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tribunaAntonio Conde Bajén

Vamos a contar verdades

Aficionados muy jóvenes, envalentonados por el gin-tonic y que se creen que un asiento regala el conocimiento, se manifiestan cada vez con mayor falta de educación y con blasfemia a la sagrada liturgia de la tauromaquia, donde los tiempos son fundamentales

Nada mejor para conocer la verdad que sumergirse en ella y experimentarla.

Las reacciones de cierto sector y tendido de Las Ventas ya llevaban tiempo sorprendiendo a muchos. No se trata de una exigencia exagerada sino de reacciones absurdas, como pitar a un diestro antes de ponerse ante el toro; de chillar porque los monosabios echan mano al caballo cuando amenaza derribo; de determinadas fobias singulares por llamarse de una forma o porque tu origen familiar o territorial no es de su gusto.

Ese sector y tendido siempre fue muy exigente, para mí exageradamente. Pero tenía una opinión formada. No compartía su filosofía de dedicarse a buscar defectos y ponerles altavoz en vez de ir con una mínima intención de disfrutar (a mi juicio simple infantilismo del que se reivindica por ser capaz de detectar la no perfección). Tampoco sus exigencias de toro grande aunque no ande.

Y, con todo, lo que era la respetable expresión de opiniones, ha llegado a convertirse en inaceptable por su zafiedad y mala educación. ¿Por qué se ha llegado a esto, además de criterios incoherentes y palmarios desconocimientos de la lidia? Pues ayer pude comprobarlo: porque muchos van borrachos a su localidad y allí pierden los papeles amparándose en el anonimato del grupo y en un falso reconocimiento por ocupar un concreto tendido.

Si el hijo de una personalidad debe ser enjuiciado por sus propios actos y no por los de su padre, el público que ocupa el otrora respetado tendido no merece ningún respeto que derive del lugar donde se sienten, por el simple hecho de quienes lo ocuparon antes. Hoy ese sector y tendido es una banda de borrachos, zafios e ignorantes que el viernes 22 pitaron a Castella «por ser francés» (y así lo decían) y a Rufo (antes incluso de coger los trastos) por alguna otra peregrina idea.

El problema de los tontos es perder el tiempo intentando buscar lógica a sus actos y esforzarse en encontrarle una razón. Lo peor de un tonto es que lo es hasta soñando y, si entras en su juego, te gana por costumbre y experiencia. A un tonto hay que señalarlo como tal; y punto.

El domingo 24 se llegó al extremo. Aprovechando que los abonados de sombra suelen regalar sus localidades del fin de semana, ese tendido de sol estaba solo, sin el contrapeso del resto de habituales. Los que ocuparon esas localidades por el regalo se achantaron ante la injusta fama de entendidos de esa aparte de sol de la plaza, que se crecieron ante la falta de contestación. Pues bien, pudimos ver enormes faenas a las que se racanearon trofeos o, cuando menos, reconocimientos. Las faenas de Fortes y de Víctor Hernández a sus segundos fueron de enorme mérito y de máximo valor. La de Miranda a su segundo de quilates. Que éste último perdiera cualquier opción al trofeo por la espada, no tapa la enorme frialdad con que un pacato público, influido por los pitidos de ese otro sector harto de alcohol y vociferante, respondió a ese derroche de torería.

Y lo peor es que esa mancha de oprobio se está extendiendo como el aceite. Aficionados muy jóvenes, envalentonados por el gin-tonic y que se creen que un asiento regala el conocimiento, se manifiestan cada vez con mayor falta de educación y con blasfemia a la sagrada liturgia de la tauromaquia, donde los tiempos son fundamentales. Un público que se dice respetable no puede pitar una faena de gran riesgo, en medio de una embestida, porque se le haga larga y quiera coger el metro; no puede querer dirigir la lidia y marcar cuándo debe cortarse, si se está toreando. Y si el diestro tiene la seguridad de matar dentro del tiempo reglamentario, por más que le vayan sonando avisos, allá él y el riesgo que asume de matar antes del tercero. Esperen a que no lo haga para pitar y enfadarse. Ayer ocurrió con Víctor Hernández, pese a que se estaba poniendo los pitones donde pocos los admiten.

Dentro de la libertad de expresión del público, lo que no cabe es la zafiedad y la nula educación. Lo que la inteligencia de la tauromaquia no admite es que acomplejados necesiten desahogarse de su pobre vida y se amparen en los laureles de un tendido para, espoleados por espirituosos, den rienda suelta a sus exageraciones violentando una liturgia que siempre se ha basado en el respeto.

Que se vayan a Alcohólicos Anónimos y que dejen de dar los penosos espectáculos con los que nos castigan día tras día.

  • Antonio Conde Bajén es abogado