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TribunaIgnacio Trillo

El socialismo no argumenta. Se enquista y sobrevivirá a la democracia

Apela a la debilidad humana de preferir la seguridad a la libertad. Crea su propia base social. Ofrece refugio moral a intelectuales, empleo a burócratas y absolución a quienes renuncian a la responsabilidad

Hay mentiras que duran siglos. Mentiras que se disfrazan de moral, se envuelven en banderas de justicia y, generación tras generación, seducen a quienes prefieren la seguridad de la dependencia a la dureza de la libertad. El socialismo es la más exitosa de todas. No es una ideología. No es un error histórico. Es una industria perfectamente diseñada: una industria de dependientes. Fabricada y perfeccionada durante doscientos años con un único fin: transformar ciudadanos libres en súbditos agradecidos.

Claude-Henri de Saint-Simon soñó con una sociedad industrial dirigida por los productores en beneficio de «la clase más numerosa y pobre». Creía que la razón bastaría. Fourier imaginó falansterios armónicos. Owen levantó colonias modelo. Vendieron la promesa de un mundo sin riesgo ni responsabilidad individual. Seguridad a cambio de libertad. Esa mercancía nunca se agota.

Marx y Engels despreciaron a los utópicos. Impusieron la lucha de clases. El resultado práctico fue siempre el mismo: pobreza, burocracia y la necesidad de fabricar una clientela que sostuviera el sistema. Porque el socialismo no vive de la producción. Vive de la redistribución. Y la redistribución necesita votantes dependientes.

Ernesto Laclau proporcionó el manual más sofisticado. Explicó cómo se construye «el pueblo» mediante la articulación de demandas frente a un enemigo común. El significante vacío —justicia social, pueblo, patria— une a los descontentos. El poder ya no se legitima por resultados, sino por la reactivación permanente del antagonismo.

El clientelismo es la traducción material de esa lógica: primero se genera el agravio, después se subvenciona, al final se exige gratitud electoral. Cada subsidio crea un derecho. Cada derecho, un voto cautivo. Laclau teorizó la hegemonía; la práctica socialista la convirtió en fábrica de subvencionados.

En España esa lógica ha perdido toda careta. El socialismo que gobierna ha abandonado cualquier pretensión de moderación. Pacta con quienes niegan la nación, amnistía a condenados, asalta las instituciones, coloniza el relato y convierte toda discrepancia en «fascismo». Ya no redistribuye para corregir desigualdades. Fabrica dependientes y polariza deliberadamente. Cuanto más se agrieta el país, más necesita un «pueblo» que solo ellos dicen representar. Es un socialismo sin careta: captura del Estado y conversión del ciudadano en siervo agradecido.

Y es precisamente por esto por lo que la derecha y centroderecha no triunfan. El adversario les obliga a jugar una partida en un tablero que él mismo ha diseñado. Las normas las puso el socialismo: el relato de la igualdad, la sacralización de las subvenciones, la polarización como método y el control del lenguaje. En ese tablero, cualquier intento de hablar de esfuerzo, de mérito o de responsabilidad es inmediatamente tildado de insolidaridad o de extrema derecha. La derecha acepta las reglas, discute dentro del marco impuesto y, cuando intenta mover una ficha, descubre que el rival hace trampas a la vista de todos: cambia las instituciones, compra lealtades con dinero público, manipula el relato y convierte cada derrota electoral en una nueva justificación para seguir repartiendo. Mientras la derecha juegue en ese terreno —el de la redistribución y el victimismo—, jamás podrá ganar. Porque el socialismo no compite: controla el tablero y hace trampas por sistema.

Solo triunfa la alternativa y la coherencia cuando se le ha dado al socialismo el tiempo suficiente para que se desnude por completo. Cuando demuestra, una y otra vez, la banalización de sus valores, la violación de sus santuarios y la prostitución de sus políticas. Solo cuando la igualdad se convierte en privilegio de los suyos, cuando la justicia social se transforma en clientelismo descarado y cuando la democracia se reduce a un instrumento de poder, la sociedad empieza a despertar. Hasta entonces, el socialismo sigue vendiendo su mentira con éxito.

Por eso no muere. Apela a la debilidad humana de preferir la seguridad a la libertad. Crea su propia base social. Ofrece refugio moral a intelectuales, empleo a burócratas y absolución a quienes renuncian a la responsabilidad. Y cada vez que fracasa, se reinventa. Cambia el envoltorio. Conserva la esencia.

El clientelismo no es un exceso. Es el método. Mientras se pueda comprar lealtad con dinero ajeno y articularla en un «pueblo» enfrentado a un enemigo, existirá quien lo practique. Y mientras la derecha acepte jugar con las cartas marcadas, el socialismo seguirá ganando.

Por eso la batalla no es solo económica ni siquiera ideológica. Es moral. Consiste en decidir si queremos una sociedad de ciudadanos libres o una comunidad de dependientes administrados; si aceptamos que el Estado sustituya a la responsabilidad personal o si recuperamos la dignidad de valernos por nosotros mismos. El socialismo seguirá prometiendo protección mientras reclame obediencia a cambio. La libertad, en cambio, no promete comodidad: exige carácter.

Mientras juguemos con sus reglas no podemos ganar. Por definición. Porque el tablero, las normas y las trampas son suyos. Insistir en hacerlo es de necios. El socialismo no solo fabrica dependientes: produce decadencia. Decadencia moral, institucional y cultural. Convierte la dignidad en subsidiaria, el esfuerzo en sospechoso y la libertad en un privilegio molesto. La única forma de vencer es romper el marco. Destruir sus esquemas mentales. Rechazar su lenguaje. Negarnos a pedir permiso. Solo cuando dejemos de jugar su juego e impongamos el nuestro, el socialismo —y la decadencia que arrastra— dejará de ganar.

España no necesita más arquitectos de la decadencia. Necesita ciudadanos que dejen de pedir permiso para ser libres.

  • Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa