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TribunaAlberto Gatón Lasheras

La enfermedad de Europa

Valores humanistas cristianos que Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Europa occidental deben recuperar si desean sobrevivir en la historia, orientándose al bien común como naciones democráticas, libres y justas

Europa está enferma, infectada por el virus de la oclocracia. Manifestaciones radicales y guerrillas callejeras sacuden Alemania, Inglaterra, Italia, Albania, Francia. La violencia urbana, la búsqueda del enfrentamiento entre pensionistas y jóvenes, el problema de la vivienda, la carestía del nivel de vida y el reto de integrar la inmigración en los ordenamientos democráticos hacen que los populismos desboquen las riendas de sus parlamentos y sociedades. Conflictos que la anaciclosis define como cambio de las democracias a las dictaduras por la oclocracia, en una evolución sociopolítica ya descrita por Platón en La República y Polibio en Historias como un esquema cíclico «democracia-oclocracia-tiranía-oligocracia-democracia».

Todo efecto tiene una causa, y la actual situación oclocrática europea radica, además de la macroeconomía de un final de ciclo financiero mundial, en unos gobiernos que no sirven al bien común sino a sus intereses de permanencia en el poder, su control de los medios de comunicación transformando los derechos y deberes de los ciudadanos en un ansia irrefrenable de bienestar y materialismo, y su desmantelamiento de cualquier atisbo de educación y ética social eliminando valores del cristianismo como la cooperación, la familia, la propiedad, el humanismo y el trabajo. Sucesivos Ejecutivos de derechas, centro e izquierdas han renegado del derecho romano, la filosofía griega y el cristianismo con los que Schuman, Adenauer y De Gasperi forjaron la Unión Europea. Y los sueños de paz, prosperidad, bien común y justicia distributiva han despertado en una pesadilla oclocrática, con poblaciones desconocedoras del humanismo cristiano, la virtus romana y la equidad griega origen de la seguridad y libertad de una sociedad. Idéntica conclusión de Spengler en La decadencia de Occidente al describir las democracias como organismos vivos que se adentran en su invierno como civilización cuando son despojadas de sus valores, colapsa la economía y surge un césar que monopoliza la voluntad del pueblo.

Panorama desalentador para quienes amamos un mundo y naciones sin fronteras, en paz, seguridad y libertad. Desde hace dos mil años los ideales cristianos son la mayor aportación ética en la historia de la humanidad, donde todos los hombres como hijos de Dios somos iguales en dignidad y derechos. Principios vitales para toda sociedad, allende credos o culturas, considerándolos Schuman, Adenauer y De Gasperi, como la más perfecta aportación espiritual de geopolítica cohesión de una Europa unida que no repitiese el horror de sus dos guerras mundiales. Valores humanistas cristianos que Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Europa occidental deben recuperar si desean sobrevivir en la historia, orientándose al bien común como naciones democráticas, libres y justas.

La ahora herida Francia se empeñó, y lo logró, en eliminar cualquier referencia al cristianismo en la que pudo ser la primera constitución europea, mientras promocionaba su sangrienta revolución como modelo de libertad, igualdad y fraternidad universales de lo que sólo fue un baño de sangre cainita que acabó propiciando el advenimiento de una nueva monarquía con Napoleón coronado como emperador francés. Olvidó Francia las palabras de nuestro Menéndez Pelayo en Historia de las ideas estéticas cuando afirmó que «un pueblo que pierde su identidad está abocado a la desaparición en la historia». Francia, espejo de Europa, es víctima de dos gérmenes de su autodestrucción: la pérdida de su identidad como nación sin los valores cristianos que la crearon, a la que se suma el motivo por el que las oclocracias revientan las democracias: la crisis económica, con los problemas de la vivienda, el paro, el obligado e intocable pago de las pensiones, la corrupción y parasitismo de sus gobiernos e instituciones o la incapacidad para integrar democráticamente a todos los inmigrantes.

Porque en Francia, como en Alemania o Gran Bretaña, a los efectos de la crisis económica se suma el inicio de lo que Huntington tituló «El choque de civilizaciones» que tóxicamente ha florecido en Europa occidental. Francia pensó que un sistema político de democracia y confort convencería y convertiría desde el laicismo a todas las culturas religiosas de sus habitantes. Peligrosa y soberbia ingenuidad ideológica renegar en aras del laicismo a la identidad, convivencia y ordenamiento que desde el cristianismo, el derecho romano y la filosofía griega formó su nacer, existir y, ahora, su supervivencia en la historia.

Desde su agnosticismo Oriana Fallaci en La rabbia e l'orgoglio (La rabia y el orgullo) escribió que los europeos «non volete capire che se non ci si oppone, se non si difende la propria cultura, l'Occidente è destinato a moriré» («no queréis entender que si no nos oponemos, si no defendemos nuestra propia cultura, Occidente está destinado a morir»). Apasionada aconfesional defensa de la identidad y cultura cristianas como único antídoto para sobrevivir Europa occidental frente a lo que, punta de iceberg en esta crisis económica, amenaza nuestras sociedades como las conocemos hoy, libres, democráticas y pacíficas: el virus de la oclocracia, que ha infectado Europa enfermándola de muerte.

  • Alberto Gatón Lasheras es teniente coronel capellán