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TribunaJosep Maria Aguiló

Trikinis contra bikinis

Como seguramente habrán deducido ya, no he sido nunca muy playero, lo cual resulta paradójico viviendo en Mallorca. Quizás ese sea el principal motivo por el que desde hace años me gusta más ir a la playa en otoño o en invierno que en verano

Desde hace algunos años, el trikini playero está ya bastante arraigado en las zonas costeras de nuestro querido país; tanto, que incluso he descubierto que existe también una versión masculina para los caballeros más osados y deportistas. Y aunque me considero todo un caballero y a veces también un ser osado, por no decir temerario, he de reconocer que no soy una persona especialmente deportista, por lo que de momento no me veo con el ímpetu suficiente para ir a una tienda de ropa y comprarme un trikini para mí.

Para definir técnicamente cómo es en el fondo y en la forma esta prenda veraniega tan específica, se suele decir que espacialmente el trikini es menos que un bañador y más que un bikini, aunque viendo algunos modelos concretos de trikini, uno diría que hay bikinis –o monokinis– que tienen casi el doble de tela que nuestros principales protagonistas de hoy.

Y no solo eso, pues paseando este mes de agosto por las playas palmesanas de El Molinar o de Ciudad Jardín he visto cómo algunas usuarias de trikinis intentan competir en sofisticación con las usuarias de los bañadores más clásicos y elegantes. Por suerte, estos últimos siguen ganando la partida, pues a pesar de los sofocantes calores del presente estío, la mayoría de turistas y de residentes mantienen un cierto decoro mínimo indumentario.

Aun valorando en su justa medida la modernidad estilística del trikini, que no niego, muchos de ustedes ya saben que en las cosas del vestir mis preferencias suelen decantarse sobre todo por los estilos más tradicionales o incluso con un cierto halo vintage. Quizás ese sea uno de los motivos por los que siempre me han gustado las películas de época de maestros como Luchino Visconti o James Ivory. Estoy pensando ahora en obras maestras como El gatopardo o Lo que queda del día, que además muestran también, por otra parte, dos desgraciadas y melancólicas historias de amor, que son las historias que, ay, a mí más me gustan.

Aprovechando ese brevísimo paréntesis entre histórico y cinematográfico, creo que resulta asimismo oportuno recalcar que en materia de trajes de baño mis predilecciones estéticas se han inclinado desde siempre por los que portaban nuestros abuelos y bisabuelos, entre otras razones porque realmente eran «trajes» en sentido estricto. De hecho, cuando en mi juventud veía fotografías o filmaciones de aquella época, una de las cosas que invariablemente llamaban mi atención era constatar que muchas personas solían ir más abrigadas en los veranos de inicios del siglo XX que nosotros ahora cuando llega el otoño o el invierno.

De aquel mundo playero hoy ya del todo extinguido me fascinaban igualmente el colorido de las casetas para cambiarse de ropa o la variedad de los complementos que se llevaban, desde sombreros de fiesta hasta zapatos de tacón alto. También me encantaba la compostura de nuestros ancestros sobre la arena y la distinción con que posaban para los fotógrafos. El único reparo que quizás pondría a esos posados pioneros sería que tal vez eran extremadamente recatados, aunque también es verdad que hoy pecamos a menudo por exceso, una circunstancia que podemos comprobar sobre todo en algunos posados –o «robados»– veraniegos que aparecen en las revistas del corazón.

Para un romántico como yo, una de las pocas alegrías climáticas que nos están deparando los estíos actuales es que de vez en cuando nos dejan algunas imágenes que, de algún modo, nos retrotraen de nuevo a aquel pasado tan peculiar. Así, hace apenas unos días vi a una mujer aún joven paseando por la calle Eusebio Estada de Palma con una sombrilla. Mientras yo no encontraba una sola sombra en la que poder protegerme, ella andaba feliz con su parasol, como si fuera la protagonista de un cuadro del maestro Joaquín Sorolla o una emperatriz felizmente exiliada de la dinastía Ming.

Lo extraordinario de esa imagen era su singularidad, pues prácticamente nadie suele llevar hoy sombrilla cuando sale a dar un paseo por nuestras calles y avenidas en las horas más soleadas de la jornada. A lo sumo, solemos llevar una gorra de béisbol algo descolorida o, si somos más atrevidos, una gorra deportiva con la visera hacia atrás, rematando todo el conjunto con unas gafas de espejo, una cadena dorada y una camiseta negra de algún glorioso grupo de heavy metal de los años setenta.

Lo cierto es que a poco que uno se adentre en el mundo de los parasoles, descubre que sus modelos y diseños son casi infinitos, como los de los trikinis y los bikinis. Así, además de las sombrillas tradicionales, hay también sombrillas plegables, sombrillas dobles, sombrillas paraguas, sombrillas para parabrisas, sombrillas refugio con ventana o sombrillas para sillas, especialmente ideadas para los cochecitos de los bebés. Yo mismo estoy pensando muy seriamente en comprarme ahora una, o en aprovechar un viejo paraguas azul celeste con escorzos blancos que creo que podría dar perfectamente el pego sin llamar excesivamente la atención de los viandantes.

Como seguramente habrán deducido ya, no he sido nunca muy playero, lo cual resulta paradójico viviendo en Mallorca. Quizás ese sea el principal motivo por el que desde hace años me gusta más ir a la playa en otoño o en invierno que en verano. Adoro el sol y la luz otoñal, y esa serenidad y esa quietud como de otro tiempo, casi decimonónica y evanescente. Siempre he sido, lo reconozco, un poquito naíf y decadente.

  • Josep María Aguiló es periodista