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Los términos del ReinoAbel de Jesús

Las opiniones en X

«Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). Y, si la atención no está puesta en el pueblo, sino en la prevalencia de las propias opiniones en X, entonces solo cabe esperar que el gobierno de la cosa pública sea, inevitablemente, cada vez peor

«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6, 21). Esta frase fue proclamada por Jesús en el momento más denso de su predicación evangélica, en el nuevo monte Sinaí, que es el monte de las bienaventuranzas.

El amor dirige la atención del amante hacia el objeto amado, y lo iguala con él; y, aún más, como dice san Juan de la Cruz, «cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado» (1Sub 4,3).

Cuando el amor está más en la autopreservación, en la prevalencia o en la victoria electoral, entonces es obvio que el amor no está en el servicio de las necesidades reales del ciudadano. Y los olvidos, por presuponer de algún modo la buena intención, ocurren.

Quien olvida su cita con el amigo, no la olvida por el espesor de sus ocupaciones, sino por el débil afecto que le tributa. El que ama se acuerda.

La evidente precariedad en la gestión de la cosa pública no depende solo de partidas presupuestarias, ni de nuevos comités, ni de ampliación de plantillas. El estado de las vías ferroviarias solo mejorará cuando algún verdadero servidor de lo público, movido por verdadero y genuino amor al material con el que trabaja, lidere su ministerio. Porque cuanto mayor es la atención, más se perciben los detalles y mayor es el tiempo de anticipación. En cambio, las prisas, la visibilidad y el efectismo propio de las aritméticas electoralistas entorpecen la eficaz paciencia del artesano, que es capaz de anticipar, con solo ver el objeto sobre el que vuelca su atención, de qué pie va a cojear la silla.

El mal enamorado se enamora de todo lo de la amada menos de la amada misma. Y, especialmente en los amores infantiles, al tiempo que se terminan los beneficios se termina también el afecto. Lo llaman pecados de juventud.

«Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). Y, si la atención no está puesta en el pueblo, sino en la prevalencia de las propias opiniones en X, entonces solo cabe esperar que el gobierno de la cosa pública sea, inevitablemente, cada vez peor. Y, cuando el corazón está tan olvidado de comprar buenos ladrillos, no debería extrañarnos que cayera por su propio peso algún que otro puente.