Cristianos en Tierra Santa: cuando la consigna tapa la realidad
En Gaza, antes de la toma de poder de Hamás, había alrededor de 1.300 cristianos. Hoy quedan menos de 500, en una población de más de dos millones: menos del 0,1 %. Prácticamente una desaparición resultante de un violento hostigamiento silenciado en los medios
En el debate sobre Tierra Santa hay palabras que ya no describen: militan. 'Palestina', 'territorios ocupados' y 'colonos' se repiten como si fueran categorías neutras, cuando en realidad funcionan como marcos ideológicos que sustituyen el análisis por la consigna. El resultado es una distorsión sistemática de la realidad, especialmente cuando se habla de la situación de los cristianos.
Desde los Acuerdos de Oslo, el territorio está organizado en Áreas A, B y C, con competencias diferenciadas entre la Autoridad Palestina y el Estado de Israel. No es un detalle técnico: es la arquitectura real de gobierno sobre el terreno. Sin embargo, buena parte del discurso mediático borra este hecho y presenta todo como un bloque homogéneo «ocupado», como si no existieran administraciones, responsabilidades compartidas ni marcos pactados.
Tomemos el caso de Taybeh, pueblo de mayoría cristiana. Parte de su municipio está en Área B (administración civil palestina, seguridad israelí) y la mayor parte de sus tierras en Área C (control civil y de seguridad israelí). Eso significa que los permisos, la planificación y el uso del suelo dependen en gran medida de Israel, mientras que los servicios civiles cotidianos dependen en parte de la Autoridad Palestina. Describir Taybeh simplemente como «pueblo palestino en territorio ocupado» no explica nada: oculta la realidad administrativa y convierte un problema complejo en un eslogan político. Como lo es describir como 'colono' a un habitante judío de Judea.
Pero el problema no es solo el lenguaje. En los últimos años, el Patriarcado Latino de Jerusalén ha adoptado un discurso cada vez más militante y alineado con el maximalismo palestino, presentando casi cualquier incidente como parte de una supuesta política estatal israelí de persecución. Se difuminan así las diferencias entre extremistas marginales, fallos de seguridad, disputas administrativas y decisiones políticas reales. Esta politización no protege mejor a los cristianos; al contrario, debilita la credibilidad de las denuncias concretas al integrarlas en un relato ideológico totalizante.
El contraste con la realidad dentro de Israel es llamativo. Allí, la Iglesia católica mantiene relaciones institucionales estables con el Estado: hay reconocimiento legal de las confesiones cristianas, acuerdos con la Santa Sede, protección de lugares santos y pleno ejercicio de derechos civiles. Los cristianos –en su mayoría árabes cristianos– están integrados en la sociedad, con altos niveles de educación y participación profesional. No es una relación idílica, ninguna lo es en una democracia, pero sí funcional y basada en el Estado de derecho.
Conviene también distinguir dos fenómenos que a menudo se meten en el mismo saco. Por un lado, existe extremismo judío en zonas en disputa. Es real, pero marginal. No representa al Estado ni a la sociedad israelí, y es perseguido por la justicia: hay detenciones, procesos y condenas. Cuando hay ataques contra cristianos o musulmanes, se tratan como delitos, no como actos legítimos.
Por otro lado, está el islamismo radical en áreas bajo control palestino. En Gaza, Hamás no es un grupo marginal: es el poder. En zonas bajo la Autoridad Palestina, aunque formalmente laica, la presión social y religiosa islamista es fuerte y el hostigamiento a minorías cristianas rara vez se persigue con credibilidad alguna. Aquí no hablamos de episodios aislados, sino de un clima estructural de intimidación y discriminación que empuja a la gente a marcharse.
Los datos demográficos lo dicen todo.
En Belén, en 1947 los cristianos eran aproximadamente el 85 % de la población. Así se mantuvo tras la Guerra del 67 que llevó a la Administración israelí del territorio. Hoy, tras la transferencia de esa administración a la Autoridad Palestina, los cristianos son en torno al 10 % de la población de Belén. En números absolutos, unos 23.000 cristianos en una ciudad, referencia del cristianismo, de más de 200.000 habitantes. De mayoría abrumadora a minoría residual bajo Administración palestina.
En Gaza, antes de la toma de poder de Hamás, había alrededor de 1.300 cristianos. Hoy quedan menos de 500, en una población de más de dos millones: menos del 0,1 %. Prácticamente una desaparición resultante de un violento hostigamiento silenciado en los medios.
Y ahora el dato que rompe la narrativa simplista: en Israel hay hoy unos 180.000–185.000 cristianos, cerca del 1,8–1,9 % de la población, y es una de las pocas comunidades cristianas de Oriente Medio que crece. En una región donde los cristianos desaparecen de Irak, Siria, Líbano, Gaza o zonas bajo la Autoridad Palestina, Israel es la excepción.
La diferencia de fondo no es étnica. Es institucional. Donde hay Estado de derecho, tribunales y pluralismo, las minorías sobreviven y prosperan, y los extremistas son perseguidos. Donde domina el islamismo radical o un entorno social-religioso intolerante, las minorías se reducen, emigran o desaparecen, y el hostigamiento queda impune o normalizado.
Por eso, seguir repitiendo 'Palestina', 'territorios ocupados' y 'colonos como consignas totales no es informar: es encuadrar ideológicamente. Borra Oslo, borra las Áreas A, B y C, borra las responsabilidades diferenciadas y, sobre todo, borra los hechos demográficos.
Y los hechos son tozudos: donde gobiernan Hamás o un entorno islamista hostil, los cristianos desaparecen. Y los pocos que permanecen, lo hacen forzados a adoptar y exhibir la narrativa impuesta por la asfixiante presión de la mayoría musulmana; donde hay Estado de derecho, como en Israel, los cristianos crecen y prosperan en libertad. Los únicos cristianos verdaderamente protegidos y con plenitud de derechos en todo Oriente Medio. Todo lo demás es retórica.
- Ángel Mas es presidente de Acción y Comunicación en Oriente Medio (ACOM)