norte, volvió grupa a su caballo tras enterarse del desembarco musulmán. Regresó hacia el sur para enfrentarse al ejército invasor y encontró la muerte en aquel intento. Trece siglos después, se inicia la invasión de nuestra integridad territorial proclamada por el propio presidente del Gobierno, que con gran aparato de escolta, inició sus vacaciones, como también su delegado del Gobierno en Ceuta.

No necesitamos héroes medievales ni caballerías lanzadas hacia Guadalete. Necesitamos algo mucho más sencillo: un Estado que conozca lo que ocurre en sus fronteras, que escuche sus propios servicios de información, que proteja a sus ciudadanos y que explique con absoluta transparencia qué sucedió, sin esconder los problemas como si no fueran suyos. Pero queda una pregunta que no pertenece al siglo VIII, sino al XXI: ¿cómo pudo ocurrir? Y otra todavía más importante: ¿quién responderá por ello? El Gobierno de Sánchez, el traidor, excluye de culpabilidad al invasor al que además alaba, y se entretiene ahora de proveer su alojamiento.

Y así se completa el paralelismo. Entonces, una potencia exterior aprovechó las querellas de un reino dividido, la ambición de algunos de sus dirigentes y la deslealtad de quienes antepusieron sus intereses particulares a la supervivencia de la nación. Hoy no caben equivalencias históricas exactas, pero sí una semejanza moral inquietante: nuevamente, la presión procede del otro lado del Estrecho y encuentra enfrente a un poder político que parece incapaz de defender con firmeza aquello que tiene la obligación de proteger. Cambian los nombres, las armas y las circunstancias, pero permanecen la imprevisión, el desconcierto y la subordinación del interés nacional al cálculo político.

La desunión visigoda abrió una brecha por la que terminó desapareciendo un reino. Nuestra división actual, alimentada desde el propio poder mediante la confrontación entre españoles, también nos hace más vulnerables frente a quienes conocen perfectamente nuestras debilidades. Trece siglos después vuelven a aparecer, revestidos de lenguaje diplomático, explicaciones administrativas y silencios y mentiras gubernamentales. La responsabilidad principal de Marruecos en la utilización de aquella avalancha humana no puede desaparecer entre eufemismos. Quien permitió que miles de personas atravesaran su territorio y alcanzaran la frontera sabía lo que estaba haciendo. Pero tampoco puede diluirse la responsabilidad de quienes, desde España, tenían la obligación de anticiparse, responder y proteger. En el siglo VIII, las ambiciones particulares y las traiciones internas facilitaron el derrumbamiento de un reino. En el siglo XXI, la cobardía política, la ocultación y la renuncia a llamar a las cosas por su nombre pueden producir consecuencias diferentes, pero nacidas de la misma enfermedad: la pérdida del sentido de nación y de la obligación de defenderla.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara