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en primera líneaJosé Manuel Pagán Agulló

Mucho más que restos biológicos

Una sociedad verdaderamente avanzada necesita los mejores procedimientos científicos para recuperar e identificar a las víctimas. Pero necesita también conservar un lenguaje capaz de reconocer en ellas algo más que aquello que la ciencia puede describir. No necesitamos menos precisión. Necesitamos una comprensión más completa del hombre

En uno de los pasajes más conmovedores de la Ilíada Homero relata cómo Príamo, el anciano rey de Troya, se presenta ante Aquiles para suplicarle que le devuelva el cuerpo de su hijo Héctor. Aquiles lo ha matado en combate y ha ultrajado su cadáver, pero cuando aquel padre le ruega que se acuerde del suyo, algo cambia. Los dos enemigos se reconocen en el dolor, ambos lloran a sus muertos, y finalmente Aquiles devuelve el cuerpo de Héctor para que pueda recibir sepultura.

El Debate (Asistido por IA)

La escena encierra una intuición profundamente humana: incluso después de la muerte, el cuerpo de una persona merece un respeto que no concedemos a las cosas. Príamo no reclamaba simplemente unos restos materiales. Quería recuperar el cuerpo de su hijo, despedirse de él y darle sepultura.

He vuelto a esa escena estos días, al escuchar, entre las noticias de la tragedia ferroviaria que nos ha golpeado, la expresión «recuperación de restos biológicos» para referirse a las tareas de localización e identificación de las víctimas. Comprendo que se trata de una terminología utilizada en determinados procedimientos técnicos y forenses. Quienes trabajan en esas circunstancias necesitan precisión, y su labor, a menudo silenciosa y durísima, merece nuestro reconocimiento y agradecimiento; identificar a una víctima con rigor puede ser una manera de restituirle su nombre y de ayudar a su familia.

La pregunta no es si esa expresión resulta adecuada en un informe técnico, sino qué sucede cuando se traslada, sin más, al lenguaje con el que hablamos públicamente de una tragedia humana.

Porque no estamos hablando simplemente de restos biológicos. Hablamos de personas con un nombre y una historia, cuya dignidad no depende de sus logros, de sus proyectos ni siquiera del amor que hayan recibido. No merecen respeto porque sus vidas nos conmuevan, sino por algo más fundamental: porque eran seres humanos.

La cuestión, entonces, no es si la expresión «restos biológicos» resulta técnicamente correcta, sino si basta para expresar la realidad humana a la que se refiere. Porque una descripción puede ser científicamente precisa y, sin embargo, profundamente incompleta.

Vivimos en una sociedad con un desarrollo científico extraordinario. Podemos identificar víctimas en circunstancias que hace pocas décadas eran impensables, y eso es un progreso admirable. Pero conocer cada vez mejor la dimensión biológica del hombre no significa necesariamente comprender mejor quién es el hombre. La cuestión de fondo es si podemos reducir al ser humano a aquello que somos capaces de observar, analizar y medir, o si reconocemos en él una dignidad que ninguna descripción científica puede agotar. Porque el verdadero progreso no consiste solamente en ampliar nuestros conocimientos, sino también en profundizar en nuestra comprensión de la persona.

Una persona no es simplemente la suma de sus componentes materiales. El cuerpo no es un objeto que poseemos como una herramienta. Es a través de él como nos hacemos presentes ante los demás. Nuestra historia personal es también una historia corporal, porque la corporeidad constituye una dimensión esencial de la persona.

De igual forma no podemos reducir nuestro conocimiento a aquello que puede observarse o verificarse experimentalmente.

No se trata de enfrentar ciencia y humanismo, sino de reconocer que una descripción científicamente exacta puede no agotar el significado de aquello que describe.

Y aquí aparece una cuestión que va mucho más allá de esta tragedia: la relación entre el lenguaje y nuestra manera de comprender la realidad. Las palabras no son neutras. No solo describen lo que sucede; también orientan nuestra mirada, iluminan unos aspectos y dejan otros en la sombra. Hablamos de «daños colaterales» para referirnos a la muerte de civiles en una operación militar; decimos «reestructuración de plantilla» cuando detrás hay trabajadores que pierden su empleo; y nos referimos a la «interrupción voluntaria del embarazo» para hablar del aborto.

Naturalmente, estas situaciones son distintas y sería simplista equipararlas. Tampoco toda expresión técnica responde a una voluntad deliberada de ocultación. Pero todas plantean una pregunta común: ¿qué sucede cuando las palabras que elegimos hacen menos visible una dimensión moralmente relevante de aquello que nombramos? El lenguaje puede ayudarnos a comprender la realidad, pero también puede servir para mantenerla a distancia. Cuando sustituimos sistemáticamente realidades humanas por abstracciones técnicas o administrativas, corremos el riesgo de acostumbrarnos a hablar del sufrimiento sin sentirnos interpelados por quienes lo padecen. No necesitamos negar expresamente la dignidad de una persona para debilitar su reconocimiento. A veces basta con dejar de verla detrás de las categorías que utilizamos.

Una sociedad verdaderamente avanzada necesita los mejores procedimientos científicos para recuperar e identificar a las víctimas. Pero necesita también conservar un lenguaje capaz de reconocer en ellas algo más que aquello que la ciencia puede describir. No necesitamos menos precisión. Necesitamos una comprensión más completa del hombre.

Y aquí podemos regresar a Príamo. Cuando suplica a Aquiles que le devuelva el cuerpo de Héctor, no discute sobre la naturaleza material de un cadáver. Reclama algo que ambos terminan reconociendo: que aquel cuerpo pertenece a alguien que ha sido amado y cuya muerte no ha borrado su dignidad. Príamo sabe que nada podrá devolverle a su hijo, pero también que la muerte no lo ha convertido en una cosa. Porque el amor sigue reconociendo a alguien allí donde una mirada puramente material solo alcanza a ver algo.

Casi tres mil años después, aquella escena sigue teniendo algo que enseñarnos. Quizá el verdadero progreso de una civilización no deba medirse solamente por su capacidad para identificar los restos de quienes han muerto, sino también por su capacidad para seguir reconociendo en ellos la dignidad de quienes vivieron.

Porque no son solo restos biológicos. Son nuestros muertos.

  • José Manuel Pagán Agulló es rector de la Universidad Católica de Valencia