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TribunaMª Dolores Muñoz Fernández

¡Que arda Troya!

Nuestra convivencia arde por la peor de las desgracias: tener un gobierno que toma o no decisiones a medida de sus intereses, sin importarle las lamentables consecuencias que sufrirán los habitantes de un país ahora atacado también por el fuego

El incendio y la destrucción de la poderosa ciudad de Troya han quedado como símbolos del final de una era.

A partir de entonces, expresiones como «se va a armar la de Troya» o «ardió Troya» presagian y describen calamidades.

Arde España. Muchos días y muchas hectáreas. La violencia de las llamas no entiende de competencias, ni de peticiones de ayuda, de declaraciones de emergencia nacional o de cambio climático. Tampoco de revanchas partidistas o réditos electorales. Pero los ciudadanos sí. Distinguimos claramente catástrofes naturales (maremotos, volcanes y algunas inundaciones e incendios) y desgracias. De las primeras es difícil determinar culpables, pero de las segundas, de las desgracias provocadas, es relativamente fácil.

Culpables, por ejemplo, son los indocumentados al cargo, que ignoran todo lo relativo al cuidado de los parajes naturales, los pirómanos y los políticos incendiarios, que azuzan la discordia y avivan la confusión. Niegan con descaro su fría omisión de ayuda durante demasiadas jornadas de cómoda ausencia, desde su pedestal podrido por la corrupción.

En las circunstancias trágicas hay que estar a la altura y ponerse al servicio de los ciudadanos. Tanto más, cuanto mayor sea el poder y la responsabilidad de gobierno. Sobran las poses ridículas de interés impostado, rostros acharolados de maquillaje y anuncios grandilocuentes cuando se abrasan nuestros pueblos, nuestro ganado y nuestro hábitat, víctimas de un doble daño: de la catástrofe y de la desgracia.

Porque no sólo se trata de fuego, trenes, apagones o riadas, sino de una situación degenerada que lleva directamente al final de una era de convivencia e igualdad democráticas. Desgracia es tener a los mandos a una horda de negligentes que obvian las evidencias técnicas y científicas. Una cuadrilla de ministros indignos, saliendo al quite, intentando con reproches y exabruptos distraer la atención de la ominosa ausencia e inacción de su liderzuelo. Desgracia es haber construido un sistema político defectivo que no contempla revocar del poder al representante político que atente contra los principios democráticos. Tampoco la limitación de los años de mandato, para evitar que se eternicen en el poder este tipo de traficantes de paradojas y discutidores de realidades.

Una gran desgracia es que haya quienes no exijan asunción de responsabilidades, cumplimiento de obligaciones o se dejen manipular por una propaganda obsoleta, fruto del pánico a perder los privilegios del poder. Ciudadanos que apoyan al mensajero sin escuchar el mensaje.

En la comedia de Aristófanes (s. Va. C) Los caballeros, quedan retratados este tipo de demagogos y agitadores de polémicas. En ella, un charcutero y otro personaje discuten sobre cómo convencer al pueblo para que lo elija gobernante: «Pero me pregunto cómo seré yo capaz de gobernar al pueblo».

A lo que el otro responde: «Eso es tarea facilísima. Haz cabalmente lo que haces. Revuelve todos los asuntos, hazlos morcilla y congráciate siempre con el pueblo endulzándole con frasecillas de cocinero. Las demás condiciones del liderazgo las reúnes: lenguaje indecente, ruin linaje, eres pendenciero. Tienes todo lo necesario para la política».

Troya ardió por la traición de propios y extraños, por un aciago destino, por acciones y omisiones, por ignorar las advertencias de quienes previeron las desgracias, por dejarse llevar por visiones engañosas.

Nuestra convivencia arde por la peor de las desgracias: tener un gobierno que toma o no decisiones a medida de sus intereses, sin importarle las lamentables consecuencias que sufrirán los habitantes de un país ahora atacado también por el fuego. Nos ha señalado como un país inestable y contradictorio. Las víctimas del fuego desesperan pidiendo ayuda. Por contra muchos del gobierno mascullan para sí: «mientras yo me mantenga en el poder ¡que arda Troya!».

Mª Dolores Muñoz Fernández es helenista y escritora