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tribunaMaría José Lopez de Arenosa

Fariba y la Revolución Islámica

La revolución de los ayatolás tuvo una amplia base de apoyo social. Además de musulmanes, incluía distintas facciones de izquierda, burgueses liberales y socialdemócratas. Muy pronto, como en la granja de Orwell, los libertadores superaron en crueldad al régimen anterior

En 1978 llegué a Estados Unidos con mi familia. Vivíamos a las afueras de Washington DC, en una zona residencial con un alto porcentaje de extranjeros. Allí conocí a Fariba, iraní, hija de un importador de alfombras persas. Su familia se mudó a Estados Unidos a la vez que la mía y enseguida nos hicimos muy amigas. Como adolescentes que éramos, nuestras conversaciones eran las propias de la edad: chicos, amigas, colegio… (sí, en ese orden). Pero también asomaba la política en un momento tan convulso para su país, del que se hablaba en todos los noticieros por la caída del Shah y la crisis de los rehenes, que llenó de lazos amarillos todas las ciudades americanas. Fariba tenía un alto nivel de vida en Washington, pero había en ella un antiamericanismo que yo, desconocedora de la Historia y del intervencionismo británico y norteamericano en Irán, no llegaba a comprender. Al igual que ella, los iraníes que conocí durante aquellos años, eran muy nacionalistas, orgullosos de su cultura persa. Aborrecían al Shah y defendían al ayatolá Jomeini, pero eran más occidentales de lo que querían admitir.

Fariba vestía en verano camisetas de tirantes y pantalones cortos y lucía su melena rojiza y rizada, una rareza en Irán. Un día me invitó a dormir en su casoplón, con las alfombras de seda más bonitas que he visto nunca. No llevé mi pijama y, muy solícita, me prestó con naturalidad unas picardías negras con encaje y transparencias dignas de un sex shop. Sorprendida y perpleja, me puse aquello bajo la severa e intimidatoria mirada del ayatolá Jomeini, cuya enorme fotografía en blanco y negro presidía el dormitorio. Señales que te indican que algo no cuadra, pero con diecisiete años no das muchas vueltas.

La llamada Revolución Blanca del Shah para modernizar e industrializar su país requería ingenieros para los pozos petroleros e infraestructuras. Para ello, decenas de miles de estudiantes iraníes se formaban en universidades occidentales. En 1979, solo en Estados Unidos, había más de 50.000; la mayoría en ingenierías.

La Asociación de Estudiantes Iraníes, pese a haber sido creada en los años 50 bajo los auspicios de la propia embajada de Irán, terminó convertida en una organización radical enfocada en el antiimperialismo y la oposición al Shah. Organizaba grandes manifestaciones con una libertad insólita en su país, consiguiendo captar la atención del mundo sobre el régimen de Reza Pahlavi. Pero cuando triunfó la revolución, aquellos cachorros altamente cualificados de la élite iraní se quedaron en Estados Unidos y sus familias les siguieron gracias a leyes de reagrupación familiar. Actualmente, hay entre 400.000 y 600.000 iraníes y descendientes de iraníes en los Estados Unidos, incluyendo cristianos, judíos, zoroastrianos y de otras religiones minoritarias.

La revolución de los ayatolás tuvo una amplia base de apoyo social. Además de musulmanes, incluía distintas facciones de izquierda, burgueses liberales y socialdemócratas. Muy pronto, como en la granja de Orwell, los libertadores superaron en crueldad al régimen anterior.

En 1979 no había precedentes de un salto atrás religioso, cultural y social como el que se produjo en Irán. Pocos podían adivinar hasta qué punto el país se convertiría en una teocracia reaccionaria y represora basada en el odio a los valores occidentales y a los Estados Unidos e Israel como enemigos externos.

Miro las fotos de aquella época y veo las caras risueñas de mis compañeras iraníes del colegio; ambiciosas académicamente y con un gran futuro por delante. Imagino su desarraigo criando a sus hijos en un país tan ajeno a su cultura ancestral. Veo las imágenes de mujeres valientes en Irán desafiando al régimen y pienso en Fariba, Neda, Sanam, Khalijeh… mis amigas. Aunque perdí el contacto con ellas, dudo que, pese a sus contradicciones de juventud, lleven sus cabezas cubiertas y se hayan resignado a aceptar la intolerancia y la represión. De hecho, en su perfil de Facebook, Fariba afirma vivir en Teherán y en su última publicación, de 2016, aparece muy maquillada, con labios siliconados, manga corta y una coleta rubia. Pero desde hace años los intentos de los amigos por contactar con ella han sido inútiles.

En 1979 podía haber ignorancia o ingenuidad en quienes apoyaron la revolución. Pero en 2026 no hay excusas para mirar para otro lado, ni para disculpar o hacer declaraciones equidistantes frente a ese régimen por mucho sentimiento antiamericano que se tenga, como hacen la izquierda y muchas feministas. Tampoco podemos olvidar los más de 30.000 (¡treinta mil!) asesinados por el régimen durante las protestas en las semanas previas a la guerra.

  • María José López de Arenosa es filóloga y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles