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EL BUSCADORÁlex Navajas

¿Y si mandáramos a laicos, y no a sacerdotes, a los pueblos?

Es conmovedor saber de curas de más de 80 años que siguen serpenteando por carreteras solitarias y tortuosas en sus cochecitos para ir a celebrar misa a los cuatro o cinco feligreses de una aldea perdida en la montaña. Adonde no llega el funcionario, el médico, el turista o el político, allí llega el cura rural

Existe un grupo –heroico, numeroso y silencioso– dentro de la Iglesia católica: el de los curas rurales. Salen poco en las noticias, y cuando lo hacen, es porque a uno de ellos le ha parado la Guardia Civil por exceso de velocidad o por dar positivo en un control de alcoholemia. Es lo que tiene ir disparado de un pueblo a otro y celebrar cinco o seis misas en domingo.

Heroico y silencioso, sí, pero cada vez menos numeroso. Y envejecido. Es conmovedor saber de curas de más de 80 años que siguen serpenteando por carreteras solitarias y tortuosas en sus cochecitos para ir a celebrar misa a los cuatro o cinco feligreses de una aldea perdida en la montaña. Adonde no llega el funcionario, el médico, el turista o el político, allí llega el cura rural.

Pero la mies es mucha y los obreros pocos, y el párroco que antes atendía 4 ó 5 pueblos, ahora tiene a su cargo 30 ó 40. Sobre el papel, al menos, porque en la práctica es, evidentemente, imposible. ¿Hasta dónde se puede llegar a estirar el chicle?

Esta semana hemos conocido el caso del catequista Mathieu Sawadogo, distinguido con el IX premio de Libertad Religiosa que otorga Ayuda a la Iglesia Necesitada. Impresionante testimonio: casado, con su esposa Pauline embarazada, fueron secuestrados por terroristas yihadistas en Burkina Faso y retenidos durante cuatro meses. Perdieron a su hijo, pero no les arrancaron la fe católica, a pesar de las amenazas y las torturas. «No puedo dejar de anunciar la Palabra de Dios», trata de explicar Mathieu con la sencillez de los santos y de los héroes.

En África hay muy pocos sacerdotes. Menos aún que en la Vieja Europa. Las carreteras terciarias que tenemos aquí, allí serían auténticas autopistas. Los obispos africanos lo vieron claro hace tiempo: si queremos llegar hasta la última aldea, tenemos que contar con los laicos. Pero no como voluntarios. Profesionalmente. Y eso requiere dinero. Dinero, y una fe bien asentada.

Mathieu se formó durante cuatro años antes de ser nombrado catequista. Luego fue enviado a Baasmere, un lugar remoto de Burkina Faso para liderar a la comunidad católica del lugar. Por supuesto, hasta allí no había llegado ningún sacerdote en años. Es imposible; casi no hay. Él, su mujer y otros cientos de catequistas como ellos sostienen, en gran medida, la fe en África. Tienen un pequeño salario, pero una fe gigantesca y mucho amor a Dios y a la Iglesia.

¿En España no se podría hacer algo similar? ¿Hasta cuándo vamos a seguir estirando el chicle de los sacerdotes? En África funciona. Aquí, ¿no será que aún no queremos aceptar que nos encaminamos hacia un escenario muy parecido? Hay buenos matrimonios cristianos en nuestro país que se plantearían dejarlo todo para dedicarse a la evangelización rural. Solo necesitarían un sueldo modesto, un hogar donde vivir –hay miles de casas parroquiales por toda España cerradas desde hace años–, un seguimiento periódico por parte de un sacerdote y unos servicios básicos para sus hijos.

Se dedicarían a la evangelización, a la catequesis de los niños, a las clases de Religión, al acompañamiento, al reavivamiento de las parroquias, a la atención de enfermos y ancianos, al cuidado y mantenimiento de los templos. Algunas parroquias de las ciudades podrían incluso hacerse cargo del sustento necesario para estas familias evangelizadoras. Igual que se conciencia a los feligreses con el Domund, el Día del Seminario o el Óbolo de San Pedro, a los fieles se les puede sensibilizar con la evangelización en nuestro propio país.

Cientos de familias del Camino Neocatecumenal ya son enviadas en misión a los países más dispares. ¿No habrá otras que quieran hacer lo mismo en España? No me cabe duda de que sí.

Hay un último detalle de la historia de Mathieu Sawadogo que merece ser contado. Tras su liberación, el obispo le preguntó si quería dejar de ser catequista. No lo dudó: «Muchos murieron mártires para traernos el Evangelio. Si prometimos seguir a Jesús en las buenas y en las malas, no podemos negarlo en las pruebas». ¿Se imaginan unos cuántos catequistas así evangelizando por los pueblos de España?