La esperanza de los fieles difuntos
La fe no elimina nuestras sombras, pero nos permite caminar dentro de ellas con la luz de la esperanza. Quien confía en el amor de Cristo ya vive, de algún modo, anticipadamente, la vida eterna. Porque el cielo empieza cuando dejamos que Él habite en nosotros
Mañana domingo, como cada 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a mirar el misterio de la muerte desde la fe y no desde el miedo. No celebramos un final, sino una promesa cumplida: la de Cristo que nos abrió las puertas del cielo con su amor. La conmemoración de todos los fieles difuntos no es un recuerdo melancólico, sino un acto de esperanza. Miramos a quienes nos precedieron con la certeza de que la vida del hombre no termina, sino que se transforma. La muerte no es la aniquilación de una vida, sino una puerta que hemos de atravesar para llegar a la vida verdadera.
Pero la vida eterna en paz no es un derecho adquirido ni una conquista del mérito humano. Es un don gratuito que Cristo nos ofrece por puro amor. Ninguno de nosotros puede ganarse el cielo con sus obras, porque la salvación no se compra: se acoge. Las obras buenas solo manifiestan que nuestra fe se ha convertido en vida. Es el misterio de la gracia, que actúa precisamente donde el ser humano reconoce su pequeñez y su necesidad de ser salvado.
La razón de ser de la vida de Cristo fue precisamente abrirnos las puertas del cielo. Toda su existencia —desde el pesebre hasta la cruz— fue un movimiento de entrega, un gesto de amor que atraviesa la muerte y la vence desde dentro. Jesús no vino solo a enseñarnos una ética bondadosa, sino a mostrarnos el camino hacia la eternidad, a revelarnos que el destino del hombre no es la nada, sino la comunión plena con Dios.
Para ir al cielo no hace falta ser perfecto, sino creer en su amor y acogerlo en el corazón. La fe no elimina nuestras sombras, pero nos permite caminar dentro de ellas con la luz de la esperanza. Quien confía en el amor de Cristo ya vive, de algún modo, anticipadamente, la vida eterna. Porque el cielo empieza cuando dejamos que Él habite en nosotros.
El día de los difuntos nos recuerda que la muerte no rompe los lazos del amor por aquellos a los que estuvimos unidos en el tiempo, sino que los purifica. Por eso rezamos por nuestros difuntos. Esperamos reencontrarnos en el cielo con ellos, no por deseo romántico, sino por una certeza de fe: en Dios, todo lo que es verdadero amor permanece.
Por eso, al recordar y orar por los que han partido, no miramos hacia abajo, sino hacia lo alto. Sabemos que no caminamos hacia la oscuridad, sino hacia una luz que no se apaga. En el fondo de toda lágrima hay una esperanza que nace de una promesa: llegará un día en el que «ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor», porque el Amor habrá vencido para siempre.