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En enero de 2025, Alex Karp, CEO de Palantir, provocó un escalofrío en Davos al afirmar con crudeza que quien haya estudiado humanidades o se dedique a labores intelectuales de corte generalista «está fastidiado» (traduciendo con la máxima educación). Según Karp, la inteligencia artificial ya ejecuta de forma más eficiente las tareas de análisis, redacción y cultura general que hasta ahora han llevado a cabo los trabajadores del conocimiento. Así, el mercado se bifurca: oficios manuales o técnicos hiperespecializados por un lado, y obsolescencia para los humanistas por otro. Casi un año y medio después, en mayo de 2026, el papa León XIV ha publicado la encíclica Magnifica Humanitas, cuyo subtítulo «Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial» es especialmente revelador. Lejos de ser un juicio general y condenatorio a la tecnología, el documento establece un límite claro: la IA calcula, pero solo el ser humano puede juzgar moralmente. Encontramos, entonces, dos diagnósticos contemporáneos, uno desde el poder económico y otro desde la tradición espiritual, que coinciden en señalar lo mismo: estamos ante una transformación radical de lo que significa «pensar».

Martin Heidegger ya lo había anticipado hace más de medio siglo. En su libro ¿Qué significa pensar? (Was Heißt Denken?, basado en lecciones de 1951-1952), el filósofo alemán abre con una de sus frases incómodas: «Lo más inquietante de nuestro tiempo es que todavía no pensamos». No se trata de un oscuro giro típico del autor, ni de una queja romántica. Heidegger distingue dos modos radicalmente diferentes. Por un lado, el pensamiento calculador: el que organiza datos, busca utilidad, planifica y optimiza. Es el pensamiento de la ciencia y la técnica. Por otro, el pensamiento meditativo: una actitud de escucha, de apertura, de dejar que las cosas se muestren tal como son. No es dominar, sino agradecer y habitar el misterio del mundo.

La ciencia, dice Heidegger, no piensa. Esto no es un insulto, ni siquiera una crítica, sino una descripción precisa de su esencia: investiga objetos ya dados, pero no se interroga por el ser de las cosas ni por su propio fundamento. Hoy esa distinción resulta casi profética. La IA es la culminación perfecta del pensamiento calculador. No necesita «pensar mejor» que un humano en términos absolutos; le basta con replicar de forma masiva (y barata) el pensamiento abstracto, corporativo y generalista. Por eso el pensamiento y las habilidades humanísticas pierden valor comercial a toda velocidad.

Heidegger lo vio venir en 1966. En su famosa entrevista póstuma a Der Spiegel («Ya solo un Dios puede salvarnos»), afirmó que el lugar de la filosofía lo había ocupado la cibernética. Esto es la ciencia del control, la retroalimentación y la información, que es la antecesora directa de nuestros algoritmos actuales. La cibernética convierte el pensamiento en una «operación» programable. El lenguaje deja de ser vehículo del misterio para convertirse en transmisión eficiente de datos. Las ciencias particulares absorben y fragmentan lo que antes era la tarea unitaria del pensar filosófico. El ser humano se desarraiga: Heidegger confesó el terror que le produjo ver las primeras fotos de la Tierra desde la Luna. Ya no somos habitantes del mundo; somos operadores de un sistema técnico que nos supera.

Alex Karp no está haciendo profecías, sino describiendo el presente. El mercado ya no valora tanto la capacidad de formular preguntas profundas como la de resolver problemas concretos dentro del sistema. Lo «generalista» se vuelve prescindible. La técnica ya no es una herramienta en manos del hombre; es un entorno que lo configura.

Frente a este panorama, Magnifica Humanitas no propone detener el progreso, sino custodiar la dignidad humana. El papa León XIV recuerda que la magnificencia del ser humano no reside en su eficiencia, sino precisamente en lo que el mercado tecnocrático considera «fallos»: nuestra vulnerabilidad, nuestra capacidad de sufrir, de amar, de tomar decisiones éticas con conciencia. Delegar responsabilidad moral a sistemas automatizados, en sanidad, justicia, empleo o armas autónomas, es una renuncia inaceptable.

La encíclica contrapone dos imágenes bíblicas. La Torre de Babel, por un lado, representa el modelo tecnocrático: poder, uniformidad, eficiencia sin alma. Por otro lado, la reconstrucción de Jerusalén simboliza la alternativa: una comunidad donde la tecnología se somete al bien común, protege a los débiles y fomenta la comunión real entre personas. La dignidad humana no se optimiza; se custodia.

Entonces, ¿qué ha de ser pensado hoy? Heidegger insistía en que lo que verdaderamente pone a pensar es lo que nos deja pensativos: lo problemático, lo inseguro, lo tenebroso de nuestra época. No se trata de pesimismo, sino de lucidez. Nuestra sociedad canta constantemente a la razón y, sin embargo, ha reducido el pensar a calcular. Hemos ganado en información y perdido en sabiduría. Las ciencias saben infinitamente más que el pensamiento auténtico, pero desconocen la esencia y el origen de sus propios ámbitos.

La pregunta decisiva no es si la IA superará al ser humano en inteligencia, sino si el ser humano sigue estando metafísicamente preparado para gobernar los poderes que ha desatado. ¿Estamos dispuestos a medir el valor de las personas por su productividad algorítmica? ¿O recordaremos que nuestra grandeza radica en la capacidad de asombrarnos, de agradecer que las cosas simplemente sean, de tomar decisiones que ninguna máquina podrá asumir por nosotros?

Pensar, en el sentido profundo, no es procesar más rápido. Es escuchar con exactitud al mundo. Es mantener viva la pregunta por el sentido cuando todo parece resuelto técnicamente. En un tiempo que exige cada vez más acción y menos pensamiento, recuperar la capacidad de pensar meditativamente no es un lujo filosófico. Es la condición para seguir siendo plenamente humanos. El futuro no está decidido entre el optimismo ingenuo y la desesperación. Está en la tensión que cada uno de nosotros decidamos habitar: ¿seremos solo operadores eficientes de un sistema cibernético, o conservaremos la capacidad de juzgar, de cuidar y de agradecer? La IA calcula. Solo nosotros podemos, todavía, pensar.

  • Álvaro Berrocal Sarnelli es doctor en Filosofía y profesor de Metafísica en el Instituto Superior de CC.RR. San Fulgencio de Murcia