El poder de la conciencia
Al comienzo, la conciencia decía: «esto no debiste hacerlo». Ante el dolor inocente pronuncia otra palabra: «esto no puede quedar así». El hombre, homo dolens como lo definía V. Frankl, sabe que existen injusticias y sufrimientos que ninguna mano de este mundo puede reparar enteramente
Un ser humano puede haber burlado la ley, evitado la pena, vencido en el discurso y obtenido la aprobación de quienes le rodean. Incluso la ley, no pocas veces, puede estar de su parte o inhibirse del tema. Y, sin embargo, puede quedar interiormente alcanzado por un juicio que no controla: esto no debiste hacerlo. A este hecho, de cuya experiencia nadie escapa, lo llamamos poder de la conciencia moral; es este uno de los enigmas de la filosofía moral.
El estudio de la conciencia dispara en cascada otros temas que sólo podemos apuntar: el fenómeno de la libertad y de la culpa; el porqué último del obrar moral, es decir, la cuestión del fundamento (¿por qué debo en última instancia ser bueno si ello me perjudica?); la existencia de mandatos incondicionales o absolutos; la pregunta por la justicia para todos, cuya exigencia nunca queda plenamente satisfecha en esta vida (¿cómo hacer que la tumba no nivele por igual al verdugo y a su víctima inocente?); y, de manera insoslayable, la cuestión de Dios.
El Concilio Vaticano II describió en tono grave este fenómeno: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente» (GS, n. 16).
La conciencia, en cuanto yo, es capaz de inteligir, sentir y querer el bien y es, a la vez, más que yo. Como intelección, juzga discerniendo sobre lo moralmente bueno y «resuelve con acierto los problemas morales». Tiene capacidad normativa y, en este sentido, es creadora (pensemos en la positivación de las normas morales y jurídicas de las instituciones y los Estados). Pero, a su vez, se ve imperada por un mandato incondicionado que la trasciende y no se identifica con el mero consenso humano e incluso puede llegar a cuestionarlo.
La conciencia como sentimiento premia sembrando de gozo y paz, liberando del peso de la culpa, o castiga con la pena del remordimiento que condena, o redime con la paz del perdón al que se arrepiente y se convierte. ¿Pero quién es el que nos acusa? ¿Quién nos elimina y destruye la culpa? También hace que nos atraigan estimativamente los valores y bienes y aborrezcamos sus contrarios. ¿Quién nos fascina atrayéndonos y nos aparta repeliéndonos ante su ausencia?
La conciencia como volición nos hace ir de un lado para otro, haciendo que cada acto de nuestra vida configure la opción fundamental de toda ella. Nos sobrecoge el saber que quien ama es capaz de entregar libremente su vida pudiendo evitarlo; que alguien muera en huelga de hambre por la libertad de otros; que «huya el malvado cuando nadie le persigue. ¿Por qué huye? ¿De dónde procede su temor?» (Newman). La conciencia se mueve y, a su vez, es movida. Vamos y somos llevados.
Unos no ven, en esta voz poderosa, nada más que la soledad del hombre consigo mismo; «la voz de algunos hombres en el hombre» (Nietzsche); la internalización de las normas, reglas y prohibiciones parentales de base puramente inmanente (Freud). Otros juzgan, por el contrario, que «la llamada de la conciencia está en mí a la vez que llega de más allá de mí» (Heidegger).
San Pablo describió con sorprendente precisión esta experiencia universal. Quienes no poseen la Ley revelada (ni religión ni fe) llevan, sin embargo, una ley grabada en su corazón (Rom 2,14-15). Es un punto de encuentro extraordinario. John Henry Newman hizo de este hecho uno de los caminos más originales hacia Dios. En la poderosidad de la conciencia hallaba los materiales para una aprehensión real de un Legislador y Juez ante el que comparecemos.
Max Scheler recorrió un camino próximo desde el arrepentimiento. En De lo eterno en el hombre dice que «Si en el mundo no hubiera otra cosa de la que pudiéramos sacar la idea de Dios, simplemente el arrepentimiento podría llamar nuestra atención sobre la existencia de Dios… El arrepentimiento emite su sentencia de conformidad con una ley que se siente como algo santo, que nosotros no nos hemos dado y que, pese a ello, está dentro de nuestro corazón». «De cada moción parcial de ese proceso ético brota un movimiento intencional que apunta a una esfera invisible… traza ante nuestro espíritu… los misteriosos perfiles de un juez infinito, de una infinita misericordia, de un poder y de una fuente de vida infinitos».
Al comienzo, la conciencia decía: «esto no debiste hacerlo». Ante el dolor inocente pronuncia otra palabra: «esto no puede quedar así». El hombre, homo dolens como lo definía V. Frankl, sabe que existen injusticias y sufrimientos que ninguna mano de este mundo puede reparar enteramente. Hay gritos de dolor que claman al cielo. Por eso, la conciencia no es sólo el tribunal interior que nos juzga: es también el lugar en que está el principio esperanza; en que permanece abierta la pregunta por una justicia restauradora capaz de vencer la misma muerte.