Los cien años de Valls-Taberner
A Luis Valls-Taberner no le hubiera gustado que se hiciera una evocación pública de su figura, con motivo del centenario de su nacimiento. Él fue un hombre discreto, tan discreto que pasaba la mayor parte de la semana recluido en una casa ubicada en las faldas de la sierra de Madrid, entregado, lejos de distracciones, a su compleja labor de liderar aquel Banco Popular para el que también había elegido un perfil extremadamente discreto frente a la competencia, que gastaba millones y millones de pesetas en campañas para la televisión, la radio, la prensa y los soportes de la calle. Lo suyo era el estudio reflexivo, a kilómetros de los saraos –necesarios en muchos casos, supongo– en los que se dejaban ver y agasajar los demás presidentes de las entidades bancarias españolas, sobre todo en aquel periodo tan movido de OPA y contra OPA, de directivos de alfombra roja y doctorados cum laude, de los que se escribían best-sellers de cientos de páginas que leían universitarios y porteras, rentistas y funcionarios, todos ellos deseosos de pegar un pelotazo.
Valls-Taberner, ajeno a la por entonces halagada beautiful people, analizaba con su natural ironía la repentina fascinación de la sociedad por aquellos gestores estrella, presa de los paparazzis, y (algunos de ellos) causa de escándalos de faldas y competidores por poseer el mayor de los veleros. Al catalán le adornaban virtudes más que probadas para que algún periodista hubiera firmado una jugosa biografía, entre otras cosas porque lucía un porte aristocrático que ya hubiesen querido muchos gentlemen de la City, mezcla de Gary Cooper y Cary Grant. Fue eso que nuestras abuelas consideraban un «hombre bien parecido»: alto y atlético, siempre erguido, los ojos claros, las manos distinguidas y una elegancia innata en el vestir, por más que su armario solo contuviera tres o cuatro trajes de sastre, en su empeño por vivir con lo justo, sin lujos, pues actuaba en público y en privado como un diligente paterfamilias que trabajaba en exclusiva para sus accionistas, sus empleados (desde aquellos que ocupaban las cómodas oficinas de la sede del edificio Beatriz, a los que atendían la caja o firmaban créditos en una pequeña oficina de Palencia).
Porfío en su descripción externa, pues es el mejor camino para comprender su grandeza interior. Su media sonrisa, su capacidad para no bajar nunca la mirada, su arte para que cada cual descubriese sus talentos y los pusiera a rendir, le hacían sobresalir entre los miembros de la cúpula de la banca. Por si fuera poco, gozaba de una educación exquisita (algunos dicen que algo maquiavélica, pero no lo comparto), una amabilidad sincera y un trato acogedor con todos, en especial con los empleados que ejercían las funciones más humildes (no me olvido de las atenciones que recibían los cocineros y camareros que atendían los almuerzos de cortesía en su despacho) y con los periodistas, sindicalistas y economistas cuyo pensamiento escoraba a la izquierda. Hombre leído, en razonamiento y ciencia, nunca enfrentó ideología y amistad.
Quizás alguien piense que trabajé a su sombra, pero no sirvo para manejar dinero, menos aún si la pasta gansa pertenece a otros. Lo mío con Luis fue una relación de amigos, de cercanía y admiración. Gracias a su impulso pude publicar mi primera novela, y como era un hombre inteligente y aficionado a los enredos, consiguió que yo me buscara las mañas (a mis dieciocho años) para que fuese un banquero de la competencia el que me abriera las puertas de una famosa editorial. Le divertían esos juegos, que para mí fueron una escuela de madurez. Eso sí, no dudó en brindar el dinero preciso para costear los estudios universitarios en los Estados Unidos de un muchacho cingalés con el que entablé amistad en Kenia, que se había labrado un inmejorable currículo escolar pero carecía de toda posibilidad económica.
En mi juventud no fui capaz de valorar las llamadas telefónicas de Valls-Taberner, que de cuando en cuando marcaba el dial de mi casa para interesarse por mis asuntos, a pesar de que nos separaban cuarenta y cinco años y una distancia infinita entre nuestras respectivas responsabilidades. Él se ponía a mi altura y, desde esa posición, me ayudaba a elevar la mirada, muchas veces a través de sus largos silencios. A pesar del poder que detentaba, las veces que me invitaba a la atalaya de su despacho (qué recuerdo entrañable aquella comida con mi novia en compañía de su hermano Javier) y se interesaba, incluso, en que antes me abrieran su garaje para que aparcara mi modesta Vespino.
El 5 de junio de 2026, Luis Valls-Taberner habría cumplido un siglo. Lo imagino escondiéndose de los homenajes con su media sonrisa burlona. Si continuara entre nosotros, hubiese renunciado a toda salva de alabanzas.
- Miguel Aranguren es escritor