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TribunaRafael Núñez Huesca

La ilusión por la Hispanidad

Ha empezado un tiempo nuevo. Nos sobra alegría y vitalidad. Somos la comunidad de personas más creativa y viva del mundo. Nuestra forma de vivir, en la que no cabe jamás el aburrimiento, seduce al mundo entero

Es verdad que en América hubo un genocidio. Un genocidio que cesó con la llegada de los españoles. Según las estimaciones históricas más fiables, el imperio azteca sacrificaba alrededor de 20.000 personas al año, incluidos niños. Quizá más. Una orgía de sangre que acaba con la llegada de Cortés. Las fuentes dan testimonio del horror que produjo en los españoles las ceremonias antropófagas y los muros de calaveras apiladas. Cortés apenas contaba con tres centenares de soldados para detener aquello. Si triunfó fue porque supo forjar una alianza con los pueblos sometidos por los aztecas. Cuando se produce la entrada en Tenochtitlán y se desmorona el imperio azteca, se produce un gesto inédito: Cortés impide el exterminio de los aztecas que sus aliados le exigían. Evita la venganza y establece las bases morales y culturales de la nueva civilización hispánica: «Hoy empieza una historia nueva».

Una historia de mestizaje cuyo resultado fue la Hispanidad que hoy celebramos. Y lo hacemos porque nos sobran razones para ello: las universidades, los hospitales, las imprentas, el patrimonio arquitectónico, la religión y, sobre todo, una lengua que conectó un continente entero, desde California hasta la Patagonia, y que sustituyó a la inmensa torre de Babel que era la América precolombina.

Porque, como ha escrito el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, «gracias a la llegada de los españoles, (América) pasó a formar parte de la cultura occidental, es decir, a ser heredera de Grecia, Roma, el Renacimiento, el Siglo de Oro y, en resumidas cuentas, de sus mejores tradiciones: los derechos humanos y la cultura de la libertad».

No sólo tenemos la posibilidad de celebrar la Hispanidad; tenemos la obligación moral de hacerlo. Y a esa vocación panhispánica se ha entregado la Comunidad de Madrid, que estos días organiza conciertos, pasacalles, exposiciones y actividades de todo tipo. Pero todas con un denominador común: la promoción de nuestra lengua común, la reivindicación de nuestra cultura y el prestigio de nuestros países.

En las calles, los cafés y los comercios de Madrid cada vez se escucha más la musicalidad del español de Venezuela, la elegancia del español porteño o el ritmo afable del español del Caribe. Después de Ciudad de México, Buenos Aires, Barcelona, y recientemente Miami, hoy es Madrid «la capital cultural hispana del mundo». Así lo dice Andrés Calamaro y así lo reconocen cada vez más músicos, artistas, empresarios y jóvenes periodistas de toda América.

Hoy Madrid es el nuevo bastión del exilio hispanoamericano. La esperanza de las gentes que han perdido sus países a manos de un populismo que lleva décadas tratando de convertir toda América en una inmensa Cuba. Primero a través del comunismo, y cuando éste dejó de ser presentable, usaron nuevas caretas como la teología de la liberación, la guerrilla o el indigenismo.

Pero a pesar del chavismo, de López Obrador o del kirchnerismo, la Hispanidad es una hermandad cultural a prueba de populismos. El concepto de Hispanidad desborda lo lingüístico y lo cultural y representa valores cívicos. Hispanidad rima con libertad. Por eso no es casualidad que los que persiguen la herencia hispánica persigan también la libertad. Basta repasar algunos regímenes de América (o algunos gobiernos regionales españoles) para darse cuenta de que los enemigos de la Hispanidad lo son también de la libertad.

Madrid es el punto de reunión hispánico que proponía Julián Marías. La «Plaza Mayor abierta, libre, hospitalaria y responsable». El lugar donde las gentes «se reúnen y se encuentran, se ven, se hablan, se admiran», rivalizan en sana competencia, «se aman y, sobre todo, no se ignoran».

Madrid ya es la Plaza Mayor de la Hispanidad. Ha empezado un tiempo nuevo. Nos sobra alegría y vitalidad. Somos la comunidad de personas más creativa y viva del mundo. Nuestra forma de vivir, en la que no cabe jamás el aburrimiento, seduce al mundo entero.

Y además contamos con algo propio que define nuestra manera de ver la vida y el mundo: la ilusión. Porque la acepción positiva de la palabra ilusión es algo exclusivo de nuestra lengua. Un significado entusiasta que no existe en ninguna otra comunidad de hablantes. Y cuando no se dispone del concepto es más difícil conocer su realidad. Lo dijo, de nuevo, Julián Marías: «A las personas de lengua española nos es más fácil ilusionarnos porque sí tenemos esa palabra».

Rafael Núñez Huesca es portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular en la Asamblea de Madrid