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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

La fe no consiste en instalarse en la emoción

Cuando el hombre experimenta algo grande, quiere fijarlo. La experiencia luminosa no es meta, sino preparación. Después de la nube y de la voz del Padre, hay que bajar del monte

El relato de la Transfiguración, que escuchamos este domingo narrado por San Mateo, no es un episodio decorativo en la vida de Jesús. Es una revelación íntima. Y como toda revelación verdadera, no se concede a la multitud, sino a los amigos.

Jesús no sube al monte con todos. Elige a tres: Pedro, Santiago y Juan. Siempre hay en su vida un círculo más estrecho. No por favoritismo, sino por confianza. La amistad cristiana no es uniformidad; es intimidad compartida. Cristo quiere mostrar lo que sucede en su corazón, pero para eso hay que subir al monte. No se accede a lo profundo sin esfuerzo. El monte es la imagen de la oración, del silencio, de la distancia respecto al ruido. Quien no sube, no ve. Quien no ora, no entra en el misterio.

En el Tabor, el rostro de Jesús resplandece y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Sin embargo, la verdadera belleza que se revela allí no es estética. No es un espectáculo luminoso para impresionar a los discípulos. La conversación con Moisés y Elías desvela el contenido de esa luz: hablan de lo que iba a suceder en Jerusalén. Hablan de su entrega. De su éxodo. De la cruz.

La hermosura de Cristo no consiste en un brillo externo, sino en la decisión interior de darse hasta el extremo. Lo que deslumbra no es la piel, sino el amor. Allí se manifiesta que la gloria de Dios no es poder que aplasta, sino fidelidad que se ofrece. Moisés representa la Ley; Elías, los Profetas. Toda la historia de Israel converge en ese momento y señala hacia Jerusalén. La luz del Tabor no anula la cruz; la anticipa y la explica.

Pedro, con su espontaneidad habitual, propone quedarse: «Señor, qué bien estamos aquí». Es comprensible. Cuando el hombre experimenta algo grande, quiere fijarlo. Pero la fe no consiste en instalarse en la emoción. La experiencia luminosa no es meta, sino preparación. Después de la nube y de la voz del Padre, hay que bajar del monte.

Y al bajar, espera la vida ordinaria. Caminos polvorientos, discusiones, incomprensiones. Más adelante, el huerto de Getsemaní. No es casual que los mismos tres apóstoles que contemplan la gloria en el Tabor estén también en la agonía del huerto. Son los testigos de la luz y del sudor de sangre. La experiencia luminosa estaba destinada a sostenerlos en la noche.

Así sucede también en nuestra vida. Hay momentos de claridad, de consuelo, de certeza. No duran siempre. Pero no son inútiles. Se nos conceden para que, cuando llegue la pasión —la enfermedad, la prueba, la contradicción— recordemos la luz. La Transfiguración enseña que la cruz no es fracaso, sino camino hacia la gloria.

Subir al monte es necesario. Contemplar es necesario. Pero también lo es bajar y permanecer fieles en lo pequeño. Vivimos de esa luz que un día vimos y que, aunque no siempre brille ante nuestros ojos, sigue siendo verdadera. Porque la belleza de Cristo no depende de nuestras sensaciones, sino de su amor entregado hasta el final.