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TribunaIgnacio Trillo

Quédense en casa el 23 de mayo. Todo esto es perfectamente normal

Por todo ello, les invito a la cordura: quédense en casa el 23 de mayo. Dejen que otros griten, que otros se indignen, que otros aún crean que merece la pena alzar la voz. Observen con serenidad el espectáculo desde la distancia. Porque, como ya saben, todo esto… es lo normal

Queridos compatriotas.

Este 23 de mayo, mientras algunos convocan manifestaciones contra el Gobierno de Pedro Sánchez, yo les invito serenamente a lo contrario: a permanecer en sus hogares. Porque, en el fondo, todo cuanto acontece es perfectamente normal. Tan normal como el discurrir del tiempo y la inevitabilidad de los ciclos históricos cuando una nación se deja gobernar por quienes no la aman.

Es normal que se vulneren sistemáticamente sus derechos y libertades fundamentales. Un Gobierno que ha hecho de la supervivencia política su único horizonte no puede sino considerar al ciudadano como un obstáculo o un súbdito. La libertad de expresión, la igualdad ante la ley o la presunción de inocencia se han convertido en conceptos relativos, subordinados al relato oficial.

Es normal que se atente contra la propiedad privada, pilar histórico de cualquier sociedad civilizada. Expropiaciones encubiertas, intervencionismo desmedido, una fiscalidad asfixiante y, sobre todo, la okupación consentida y protegida: miles de viviendas invadidas cada año —más de 23.000 anunciadas solo hasta septiembre de 2025—, con invasiones de hogares y fincas que quedan impunes mientras el propietario es tratado como un criminal por defender lo suyo. ¿Su casa? ¿Su negocio? ¿Sus ahorros? Todo eso es un concepto burgués del siglo pasado. Ahora toca redistribuir… o tolerar que otros se instalen en lo que les costó sudor y sacrificio.

Es normal que se encarezca de forma artificial el carro de la compra, la energía y los combustibles, hasta el punto de que las familias deban realizar auténticos ejercicios de malabarismo presupuestario. La inflación sube de nuevo, los precios de los alimentos y la luz se disparan, y mientras tanto el Gobierno presume de «crecimiento». De este modo se consigue el objetivo supremo: generar dependencia. Primero se empobrece al ciudadano, después se le ofrece la subvención como salvación y, finalmente, se le exige gratitud electoral.

Es normal que tengan que calcular con precisión quirúrgica cuántos litros de combustible pueden permitirse, midiendo cada euro con la misma cautela con que un cirujano maneja el bisturí. Lo que antes era un gesto rutinario se ha convertido en un acto de supervivencia económica.

Es normal, además, que la deuda pública haya alcanzado récords históricos absolutos, superando los 1,72 billones de euros, con cada español arrastrando más de 34.000 euros de deuda pública sobre sus hombros. Y mientras los números oficiales se maquillan con ajustes contables y «one-offs», la realidad es que los intereses de esa deuda devoran cada vez más recursos e hipotecan el futuro de sus hijos.

Es normal que se presenten cifras de paro y empleo maquilladas, mientras la precariedad laboral afecta a casi la mitad de la población activa y más de 12,5 millones de españoles viven en riesgo de pobreza o exclusión social. El Gobierno celebra récords de afiliación y un déficit «históricamente bajo», pero detrás de los titulares se oculta un empobrecimiento estructural de la clase media y una dependencia creciente de las transferencias públicas.

Es normal que se pacte con formaciones cuyo proyecto explícito es la destrucción de la España presente, el borrado de su pasado y la negación de cualquier futuro común. Alianzas con quienes enarbolan el odio territorial, el separatismo y la liquidación de la nación no son concesiones tácticas: son la esencia de un proyecto de poder que no reconoce a España como sujeto político.

Es normal, en fin, que se controle, oriente y silencie a gran parte de los medios de comunicación para ocultar escándalos que avergonzarían incluso a las crónicas más sórdidas del siglo pasado. El caso Koldo y la trama de las mascarillas, con el exministro Ábalos y su entorno imputados; las investigaciones y el procesamiento de Begoña Gómez por presuntos delitos de corrupción y tráfico de influencias; el caso del hermano del presidente; las piezas que alcanzan a Santos Cerdán y a decenas de altos cargos y familiares del entorno más próximo… todo ello se presenta ante la opinión pública como meras «polémicas» o «ataques de la derecha».

Es normal que España aparezca humillada ante países que, lejos de contribuir, viven parasitariamente de nuestra debilidad. Una nación antaño respetada y temida se ha convertido en el eslabón débil de Europa, objeto de desprecio para quienes jamás habrían podido subsistir sin su generosidad.

Y si algo me dejo –la inmigración descontrolada convertida en arma demográfica, la erosión constante de la unidad nacional–, será sin duda porque la lista de afrentas se ha vuelto tan larga y cotidiana que ya ni sorprende, porque es lo normal.

Por todo ello, les invito a la cordura: quédense en casa el 23 de mayo. Dejen que otros griten, que otros se indignen, que otros aún crean que merece la pena alzar la voz. Observen con serenidad el espectáculo desde la distancia. Porque, como ya saben, todo esto… es lo normal.

  • Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa