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tribunaMiguel Aranguren

Reconciliación

Añora el Rey, su patria y su obra. Engañados por un gobierno desleal, lo sentenciamos al oprobio y lo convertimos en un pelele colgado de un árbol, al que los voceros del pueblo descargan una lluvia infinita de golpes. Es un Rey abdicado y destronado a un mismo tiempo, y su situación es una vergüenza para España

La cascada de noticias es tan vertiginosa que hablar a estas alturas de las memorias del Rey Juan Carlos, a más de un mes desde su publicación en castellano, parece fuera de tiempo. Sin embargo, en los medios tirios y troyanos aprovecharon la puesta a la venta del libro para aumentar su saña contra el viejo monarca, aunque ninguno de ellos tuvo tiempo para leer las quinientas páginas del volumen. Unos y otros engrasaban la guillotina a partir de un parco resumen de prensa, como corresponde a estos tiempos ayunos de verdad.

Las semanas que han transcurrido me brindan la oportunidad de escribir con conocimiento de causa, porque yo sí he llegado al final de esta autobiografía (está escrita en primera persona) que, por cierto, no cuenta con una traducción del francés al español merecedora de alabanzas, ni la revisión del texto corresponde a la dignidad del personaje y de lo que cuenta.

Comienzo con una advertencia: quien dicta el manuscrito es un monarca, que en el ocaso de su vida desoye un consejo de su padre que sonaba a orden: «Un Rey jamás escribe unas memorias». Me pregunto por qué Don Juan privaba a los historiadores de la oportunidad de conocer la visión de un reinado desde la voz de su protagonista. Ante la avalancha de libros firmados por historiadores, politólogos y periodistas de corrala, se trata del mejor contraste para una crónica equilibrada sobre el desempeño de la Jefatura del Estado. Por otra parte, es comprensible que ante la cascada de titulares escandalosos, muchos de ellos de enorme gravedad, y tras haber mantenido un doloroso silencio hasta que la Justicia ha desestimado todas y cada una de las acusaciones que le ponían en la picota, y una vez restablecido el orden con la Hacienda de todos, también un rey tenga el derecho a recuperar el honor con el que lo han mancillado en lo institucional y en lo personal.

La corona la sostiene un soberano, sí, y también un hombre que no se cansa, a lo largo del medio millar de páginas, de reconocer sus errores y de pedir perdón por el daño que con sus comportamientos, poco ejemplares de tejas para abajo, ha podido causar a los ciudadanos y a la Institución. Téngase en cuenta que el perdón no es una virtud que se estile, y menos por parte de nuestros representantes públicos. Que lo haga un Rey, y de semejante manera (humillándose hasta el sonrojo por asuntos que competen en exclusiva a su vida privada), se me antoja ejemplar.

Prosigo con la advertencia: quien dicta el manuscrito es un monarca acostumbrado a un modo de expresarse que casi siempre roza lo etéreo. Es decir, Juan Carlos no arenga ni siquiera a los pocos españoles que se mantienen fieles a su persona. Más allá a las citas de algunos de sus discursos, en los que destaca una redacción grisácea y repetitiva, es fácil reconocerle el arriesgado papel que jugó en el proceso de la Transición. Su plan de democratización podría haberlo puesto a los pies de los caballos, es decir, de los cuarteles o de los más vengativos perdedores de la Guerra Civil, lo que le hubiera obligado a hacer apresuradamente las maletas y a buscarse un exilio junto a su mujer y sus tres hijos. También es lógico agradecer la perspicacia –propia, acompañada o dirigida, qué mas nos da– con la que transformó España, motivo de admiración mundial. De no haber actuado de esa manera, quizás hubiésemos acabado en un baño colectivo de sangre. El Rey logró que este país cainita no volviera a dirimir sus diferencias a garrotazos. Y a muchos, ahora, les parece poco. Es cierto que don Juan Carlos se apropia de todos los éxitos que jalonan ocho lustros de democracia (duramente golpeados por el terrorismo), pero el su uso de la primera persona es el propio del pater familias.

Hago la última de mis advertencias: quien dicta el manuscrito es un monarca al que por recuperar el trono, le arrancaron buena parte de su infancia y adolescencia. Juanito creció bajo la sombra tutelar de Franco –que jugó con el sí pero no hasta poco antes de su muerte– y se sometió a la rigidez controladora de una serie de profesores, preceptores y consejeros que ejercían de brazo largo del Caudillo. El dictador lo enfrentó con su padre, a quien el Régimen había condenado a un exilio que, a la postre, resultó una burla que rompió la cadena dinástica. Y a pesar de todo, Juan Carlos tiene la inteligencia, la magnanimidad y la educación para no cargar las tintas contra Franco, al que enjuicia de manera ponderada, como si fuera un historiador neutral.

No es fácil evaluar la vida de un rey, pues proviene de un entorno endogámico y cerrado, sujeto a un estricto protocolo que le marca desde la cuna. No puede elegir oficio ni destino, aunque goce de unos supuestos privilegios que para mí no los querría. Desde el primer llanto a la sepultura se encuentra encerrado en una jaula. De oro, quizás, pero jaula. El matrimonio es el producto de un acuerdo destinado, casi exclusivamente, a garantizar la sucesión de la dinastía (al menos hasta la generación de don Juan Carlos). Es decir, no es el su corazón (al menos como el resto de los mortales interpretamos esta palabra) el que elige al cónyuge, como tampoco dispone de libertad para escoger el lugar donde se descompondrá su cuerpo. Solo desde esta perspectiva es posible calibrar un reinado.

Añora el Rey su hogar. Añora el Rey la convivencia con su esposa. Añora el Rey, la cercanía y el trato amistoso con su hijo, que también es su Rey. Añora el Rey el calor de los suyos. Añora el Rey, su patria y su obra. Engañados por un gobierno desleal, lo sentenciamos al oprobio y lo convertimos en un pelele colgado de un árbol, al que los voceros del pueblo descargan una lluvia infinita de golpes. Es un Rey abdicado y destronado a un mismo tiempo, y su situación es una vergüenza intolerable para España.