Retar al tiempo
En recuerdo de Alfonso Bullón de Mendoza
Encaramado en el balcón de aquel tranquilo pueblo de Villar del Río, cercado por algún concejal campero y por el representante de una folclórica, un señor afónico de nacimiento y corto por falta de crecimiento, le espetó al respetable público: «Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar».
Y viene a mi recuerdo la escena a la que me agarro como percha periodística, para decir que por diversas razones debo una explicación, o decir algo, sobre quien caminaba hacia los ciento cuatro años.
No quiero dar a este artículo sesgo de obituario, sino destacar, desde mi lejano contacto con el personaje, momentos cruzados con él. Pues tendría yo ocho o nueve años cuando en el taxi que conducía mi padre llevábamos al marqués de Selva Alegre por los quebrados caminos de ese territorio que parecía no tener fronteras, desde que los templarios hicieron del sitio capital de la baylía más extensa desde Badajoz a Sevilla. Y, en esa página blanca por la poca edad, se fueron plasmando, con una admiración imperturbable, las maneras cuidadas junto al poso cultural del viajero. Me decía mi padre que los niños no han de preguntar tanto, pero cada vez que me asaltaba una curiosidad, ignoraba el consejo. De modo que, ante acompañante tan culto, yo no dejaba de interrogarle. Así que ahora, al rememorar su cuidado estilo en las relaciones humanas, me asalta aquel pensamiento del marqués de Estella, cuando señalaba que ciertas personas, tal vez por su cuna o por sus saberes, han de ejercitarse en «un magisterio de costumbres y refinamientos».
Como nos hemos hecho mayores, todavía contrasta más rescatar aquellas postales ya amarillas, frente a la burricie que se aprecia hoy en quienes, por su oficio público, deberían ser ejemplo de formas y de principios.
En nuestro pueblo, en Jerez de los Caballeros, donde descansan muchos de sus antepasados, resulta que la familia Bullón ha quedado como referencia de los extinguidos casones históricos, cuyos blasones berroqueños campean todavía encaramados en los aleros que sobreviven. La casa Bullón se convierte así en superviviente, ajena a la especulación, donde tanta hidalguía ha trocado su recia estampa por cuchitriles apartamentos.
No me resulta fácil explicar cómo fue Alfonso, que ahora nos ha dejado tras servir a muchas causas con una discreción ejemplar. Ya Ortega avisaba de las limitaciones que tiene el que intenta contar: «El lenguaje no da para tanto. Dice poco más o menos una parte de lo que pensamos y pone una valla infranqueable en la transfusión del resto». Cuando Javier Marías ingresó en la RAE, refrendó lo que ya el filósofo había señalado: «En el momento en que interviene la palabra y aspira a reproducir lo acontecido, lo que está haciendo es suplantar eso que acontece». Pues, créanme, sigo intentando cada día trasladar mis sentimientos a garabatos manuscritos, con endebles resultados.
Al realizar en el campamento de El Robledo mis prácticas de milicias universitarias, queriendo saber de mi amigo mayor, lo visitaba en una casa que tenía en La Granja de San Ildefonso. Todavía mantengo en esos espejos intimistas que duran reflejado el torreón que coronaba la vivienda. Alfonso bajaba y me preguntaba por mis sudores en el Llano Amarillo, donde nos crujían en desfiles y supuestos tácticos el capitán Palacios, el de Embajadores en el infierno, y el teniente general Tomás García Rebull, ejemplos desde luego de reciedumbre.
Nos fuimos haciendo mayores y en 2014 presenté en el Instituto Cervantes mi obra Balboa. La fantástica historia de un hidalgo español. Junto a mí y al entonces secretario general del centro, Rafael Rodríguez-Ponga, estaba Alfonso. Fan de no pocas de mis iniciativas, cenamos aquella noche en la Gran Peña. Mi mujer y yo disfrutamos al escuchar sus relatos del ayer, tan refrescantemente narrados como si hubieran acaecido unos días antes.
El 11 de noviembre de 2022, cuando caminaba hacia los cien años, organicé, con el apoyo municipal de Jerez, un homenaje para reconocer con los vecinos la larga y fecunda trayectoria del paisano ilustre. Esa noche le dije a su hijo Alfonso, que, al final del acto, hablara algo de tu padre. A lo que me respondió sin dudar: ¡¡¡Que hable él!!! Y así fue. Se subió al escenario, y sin papeles, fue trazando la cronología de algunos retazos de su vida, casi todos tangentes con la cultura. Admirador de la inteligencia y de los memorables hechos históricos, el 14 de diciembre de 1967 había arrastrado hasta la ciudad templaria al reputado investigador Conde de Canilleros, que portaba un documento rescatado del archivo de Indias de Sevilla. En él se hacía verdad la nacencia de Hernando de Soto, el Adelantado de la Florida, en el entonces Jerez cerca de Badajoz.
Era amante sin condiciones de la España que vivió, ejerciendo de patriota sin alaracas. Estuvo cerca de Gonzalo Fernández de la Mora porque admiraba la inteligencia. El director de Razón Española, pensaba que las imparables tecnologías podrían hacer sitio al consumismo, arrebatando la primacía a ciertos valores de la civilización occidental.
Por su discreción, hay obras que quedaron en el recuerdo provinciano donde ejerció. Algunas veces, cuando estaba en nuestro pueblo, lo visitaba. Las tertulias con este gran conversador eran deliciosas e instructivas. Cerca de nosotros, en el jardín, crecen todavía unos cipreses imparables que en nada envidian al de Silos cantado por Gerardo Diego. Por encima de los tejados, como el del monasterio, estos igualmente «acongojan al cielo con su lanza». Altivas saetas vegetales, retan al tiempo, como Alfonso con su existir silente. Semejantes a aquellos de Gironella, le han sobrevivido con sus cúspides imparables. Sí, como el de Silos, como los de Gironella, creyendo en Dios, también como el mismo Alfonso.