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tribunaJulio Crespo-MacLennan

El cisma de Occidente entre Europa y Estados Unidos

Es natural que Europa, curtida en innumerables conflictos, no comparta la beligerancia de Estados Unidos, pero la pregunta clave es si puede permitirse no solo no apoyar a su aliado norteamericano, sino incluso, como ha hecho el gobierno de Pedro Sánchez, enfrentarse a él

Europa y América siempre fueron realidades muy distintas del mundo occidental, pero era precisamente la herencia histórica y los vínculos culturales lo que mantenía la relación entre los pueblos de Europa y Estados Unidos unidos. Los principales rivales de Occidente, China y Rusia, pueden firmar alianzas como la Organización de Cooperación de Shanghái, pero siempre serán más débiles que la OTAN, cuyos miembros comparten una cultura y una historia, por encima de sus intereses. Esa es la gran ventaja que tiene la Alianza Atlántica. Pero ¿qué ocurriría si algunos miembros europeos reniegan de su historia y su cultura y comienzan a cambiar su identidad? ¿Puede sobrevivir la relación transatlántica cuando los europeos dejan de tener la misma idea de Occidente?

Estados Unidos, que celebra este año el 250 aniversario de su nacimiento, ha ido progresivamente aumentando su importancia dentro de Occidente. La nación creada por descendientes de europeos, con ideas de la Ilustración se propuso crear un «imperio de libertad», como dijo Thomas Jefferson, y esas ideas sirvieron para convertirse en una democracia ejemplar y también en la primera potencia económica. Se sirvió de este poderío para intervenir en las dos guerras mundiales y decidir el futuro de los europeos, y como superpotencia convertirse en su gran protectora. En todo este proceso, y a pesar de varios conflictos con naciones europeas, Estados Unidos siempre se ha mostrado orgulloso de su pertenencia al mundo occidental y los vínculos de sangre que tienen la mayoría de sus habitantes con Europa. Siempre ha tenido a gala ser un pueblo que pertenece a la cristiandad, y practicar con orgullo todos sus ritos.

Para muchos europeos Estados Unidos fue inicialmente una especie de pariente rico que acogía a algunos de sus familiares en busca de fortuna, y a partir del siglo XX mostró también capacidad de proteger a Europa de los excesos de sus pueblos. Los europeos confiaron en que a pesar de su declive y de la dependencia militar, los americanos seguirían admirándoles, al ser la cuna histórica de Occidente. El primer ministro británico Harold Macmillan consideraba que la relación entre su país y Estados Unidos era la versión contemporánea de la antigua Grecia y Roma. Sin embargo, en la actualidad la actitud de los Estados Unidos hacia Europa poco tiene que ver con la admiración de los romanos a los griegos.

Estados Unidos es una potencia segura de sí misma y ha decidido reforzar los pilares sobre los que se asienta su civilización. Su élite gobernante y su sociedad civil muestran determinación por defender los pilares occidentales como son la democracia, el libre mercado, la libertad de expresión y el Estado de derecho.

Europa, por el contrario, tiene grandes dudas existenciales. Buena parte de sus representantes políticos creen en los argumentos utilizados por los enemigos de Europa para desacreditarla. Esto explica políticas suicidas como abrirse a la inmigración sin límite, la sustitución de valores cristianos por un relativismo cultural, la de la libertad de pensamiento por la corrección política y la supresión del espíritu emprendedor por el estatismo y la regulación burocrática.

El peor enemigo de Europa está dentro de sus fronteras; esto es lo que dijo el vicepresidente americano JD Vance el año pasado en un discurso muy polémico. Más recientemente, el secretario de Estado, Marco Rubio, en un tono más diplomático y con un mensaje más conciliador, ha insistido en lo fundamental: los Estados Unidos son hijos de Europa, Estados Unidos y Europa son parte de la misma cultura. Por todo ello los dos deben caminar juntos.

Pero la realidad es que caminar juntos tiene un precio que Europa no parece querer asumir. Los orígenes de este cisma que divide a Occidente no están en la conflictiva administración Trump, sino en la de Obama, cuando esta exigió por primera vez a Europa aumentar el gasto de defensa para contribuir a la OTAN, poniendo fin a esa época dorada en la que los europeos pudieron invertir en el Estado de bienestar a costa de presupuestos muy bajos de defensa. La guerra de Ucrania y la amenaza rusa dejaron claro a los europeos que descuidar la defensa y depender de Estados Unidos, cada vez más ocupada en otros frentes como China y el Pacífico, ya no era posible.

Otro motivo de enfrentamiento fue Israel, que, a diferencia de Estados Unidos, cada vez más europeos evitaron comprometerse con el pueblo judío en su lucha por subsistir y reconocer la gravedad de que la única verdadera democracia en Oriente Medio viva asediada. Finalmente, la crisis con Irán vuelve a poner en evidencia las diferencias transatlánticas, ya que los gobiernos europeos no ven en el debilitamiento del régimen iraní una oportunidad histórica para transformar Oriente Medio, priorizan la estabilidad y la contención frente a un régimen abiertamente hostil hacia Occidente y sus aliados.

El antiamericanismo siempre tuvo su público entre los europeos, el problema es que ahora, con cada vez mayor población islámica en Europa, son muchos los gobiernos que prefieren alejarse de Estados Unidos con el fin de evitar enfrentamientos con el islam.

Es natural que Europa, curtida en innumerables conflictos, no comparta la beligerancia de Estados Unidos, pero la pregunta clave es si puede permitirse no solo no apoyar a su aliado norteamericano, sino incluso, como ha hecho el gobierno de Pedro Sánchez, enfrentarse a él. Como dijo Marco Rubio recientemente, Estados Unidos prefería seguir caminando junto a Europa, pero estaba dispuesto a actuar solo si Europa no quería acompañarle. Estados Unidos puede caminar solo, ahora bien, ¿puede Europa realmente permitirse caminar sola? Todo parece indicar que no, depende militar y tecnológicamente de Estados Unidos, comercialmente de China y demográficamente depende cada vez más de la inmigración, que es incapaz de controlar.

En conclusión, estamos ante un cisma entre una Europa debilitada y alejada de sus esencias y un Estados Unidos fuerte y decidido, mientras que el centro político, económico y cultural de Occidente comienza a desplazarse al otro lado del Atlántico. No es un proceso irreversible, pero solo los europeos pueden impedirlo.

  • Julio Crespo-MacLennan es historiador y escritor