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TribunaMª Dolores Muñoz Fernández

El silencio de Homero

Los griegos son referentes, tanto que más de un listillo, sin perspectiva histórica ni conocimiento alguno verdadero, intenta utilizarlos como 'argumentatio ab auctoritate', para exponer sus propios intereses

En La Ilíada y La Odisea no se relatan episodios como las causas de la guerra, la muerte de Aquiles o el truco del caballo de madera. Los conocemos por el llamado Ciclo Épico, un conjunto de poemas atribuidos a diversos autores de la Antigüedad y que relatan los hechos anteriores y posteriores a la guerra de Troya; también por testimonios y comentarios de poetas de la Antigüedad, por laboriosos trabajos de rehabilitación filológica mediante la reconstrucción de versos, por la cerámica, por el apoyo arqueológico y por el profundo conocimiento del mundo griego y su entorno por parte de los investigadores helenistas.

Sin entrar en análisis socioliterarios y filológicos, se puede afirmar que las epopeyas homéricas representan los fundamentos de la literatura occidental. Homero fue considerado escuela de Grecia y sus obras fueron estudiadas y aprendidas a lo largo de los siglos, a pesar de políticos como los nuestros, que han arrinconado los estudios de las lenguas clásicas, limitando con ello el conocimiento directo y especializado de la civilización que más ha influido en la humanidad y que, sin duda, marcó la mentalidad de Occidente.

Los héroes homéricos (cuya cronología se remonta a hace unos treinta y cuatro siglos) se comportaban de acuerdo con unos ideales, quizá incomprensibles para la mayor parte del público actual, pero que desempeñaban una función social importante en la sociedad de aquellos tiempos.

A día de hoy, el nombre de La Odisea despierta un gran interés y garantiza importantes ganancias a cualquier superproducción cinematográfica.

Y ahí está el dolo: plagiar el título de Homero para retorcer una epopeya, que muestra un mundo cuyas coordenadas no tienen nada que ver con una película de Hollywood.

Se ignora la idiosincrasia de Odiseo, su inteligencia y su multiplicidad de recursos ingeniosos. Se le convierte en una especie de filósofo-plañidero.

El cineasta utiliza, sin filtro y sin vergüenza, el nombre exacto de la epopeya homérica y vende una producción con texto tan desfigurado como el rostro que muestra la reina de Esparta, Helena. Una mutilación impensable. Un insulto a los héroes. Homero relata que el rubio Menelao cae rendido ante la desnudez de Helena, una vez ganada la guerra.

Y, ciertamente, mucha gente que se acerca al cine histórico no conoce las obras o hechos en que se basa, sino que cree lo que ve en las pantallas. Por ello, el cineasta tiene una responsabilidad moral para con ese público, que aprende de sus películas.

Está claro que el comerciante director de La Odisea aprovecha este desconocimiento para transmitir sus irrespetuosos inventos y su evidente ignorancia literaria. Todo por la taquilla.

Afirmaba Solón de Atenas, del siglo VII a. C.: «La avaricia es insaciable».

Deberíamos plantearnos dónde está el límite de las llamadas licencias cinematográficas. En este caso, son la excusa perfecta para el capricho y la distorsión.

Porque, según le convenga, el director británico podría vestir con peplo a don Quijote y presentarlo como un donjuán, un llorón, un estratega, un maltratador o lo que se le ocurra. Pero ¡ojito!, que el Quijote es más leído que La Odisea

Homero permanece en silencio, indefenso en la era de las imágenes y textos manipulados. Ni la mayoría lo ha leído ni él puede alegar derechos de autor.

Los griegos son referentes, tanto que más de un listillo, sin perspectiva histórica ni conocimiento alguno verdadero, intenta utilizarlos como argumentum ab auctoritate para exponer sus propios intereses. Es como si alguien que ha leído un libro de historia se declarara historiador o alguien que ha leído uno de filosofía, filósofo.

Así, en una multimillonaria producción de Hollywood, reconocemos un amasijo de películas de tipo medieval, mitos, diálogos y hechos raros y anacronismos extravagantes. Por citar algunos: la imagen de bruja trasnochada y las repugnantes acciones de la divina Circe, las ruinas y la cochambre de los edificios, los ropajes divinos y reales. Una monocromía deprimente. Las genuflexiones del rey Odiseo ante la caricatura de Agamenón o la pobre Calipso, entre psicóloga y psicópata, fusionada con la invisible Nausícaa.

Lo honesto hubiera sido darle otro título e imprimir un sello personal original y no manipular tamaña obra literaria. No apropiarse de la gloria del aedo ciego, del siglo VIII a. C.

Pero ya decía el poeta Esquilo en el siglo V a. C.: «La mayoría de los hombres prefiere parecer que ser». Parecer original, moderno y atrevido. Con resultado amorfo.

Homero calló una gran parte de los antecedentes y consecuentes de la guerra de Troya: el regreso y la muerte de muchos héroes, como el propio Odiseo y Aquiles, y el final de Menelao y Helena, narrado en el poema Nóstoi (Los regresos). Ambos acaban sus días felizmente en Esparta.

Seguramente, el poeta griego no imaginó lo que podría hacerse con el material de sus obras: la pseudocreación, los relatos sesgados, la imagen de héroes y dioses desfigurados...

Por suerte, nadie puede cambiar los textos de hace siglos. Por suerte, los cineastas voraces de gloria y taquilla no saben lo que Homero calla.

  • María Dolores Muñoz Fernández es helenista y divulgadora del mundo clásico