El vegano que se atiborraba de jamón ibérico
Últimamente, abundan esos veganos radicales que creen tener la verdad –y no son más que fascistas de ultraderecha anclados en el pasado– y que pretenden imponernos sus ideas a los veganos que nos gustan los chuletones, la fabada o el chorizo criollo
Verán, yo soy vegano. Lo que pasa es que dos o tres veces por semana me gusta desayunarme unos huevos fritos con chistorra. O con jamón, que también me vale. El entrecot me gusta en su punto, y mis amigos suelen alabar mi buena mano cuando me sitúo, armado con un tenedor de parrilla y un atizador, delante de la barbacoa. La panceta y la morcilla son mi especialidad, dicen.
Pero, insisto, soy vegano. Tampoco creo que, con esto que les he contado, esté faltando al veganismo. Espero que no sea usted uno de esos vegano-talibanes rigoristas que le van diciendo a todo el mundo cómo tienen que vivir su veganismo y que van predicando por ahí que los veganos no podemos comer carne.
Lo digo porque, últimamente, abundan esos veganos radicales que creen tener la verdad –y no son más que fascistas de ultraderecha anclados en el pasado– y que pretenden imponernos sus ideas a los veganos que nos gustan los chuletones, la fabada o el chorizo criollo. No será usted uno de esos, ¿verdad?
Son los paladines de la ortodoxia; se consideran los «verdaderos veganos» y excluyen a los demás. Están encerrados en sí mismos, no tienden puentes con los carnívoros y no quieren entender que el mundo ha avanzado. Retrógrados incapaces de aceptar los cambios y de leer los signos de los tiempos. Si seguimos con esa visión tan cerrada e intolerante del veganismo, no lograremos atraer a los jóvenes. ¿Cuál es el problema de considerarnos veganos y, a la vez, tomarnos unas buenas carrilleras cuando se nos antojen? ¿Quién es usted para decirme que no soy vegano cada vez que me pido un bocadillo de lomo ibérico?
A lo mejor el problema lo tiene usted y los que son como usted, que siguen tratando de imponernos su moralismo apolillado, rancio y casposo. No podemos dejar a nadie fuera de nuestro veganismo; cabemos todos; tenemos que acoger a los que quieran seguir comiendo chuletas y, a la vez, se sientan veganos. ¿Dónde está la pega en echarle unos taquitos de jamón a los guisantes o al salmorejo? De verdad, no se puede ser tan poco misericordioso. Es necesario encaminarse hacia un veganismo más inclusivo, más democrático, más de las bases; no podemos ser tan excluyentes.
Deberíamos incluso plantearnos nuestro principal mandamiento de no comer carne. ¿Por qué no? ¿Por qué hay tanto miedo entre la jerarquía vegana para aceptar que eso podría cambiar? El futuro del veganismo pasa porque nos abramos a todos, incluso a los que quieran seguir comiendo carne. O pescado. Un veganismo de cara avinagrada cerrado al mundo está llamado a morir. Hay que permanecer atentos al espíritu –del becerro– que trata de guiarnos, aunque muchos aún se resistan
Y ahora les dejo, que el camarero me acaba de traer mi entrecot al punto. Go vegan.