¿Vive usted más seguro que antes? ¿O es sólo un poco más esclavo?
La hiperregulación se ha instalado en occidente para regir, cada vez con mayor profundidad, la vida de los individuos y de las familias. La cesión al Estado y al mercado ya no es sólo sobre nuestra información personal, sino sobre nuestra vida íntima. Una deriva que, a juicio de los expertos, amenaza con avanzar cada vez más deprisa

La trama es bien conocida: los animales de la granja Manor, propiedad de los Jones, deciden sublevarse contra sus dueños humanos y los ponen en fuga, para dar inicio a una época dorada controlada sólo por los propios bichos. Una de las primeras cosas que hacen es pintar siete mandamientos en el muro de la granja, llamados a ser «la ley inalterable», la norma que habría de regir la convivencia armónica de los nuevos moradores, proporcionarles seguridad y garantizando su bienestar.

Poco a poco, las cosas comienzan a cambiar y las normas tan pronto se expanden como se flexibilizan, se interpretan y reinterpretan a conveniencia del grupo dominante –el de los cerdos, guiados por Napoleón y su lugarteniente Snowball–, y la verborrea revolucionaria, tan propagandista de la libertad como opresora de su ejercicio, se asienta furibunda entre un mar de contradicciones de clase y absurdos límites a la discrecionalidad de los individuos.

Cuando George Orwell concibió en 1937 este relato inmortal, bajo el título de Rebelión en la Granja, lo hizo, en principio, como crítica alegórica a los desmanes de la revolución comunista. Incluso los despóticos cerdos protagonistas tenían rasgos similares a los de Lenin y Stalin. Sin embargo, cuando concluyó su primer manuscrito en 1943, y a pesar de ser ya un escritor consagrado, sufrió el rechazo de tres editores por los problemas que podría acarrearles su publicación, con cartas de desaprobación del Ministerio de Información Británico. Y no por temor a las represalias soviéticas (uno de aquellos editores ya había publicado libros anti-rusos, de hecho), sino porque -como el propio Orwell consignó en un prólogo que permaneció inédito hasta 1971-, retrataba una deriva que trascendía la ideología marxista: el intento de las élites políticas y económicas de traicionar sus promesas libertarias, para ocupar de forma discreta y progresiva, desde el Estado y el mercado, todos los ámbitos de la vida de las personas.
La fiebre intervencionista
Más de ochenta años después de que se publicase Rebelión en la Granja, la fiebre de la burocracia legislativa parece estar de nuevo cotizando al alza. Y no sólo en España, sino en toda Europa, donde al amparo de las instituciones comunitarias y con las promesas (al estilo orwelliano) de garantizar la seguridad y la prosperidad, se han aprobado leyes que regulan cuestiones como el contenido de los mensajes que aparecen en las redes sociales o que se comparten de forma privada en aplicaciones como WhatsApp; el consentimiento íntimo de las parejas antes de mantener relaciones sexuales; el número de gallinas o de árboles frutales que puede tener una persona para consumir sus propios alimentos; la cesión de datos biométricos captados por las cámaras de seguridad en la vía pública; el rastro digital de nuestras compras; el uso por organismos privados o por ramas de la Administración de nuestros expedientes sanitarios; el veto a la movilidad según el número de inoculaciones de nuestra cartilla de vacunación; o incluso la cantidad de dinero que podemos o no podemos retirar de nuestra cuenta o enviar a nuestros hijos por bizum.

La pregunta es: ¿Estamos viendo surgir un modelo de sociedad que limita cada vez más la libertad de las personas, o es un peaje inevitable para caminar hacia un mundo cada vez más libre y seguro?
Como explica para El Debate el filósofo y escritor Ángel Barahona, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria, «la pérdida de libertad en absoluto es un espejismo. Al contrario, la hiperregulación es la consecuencia de un mundo que cada vez tiene más miedo del otro. El individualismo, el encerramiento en «mi mundo» es una patología social que reclama la regulación de todo. Cada vez queremos más Estado».
Un Estado paternalista como sustituto de la familia
Las soflamas de libertad antisistema, que enarbolan tanto la izquierda como buena parte de la derecha, son, explica Barahona, lo contrario a una defensa de la libertad: «Las protestas y acampadas de los indignados de hace unos años no eran por reclamar justicia, moral, o algo humanista… sino por querer más Estado: más protección civil, seguridad social, subvenciones, ayudas económicas, etc. Es decir, un Estado paternalista que sustituya la carencia de familia».

Y pone más ejemplos: «Lo mismo que cada vez aceptamos con más facilidad, como borregos obedientes, más control del tráfico o más multas por casi cualquier desliz, aceptamos aberraciones legales como el aborto, la eutanasia, poner trabas a la natalidad, a pesar del invierno demográfico que reconocen todos los sociólogos, etc». Y, al mismo tiempo, «la permisividad (que algunos llaman «libertad») se da sólo a nivel subjetivo: al uso de la sexualidad o a la tolerancia a placeres cada vez más estrambóticos siempre y cuando sean de uso privado, eso sí con solicitud por escrito del consentimiento del otro».
Como le ocurría a las ovejas o a las vacas de la granja de los Jones tras la toma del poder por parte de los cerdos, Barahona augura que «el miedo será la motivación que nos conducirá a más leyes que castren la relacionalidad comunitaria que nos haría felices. Como son hoy las leyes de tráfico cada vez más asfixiantes, serán las leyes de comportamiento social. Y lo problemático es que cuando la opresión legalista no se pueda aguantar más, los estallidos de violencia en las calles serán de escándalo».
Una nueva idolatría
Esta cesión servil de nuestra libertad individual ante la promesa totémica de mantenernos a salvo, resguardados en el llamado estado del bienestar, es lo que el catedrático Dalmacio Negro llamaba, en El mito del Hombre Nuevo, una «nueva idolatría».

En nuestros días, sostenía Negro, se han implantado «dos nuevos mitos modernos: el de la Sociedad como el conjunto de los individuos que sustituye a la realidad del pueblo como el conjunto de las familias, y el del Estado, bajo el cual los mismos individuos se sienten seguros y, en este sentido, libres aunque sin libertad política».
Y lo resumía con una frase que, de hecho, se asemeja mucho al postulado de «la libertad es la esclavitud», que Orwell también escribiría en su obra cumbre, 1984, publicada pocos años después de Rebelión en la granja: «La libertad como seguridad, el mito del actual Estado de Bienestar. Únicamente hay individuos seguros y, dentro de esta seguridad, independientes».

Porque como todo sustituto de la religión, el mito de la seguridad comporta sus propios dogmas. Y uno de ellos es el de la cesión de la libertad. De hecho, como apunta Barahona, este planteamiento no deja de ser una nueva idolatría contraria a los postulados cristianos que arbitraron la cristiandad y dieron origen al mundo moderno y al respeto de la dignidad personal.
«Toda la pedagogía de YHWH en el Antiguo Testamento –indica el filósofo– es hacer a un pueblo libre. No habla de una libertad política, de la esclavitud de Egipto, sino una libertad moral. Constituirles en un pueblo libre implicaba no adorar ninguna mediación, ningún sucedáneo, o sea ningún ídolo, excepto a Dios. Los ídolos son la performance de todas aquellas cosas que hoy adoramos. Así que actualizar el Antiguo Testamento supone ver qué hay detrás las figuras de los baales contra los que YHWH prescribe a su pueblo el anatema. Porque hoy, ver que detrás de Moloc, de Pan, del Dagón de los filisteos, de Dionisos, Astarté, solo se esconde la adoración del sexo, del dinero, del territorio, del poder, la seguridad, la comodidad, la violencia… es una necesidad urgente, porque la palabra es Revelación de la verdad para la humanidad. Todas las guerras son la adoración de los ídolos».
La libertad de ser esclavos
El poder omnímodo de las regulaciones ha sido puesto también en la picota por el filósofo francés Rémi Brague. De hecho, en Manicomio de verdades (Ed. Encuentro, 2021) denuncia sin ambages que el Estado y el mercado buscan atomizar a la sociedad para convertirnos en individuos aislados y débiles.

«En el ámbito político, estamos orgullosos de nustras instituciones libres -asegura Brague- y tenemos derecho a sentirnos así. Garantizan la implantación social y política de la autonomía de pensamiento y acción. Pero la mayoría de las veces, y tengo la corazonada de que cada vez con más contundencia, se entienden como sistemas que permiten a cada individuo dar sienda suelta a sus pasiones, algo que suele entrañar tener todas las papeletas para obtener la libertad de ser esclavo».
Algo que, según explica este profesor emérito de Filosofía Medieval en La Sorbona, «recuerda la paradójica expresión de Rousseau de que debemos, en ciertos casos, obligar a las personas a ser libres. Una fórmula terriblemente peligrosa, ya que es fácil imaginar cómo esta bien intencionada restricción podría fácilmente adquirir tintes tiránicos. Y, en cualquier caso, las democracias occidentales están convirtiendo lo contrario a esta postura autoritaria en el principio rector de nuestras sociedades: esto es, permitir que cada individuo viva el tipo de vida en el que no ofrece resistencia alguna a los estímulos de los antojos».

Por eso, «lo que confundimos con la libertad es, en tales casos, una docilidad absoluta, una entrega total a aquello que nos gobierna, de modo que no sentimos ninguna reticencia a ceder. Y Spinoza ya desenmascaró tal parodia de libertad al decir que el borracho cree que es libre para beber, el charlatán cree que es libre para chismorrear, y así sucesivamente, de la misma manera que una piedra dotada de conciencia se sentiría libre de caer».
El freno de la familia
Afortunadamente, el pensador francés no se limita a la crítica, sino que aporta soluciones en una conversación con el autor de este reportaje. Porque si el Estado y el mercado tratan de convertirnos en individuos aislados, bajo la promesa de una falsa seguridad, se hace urgente reivindicar la fuerza del vínculo familiar, donde cada miembro es tratado como una persona libre.

«Hemos de tener mucho cuidado para diferenciar persona e individuo -apunta Rémi Brague-, porque un individuo, como su nombre indica, es el resultado final de una división, el lugar donde hay que parar de dividir; mientras que una persona es siempre un ser de relación. Una persona tiene padres, puede tener hermanos e hijos, amigos, colabora con otros miembros de la sociedad civil, es ciudadano de un Estado… Y de esto sacamos la conclusión de que el mercado, que quiere convertirnos en un simple consumidor o productor, y el Estado, que querría simplemente que estemos dispuestos a pagar impuestos y, llegado el caso, morir por él, necesitan ser compensados desde la familia. No es que el presidente del país o el jefe de la empresa sean malos, es que es la lógica del sistema, de cómo funcionan el mercado y el Estado. Y si el mercado no se compensa con una política social fuerte, y el Estado no es contrarrestado por una sociedad civil enérgica, llevarán hasta el final su lógica. Y eso solo puede evitarse con familias fuertes».
Un cambio de rumbo «apocalíptico»
Ante semejante rumbo, la respuesta exige una «radicalidad apocalíptica»: no por lo que tenga de viraje hacia algo parecido a la consumación de los tiempos, sino porque sea un verdadero signo profético, capaz de despejar la mirada y enervar las voluntades más abatidas. Un verdadero cambio de paradigma en la sociedad.
Así lo afirmaba hace ya seis años el cardenal Robert Sarah, durante la presentación del Congreso Católicos y Vida Pública de 2019, cuando denunció el progresivo avance de estas idolátricas ideologías seculares. Unas ideologías que comparó con «gotas de veneno»: no es necesaria una gran cantidad, bastan pequeñas dosis para emponzoñar poco a poco todo un acuario (la sociedad), hasta contaminarlo por completo y sin que nos demos cuenta.

Porque esta situación no es flor de un día y viene gestándose, de forma premeditada, desde hace décadas. Hace casi 20 años, en 2007, el profesor de Filosofía y Doctrina Social de la Iglesia de la Universidad CEU-San Pablo José Martín Brocos denunciaba en la revista Chesterton la falacia de la pugna entre libertad y seguridad, porque, o la seguridad, entendida como paz social, es consecuencia de la libertad… o entonces la ausencia de conflicto es sólo un principio esclavitud con anestesia.
«La paz social ha de estar fundada sobre la verdad –decía Martín Brocos-, constituida sobre normas de Justicia y realizada con libertad. En la Historia se han dado situaciones en las que una fuerza ejerce el poder de forma unilateral, sin estar sometida a control alguno y sin respetar los derechos de aquellos a quienes gobierna. No hay guerra, pero tampoco auténtica paz, ni seguridad».

A lo que Pablo Nuevo, entonces profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Abat Oliba y hoy vicerrector de Profesorado de la Universidad CEU Fernando III y consejero nacional de la ACdP, añadía que «frente a la actual dictadura del relativismo, es necesario reivindicar de nuevo el concepto clásico de libertad, como adhesión voluntaria al bien. Porque sólo un orden jurídico que tutele el bien común y relaciones los derechos individuales con el bien, negando expresamente el derecho a realizar el mal, permitirá que la libertad florezca». Casi dos décadas después, parece que los pasos que han dado los gobiernos de las sociedades europeas, gracias a la distracción lenitiva de las redes sociales y a la política del miedo, han ido justo en la dirección contraria.
Por eso, como concluye Ángel Barahona, «la reacción en las décadas venideras contra esto va a ser terrible, pero inevitable. La historia nos demuestra, con los pendulazos que da como reacción, que lo que balancea los despropósitos de estas tendencias es una simetría gemelar todavía más atroz». Así que, junto al fortalecimiento de la familia propuesto por Rémi Brague, la solución pasa «por ser lo que somos, defender la verdad que nos dicen los Evangelios, aunque nos cueste la imagen, el reconocimiento, nos llamen locos o ‘llenos de mosto’, o nos cueste el juicio público condenatorio, o la vida».
Especial realizado por:
Redacción: José Antonio Méndez. Diseño: David Diaz.