La Cámara Santa y ángulo del claustro arruinado
El día que los revolucionarios asturianos volaron la Cámara Santa de la catedral de Oviedo
Cuatrocientos kilos de dinamita hicieron saltar por los aires la centenaria estancia, arrasando siglos de historia, arte y fe, en uno de los episodios más oscuros del patrimonio español
En la madrugada del 11 de octubre de 1934, mientras el país intentaba contener una insurrección que desbordaba el orden constitucional, en Oviedo se escribía una página trágica que afectó al alma histórica y espiritual de Asturias.
Aquel día, revolucionarios armados accedieron por la parte sureste de la Catedral y perpetraron uno de los actos más destructivos del patrimonio religioso español, la voladura de la Cámara Santa.
En el marco de la Revolución de Asturias –un movimiento armado protagonizado por sectores obreros radicalizados– se desató una ola de violencia anticlerical sin precedentes en la región. Iglesias, conventos y archivos fueron pasto de las llamas o blanco de explosivos. Pero ningún ataque tuvo un alcance tan simbólico ni devastador como el que sufrió el corazón de la catedral de San Salvador.
Los asaltantes llenaron la capilla de Santa Leocadia –ubicada justo bajo la Cámara Santa– con cajas que contenían cerca de 400 kilos de dinamita. La explosión posterior no solo redujo a escombros los muros de piedra milenarios, sino que destrozó algunas de las reliquias más veneradas de la cristiandad occidental.
Las reliquias afectadas
Entre los tesoros que quedaron sepultados por la barbarie se encontraba el Santo Sudario, el paño de lino que cubrió el rostro de Jesucristo tras la crucifixión. Conservado desde siglos atrás en la Cámara Santa, esta reliquia forma una parte esencial del legado cristiano de Occidente. Aunque milagrosamente sobrevivió, su integridad y custodia se vieron gravemente comprometidas.
Fragmento del periódico La Nación del 13/10/1934
También, en la lista de pérdidas irrecuperables figuraba la Cruz de la Victoria, símbolo supremo de la monarquía asturiana y emblema oficial del Principado. Se trataba de la misma cruz que Pelayo había llevado consigo en la Batalla de Covadonga, origen espiritual y patriótico de la Reconquista. Tras la voladura, se descubrió que el alma original de madera —la cruz en sí, aunque recubierta en oro y piedras preciosas siglos después— había desaparecido.
La bóveda del recinto sagrado se perdió por completo. Las esculturas que representaban un Calvario —con Cristo, la Virgen y San Juan a tamaño humano— quedaron pulverizadas. Las pinturas murales eran ya irrecuperables. Seis de los doce apóstoles se precipitaron al vacío por el agujero abierto en el suelo y fueron hallados entre cascotes sin forma.
La reconstrucción
Una vez finalizados los combates, el arqueólogo e historiador del arte Manuel Gómez Moreno se trasladó voluntariamente a Oviedo para evaluar los daños. Él mismo se encargó de custodiar durante seis meses en Madrid las piezas dañadas, albergadas en el Instituto Valencia de Don Juan, institución que él dirigía.
Las tareas de reconstrucción comenzaron oficialmente el 29 de septiembre de 1938 y culminaron el 7 de septiembre de 1942, en un acto que quiso ser también gesto de reparación moral. Las joyas de la Cámara Santa fueron restauradas con esmero en el taller de Pedro Álvarez, en la calle Uría, considerado el mejor artesano de Asturias y uno de los más destacados de España.
Lo que quedó tras la voladura no fue solo un edificio herido, sino una herida abierta en la memoria colectiva de Asturias. Aquel ataque acabó golpeando lo más íntimo de la identidad asturiana: su fe, su historia y su legado milenario.
Cómo El Debate relató la batalla de Campomanes
«El Debate, periódico que ha obtenido autorización para enviar uno de sus redactores a Asturias, acompañando a las tropas, ha publicado una crónica sobre la ocupación de Campomanes».
«Los revoltosos, en número de mil, armados de toda clase de armas se dirigieron contra el cuartel de la Guardia civil. Al tenerse noticia de la situación angustiosa del puesto, acudieron desde León dos automóviles que conducían 15 números de la Guardia civil al mando de un teniente. Cuando estos vehículos entraron en el pueblo fueron recibidos con intenso tiroteo, quedando acribillados a balazos. Dentro de uno de ellos quedaron muertos cuatro números y el teniente. Murieron en la refriega seis guardias más».
«Las tropas han sufrido unas cincuenta bajas entre muertos y heridos. Figura entre estos un capitán, llamado D. Pedro Pérez Pavé».
«La fuerza dio visita a Campomanes. La chapa que indica en la carretera el nombre del pueblo está materialmente acribillada a balazos. Apenas llegó frente a ella la tropa cuando las balas empezaron a silbar. El comandante emplazó los cañones y bombardeó con granadas rompedoras las laderas de la montaña. Más de una hora de tiroteo hasta que cesó el 'paquso'».
«Por la tarde llegaron las baterías de un tren detenido en Malvedo y se organizó un bombardeo desde la carretera sobre una ermita en la que los rebeldes se hicieron fuertes».
«Las bajas de los rebeldes no son calculables, pues tienen que haberse producido en los montes, donde las tropas no han subido todavía. Durante todo el día hay escaso tiroteo, aunque todas las entradas del pueblo están tomadas. Así llega la noche. Todo el pueblo, deliberadamente a obscuras, con el temor y la espera de un ataque nocturno. En la salida hay una ametralladora emplazada. La noche es oscurísima, y en ella cualquier ruido o cualquier movimiento hace disparar repetidamente a los centinelas».