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Todo gobernante que trata de subvertir un sistema tan delicado como es una democracia liberal, fuente de libertades; que se propone marchitar las mismas y sustituir el paradigma del Estado social y democrático de Derecho por un régimen personalista y de pensamiento unidireccional, la primera batalla que acomete es la siembra -en la mente de los ciudadanos- de falsas interpretaciones históricas, de adversos y febriles credos ideológicos, y la circulación de indigeribles soflamas que no resisten un análisis objetivo, desapasionado. Todo ello es incompatible con el pluralismo de una democracia.

A mi juicio, es lo que viene sucediendo en España desde hace dos décadas. Primero, con los Gobiernos de Rodríguez Zapatero, aquel socialista inesperado de «nuevo» cuño, indefinible, que dejó atrás la moderación y el equilibrio (siempre discutible) de un Felipe González para abrazar una gobernanza sumamente sectaria, corrosiva, desarticuladora del armazón nacional. Fue cuando aquél afirmó en el Senado (18.11.2004) que el concepto nación era «discutido y discutible», para, a continuación, potenciar, irreflexivamente, la existencia de «nacionalidades» en la realidad político-social española. Después vino la malhadada Ley de Memoria histórica (2007), pura norma ideológica como otras Leyes zapateristas: un texto revanchista, partidista, manipulador, que asestó un fuerte golpe al consenso constitucional de la Transición: se utilizaba en el debate público la Historia como arma política para deslegitimar al adversario (más bien enemigo), un documento que señala sin rubor a la derecha como la causante del desastre civil de 1936.

Empero llegó Pedro Sánchez (2018), otro polémico militante del PSOE. Un político de verbo malicioso, tóxico. Carente de ideología definida. De especial psicología personal. Su línea política enlaza y amplia la de Zapatero, radicalizando, aún más, sus posiciones ya extremas, insólitas en el panorama político constitucional contemporáneo, pues ostenta la presidencia del Gobierno con apoyos políticos de infarto: en brazos de paleocomunistas, secesionistas, prófugos en rebeldía, herederos del terrorismo vasco y demás formaciones de ultraizquierda antiespañola. Hoy día este Desgobierno se desmorona y deshilacha. Hasta carece de Presupuestos Generales aprobados por el Parlamento. Sólo subsiste con el auxilio de los enemigos de la Nación española, tratando de ejecutar un avieso plan de mutación -ilegítima y antidemocrática- del actual marco constitucional, aquel que en 1978 aprobó el 87,78 % de los votantes.

Como fundamentación, Sánchez, en sus deformadas intervenciones, ha propalado mitos y leyendas que no se atienen a la verdad histórica ni respetan el interés general de los españoles. Todo lo contrario: contribuyen a incentivar un clima de polarización, de discordia civil. Son tesis y argumentos falaces con los que el señor presidente levanta ese muro que anunció en el sonado discurso de investidura (15.11.2023), y así continúa.

Hitos de su anómalo camino hacia la alteración del sistema constitucional español son algunos pasos que ha dado, o quiere dar: indultos injustos, una escandalosa amnistía, ataques al Poder Judicial… Pretende una España confederal, plurinacional, republicana y (sólo) de izquierdas (el muro)… Todo ello sin mandato del pueblo, sin legitimación democrática: le bastan sus increíbles alianzas y socios.

Como ejemplo de impúdica tergiversación es la doctrina oficial del sanchismo (y sus socios) sobre la Transición: ésta sería una prolongación del franquismo y una amnesia pactada de sus crímenes. Nada más falso. El prestigioso historiador e hispanista norteamericano Stanley G. Payne afirma todo lo contrario: «Con la Transición democrática, la imagen de España como un ‘país excepcional’ en sentido peyorativo cambió con gran rapidez y el aplauso internacional fue prácticamente unánime» («En defensa de España», Espasa, 2022, pág. 273). «Hubo un gran entendimiento de todos los sectores nacionales de importancia, que llegaron a la conclusión de que ni en el presente ni en el futuro se invocaría la Historia como un arma política, sino que se la dejaría en manos de los historiadores, de sus lectores y del mundo de la cultura y los MCS» (Pág. 275).

«En la Transición no se olvidó nada… Lo que no se hizo fue utilizar la historia de forma partidista y como arma de propaganda política. González nunca llamó a Suárez «fascista» o «falangista», y este no tildaba al líder socialista de «rojo». Ni siquiera Santiago Carrillo fue recriminado por su pasado… sino que se le respetaba por su nuevo papel en la democracia» (Id.)… «A pesar de sus errores (un sistema autonómico abierto y la Ley electoral adoptada) la Transición fue un gran éxito del que toda una generación de españoles se ha sentido orgullosa, y con razón. Todo sistema político requiere reformas positivas, pero la Transición proyectó la primera gran imagen cívica positiva… de España desde la Guerra de la Independencia. Su lugar de honor es totalmente merecido» (Pág. 276). Es lamentable que Sánchez esté destruyéndola.

José Torné-Dombidau y Jiménez es presidente del Foro para la Concordia Civil