La corbata
Con todo, y teniendo en cuenta los bandazos –inexplicados, pero sí explicables– del jefe del Gobierno, la corbata podría ser obligatoria la semana que viene. Conviene estar atentos
Recuerdo que en mi infancia y temprana adolescencia estaban de moda las habaneras y otros ritmos y canciones que llegaron de América. Era muy popular La bamba, una canción de autor desconocido, procedente de México. Una de las acepciones de «bamba» dice que la palabra es de origen africano y que significa fiesta o celebración. Era bastante conocida la versión de un coro de muchachos que dirigía el franciscano José Guadalupe Mojica, un cura guadalajarense que había hecho varias películas en Hollywood, como galán y tenor, antes de hacerse fraile; murió el año 1974 en Lima. Se afirma que, para honrar a Mojica, Agustín Lara compuso y le dedicó el bolero Solamente una vez. Tengo un vago recuerdo de que les escuché en el Principado de Asturias en una de las giras que él y su coro de muchachos hicieron por España.
Uno de los estribillos de aquel son jorocho de La Bamba, muy popular en el estado de Veracruz, dice: «Alilongo, alilongo, alilongo, el sombrero me lo quito y me lo pongo». Ahora el jefe del Gobierno español ha inventado una nueva versión: «Alilongo, alilongo, alilongo, la corbata me la quito y me la pongo». Y, eso, al mismo tiempo que sitúa al pobre ciudadano al borde del abismo de la penuria, con un presupuesto sin precedentes para dejarle poco a poco en la miseria. Además, el jefe del Gobierno da ejemplo quitándose la corbata para ahorrar energía mientras se sube al Falcon; para que aprendan la ciudadana, el ciudadano, y los demás, a quitársela cuando encienden la lavadora, o la freidora, o incluso cuando ponen en marcha el secador de pelo.
A lo mejor resulta que prohibiendo la corbata salimos del atolladero del gas argelino, y ya no hay ni que comprarlo a Rusia, o a los Estados Unidos, o a quien lo venda más barato. Con un real decreto ley prohibiendo la corbata este Gobierno haría milagros con el embrollo de la energía. Pienso a veces que la maraña semántico orwelliana que están orquestando es, en realidad, un expediente para reducir los costes energéticos, y que la proscripción de la corbata forma parte, sutilmente, de la agenda 2030 del Grupo de Puebla, y del Gobierno español, como un punto específico del desarrollo sostenible. El propio Zelenski, el hombre del momento, ha abandonado la pajarita que usaba en su tiempo de showman y ya solo viste una camiseta caqui sin cuello y sin mangas.
La portavoza del Gobierno, tan mona y tan risueña, ha dicho –repitiendo una idea multi-milenaria– que «mentir es pecado» y que es igualmente pecaminoso mentir en política. El Gobierno no sólo tiene el arma del BOE, sino que además tiene el arma de su portavoza, que ya se ve que dice cosas un tanto alucinantes, como que mentir es pecado; ¿quién lo iba a decir? Con su encanto –quizás aún superior al de la sonrisa embrujadora de Yolanda Díaz– puede frenar el calentamiento global, y puestos a dar ejemplo de austeridad, para afrontar lo que se viene encima, puede contribuir a que se aprueben unos presupuestos para que el Rey y su casa no gasten un euro más. Con Sánchez, aquello de «al Rey la hacienda y la vida se ha de dar» que Pedro Calderón de la Barca popularizó en El alcalde de Zalamea ya no se lleva; y mucho más pasada de moda parece estar, por supuesto, la cuestión del honor.
El jefe del Gobierno se quita la corbata y de paso le advierte al Rey que el dinero de los españoles no está para corbatas, sino para sus económicos desplazamientos en un Falcon. Le brindo la idea de que invente un ministerio nuevo: el Ministerio de la Austeridad; eso sí, bien dotado económicamente, de manera que pueda financiar una red de Observatorios de la Corbata, con poder para multar a quienes la usen en territorio nacional; fuera ya es otra cosa, porque bastantes europeos, carentes de sensibilidad energética, la usan hasta en las sesiones parlamentarias, cosa que, afortunadamente para nuestro país, quien preside el Gobierno y hasta varios ministros han dejado de usar, siguiendo la consigna. Lamentablemente él tiene que ponérsela –contradiciendo su propia inclinación– en reuniones con políticos y empresarios fuera de España.
Más todavía, le brindo al Gobierno que establezca un impuesto nuevo sobre el uso de la corbata, del que podrían quedar exentos los animales: ellos tienen, a nativitate, derechos inalienables; ¿qué digo a nativitate?, los tienen incluso antes de nacer. Poco a poco podría conseguirse que el regalo de una corbata se convirtiera en una forma de desprecio, en una manifestación de agresividad, en una versión muda del discurso de odio. Con todo, y teniendo en cuenta los bandazos –inexplicados, pero sí explicables– del jefe del Gobierno, la corbata podría ser obligatoria la semana que viene. Conviene estar atentos.
Sin duda que un hábil retórico respondería a todas estas sencillas sugerencias con un lacónico «seamos serios» –eso es lo que haría yo, a pesar de que no soy un sofista–, y pasaría al ataque o se iría por los cerros de Úbeda. Eso es lo que hace Sánchez friendo con preguntas y menosprecios a quien le pide explicaciones: él sólo responde ante sí mismo.
Esteban López-escobar Fernández es periodista