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TribunaRoberto Esteban Duque

Sacerdotes de Dios para nuestro mundo

Ni apóstatas ni intolerantes. Newman procede a defender a San Felipe Neri, un sacerdote, como ejemplo de una verdadera «educación liberal» puesta al servicio de la Iglesia, un hombre que, en palabras de Newman, «prefería dirigir la corriente, que no pudo detener, de ciencia, literatura, arte y moda, y endulzar y santificar lo que Dios ha hecho muy bueno y el hombre ha estropeado»

Al describir al «hombre ideal de la Iglesia» en su libro El esplendor de la Iglesia, Henri de Lubac dice que amará su pasado y reverenciará su patrimonio. Sin embargo, «lo último que hará será dedicarse a un culto a la nostalgia, ya sea para escapar a una antigüedad que pueda remodelar a su antojo, o para condenar la Iglesia de su propio tiempo». La primera cualidad de un sacerdote o de un seminarista bien formado es que «piensa con la iglesia» (sentire cum ecclesia). Su ortodoxia debe ser equilibrada, evitando los obstáculos de un progresismo fluido y de una rigidez que se queda demasiado en el pasado hasta el abandono de las enseñanzas magisteriales posteriores. Esta fidelidad incluye la capacidad de comprender el desarrollo legítimo de la doctrina, guiada por la práctica del estudio consagrado confiado a la guía del Espíritu Santo.

La integración formativa está constituida por cuatro dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Con su paradigma de «discípulos misioneros» en mente, el documento Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis designa la formación humana como la base esencial de las cuatro dimensiones, con un enfoque en la «personalidad» del seminarista. La formación espiritual se centrará en la unión con Cristo, mientras que la formación intelectual debe inculcar un «diálogo fructífero con el mundo contemporáneo». Finalmente, la formación pastoral buscará proporcionar a un hombre de sólido «discernimiento», libre de «la tentación de la abstracción», dispuesto no tanto a considerar los propios intereses, como denunciaba san Agustín en De Pastoribus, cuanto «los intereses de quienes están a cargo». Las cuatro dimensiones de la formación deben asegurar la «formación integral» de la persona en su totalidad.

La sabiduría del sacerdote no es tanto una virtud intelectual, sino don del Espíritu, es sabiduría cristiana, un ver como Dios ve, una sabiduría nueva, sobrenatural, una «sabiduría del corazón» que se manifiesta por la paz del alma, el amor a los enemigos, el don de la oración ferviente. Ratzinger dirá que la sabiduría llega cuando caminas con Jesús y aprendes a ver las cosas como él, apreciando la estructura de la fe para que se convierta en una respuesta a las preguntas siempre iguales de las personas a pesar de los permanentes cambios.

Dirigiéndose recientemente a los seminaristas, el Papa León manifestaba que «la mirada sobrenatural nace de lo más sencillo y decisivo de la vocación: estar con el Maestro». Ser pastor es ser uno en Cristo y por eso «todos los buenos pastores son uno en el único Pastor». Ese es el fundamento de toda formación sacerdotal, permanecer con Él y dejarse formar desde dentro; ver a Dios actuar y reconocer cómo Él obra en la propia vida y en la de su pueblo. Se trata de una confluencia entre oración y estudio, el vínculo existente entre la formación intelectual y el discipulado.

El sacerdote no solo buscará las verdades filosóficas y teológicas que moldean una forma mentis capaz de abordar preguntas y desafíos, sino que deberá sentir una pasión por la «cultura humana» y las «ciencias humanas». Uno de los problemas que en la actualidad puede tener el seminarista es no disponer de una mentalidad abierta, la capacidad de pensar críticamente en una búsqueda abierta a la verdad. Tomás de Aquino encontró verdad en Aristóteles para incorporar al catolicismo, y Henry Newman despachó con desdén a las mentes cerradas, que «ya han repartido a su satisfacción todo el mundo del conocimiento» y no están atentos a que «la verdad es sinfónica».

Entrar en la verdad exige humildad y un discernimiento prudente, tan ajeno al relativismo como a tendencias reaccionarias anacrónicas. Ni apóstatas ni intolerantes. Newman procede a defender a San Felipe Neri, un sacerdote, como ejemplo de una verdadera «educación liberal» puesta al servicio de la Iglesia, un hombre que, en palabras de Newman, «prefería dirigir la corriente, que no pudo detener, de ciencia, literatura, arte y moda, y endulzar y santificar lo que Dios ha hecho muy bueno y el hombre ha estropeado». En opinión de Newman, el sacerdocio de Neri encarnaba un sentido de la totalidad del conocimiento y la vida humana.

Un estilo de cercanía, compasión y ternura de Dios, que es el estilo del pastor entre zarzas y matorrales agustiniano, llevará al sacerdote a estar atentos a los «signos de los tiempos» en materia de fe. La llamada de Jesús siempre desconcierta, como podemos ver en la premiada película Los domingos, lo mismo que testimonian tantos hombres y mujeres a quienes Cristo les hizo descubrir aquella sed de plenitud olvidada, sed de Dios, aspiración por lo eterno, porque, como sentenció Pascal, hay un vacío en el corazón humano que tiene la forma de Dios, para quienes fuimos creados según la celebrada expresión de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Uno de esos signos es la pujanza de un laicado joven atraído por la belleza, la comunidad y la tradición, pero cuyo paradigma emotivista en el acto de la fe ha suscitado una corrección de la jerarquía de la Iglesia, recordando que las emociones deben integrarse en la esfera afectiva y cognitiva. Si Aristóteles iniciaba la Metafísica con la convicción de que «todos los seres humanos por naturaleza desean saber», la nueva metafísica comienza con la constatación de que «todos desean expresar lo que sienten». También por eso, desde hace ya algún tiempo, el mercado monitorea nuestras reacciones emocionales como datos que pueden utilizarse para orientar las decisiones de las personas.

Retomando la teoría estoica de las emociones como juicios valorativos, Martha C. Nussbaum identifica en la inteligencia el recurso que nos permite afrontar el esfuerzo del mundo emocional, del mismo modo que el niño se refugia en el sueño para afrontar la fatiga del mundo en el que, de pronto, se ha encontrado. Si bien Nussbaum corre el riesgo de una excesiva intelectualización, las respuestas emocionales resultan insuficientes cuando la persona se enfrenta a situaciones que requieren creatividad, juicio y procesos decisionales.

El sacerdote deberá estar atento a la escisión entre pathos y logos en la cultura actual y en el seno de la misma Iglesia, una fractura en el ser humano que le impide integrar de manera positiva las distintas dimensiones de su alma. Así como Nietzsche contempla la tragedia antigua y su evolución para mostrar la historia de la relación entre lo dionisíaco y lo apolíneo, también nosotros podemos observar el modo en que nos contamos a nosotros mismos para comprender el paso de la época del logos a la del pathos, es decir, de un largo periodo en el que la racionalidad fue puesta en el centro como la única y más elevada forma de expresión del ser humano, al momento actual que estamos viviendo, en el que la dimensión emotiva reivindica una atención y un espacio de los que en los siglos anteriores no había gozado. Este paso encierra en sí ciertos riesgos, pero al mismo tiempo abre perspectivas que deben ser escuchadas para una realización cada vez más plena de lo humano.

Cristo continúa formando la Iglesia con su entrega, anticipada en la Eucaristía y cumplida en la Cruz, ofreciéndose a través del ministerio de sacerdotes por los sacramentos, el anuncio del Evangelio y los dones del Espíritu. El mundo necesita sacerdotes capaces de promover con su vida una cultura del encuentro, del servicio y del testimonio, una cultura de amor a la Iglesia, amada por Cristo como su Esposa, una cultura, en fin, de vocación al amor. Madurando en las virtudes, construyendo la comunidad y formados en comunión con el sacrificio de ese amor entregado por nuestra salvación, nos sentimos movidos a encontrar nuestra propia vocación y, una vez encontrada, vivirla con devoción y amor.