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TribunaRoberto Esteban Duque

La religión en el espacio público: Jürgen Habermas, in memoriam

Unos meses después en Roma, Habermas afirmaba que la tradición laica «podría aprender la razón secular al tomar conciencia de su relación genealógica con la herencia judeocristiana». Aquello lo tomaron algunos como un ataque al laicismo más laicista

El papel de la religión en las sociedades democráticas es una cuestión de permanente actualidad en las discusiones políticas contemporáneas. Contra el proyecto secularizador de privatizar la religión, como si Dios sólo fuera un bien para el hombre creyente y no un bien común, se alzaría la voz acreditada de Jürgen Habermas, filósofo alemán fallecido el pasado sábado, mostrando el vínculo moral prepolítico que aporta a la democracia y la libertad, la importante contribución semántica de la religión, contribuyendo incluso a formar la opinión de los ciudadanos.

La postura de Habermas (1929-2026) respecto al papel de la religión fue evolucionando desde tener un papel muy secundario a admitir que la religión no ha perdido vitalidad. Habermas considera que el procedimiento democrático es suficiente para legitimarse a sí mismo; sin embargo, piensa que el criterio de las mayorías no es suficiente para legitimar las decisiones, sino que es necesario un diálogo que tenga a la verdad como horizonte. Además, considera que, en este proceso comunicativo, las iglesias deben aportar herramientas a sus miembros para que participen en la discusión.

¿Puede sustentarse el Estado liberal y secularizado sobre unos presupuestos normativos que él mismo es incapaz de garantizar? ¿Necesita el Estado liberal secularizado apoyarse en fundamentos normativos prepolíticos, es decir, en supuestos que no son fruto de una deliberación y decisión democrática, sino que la preceden y la hacen posible? Esta es la pregunta que debatieron Ratzinger y Habermas en la Academia Católica de Baviera el 19 de enero de 2004.

Frente al construccionismo habermasiano, Ratzinger demanda el carácter natural de la sociedad, de sus instituciones y del derecho. De esta manera, trasciende la mera concepción del hombre como «animal político», como hace Habermas, para quien no existe nada anterior al Estado, y además porque el mismo Estado no salva las posibles manipulaciones del proceso democrático. Ratzinger recuerda en su discurso pronunciado en la Universidad de Ratisbona, que una razón «abandonada a su propia lógica» conduce a tantos errores como una fe irracional, y que la comunicación entre fe y razón evitarán el cientificismo y el integrismo.

Razón y religión -concluyeron ambos- podían liberarse mutuamente de las respectivas patologías. Para Habermas, sin embargo, la «razón secular» y la «razón teológica» podrán tener tan sólo un acercamiento, un encuentro más bien casual y no demasiado profundo. Según él, en la religión había algo opaco a la razón. Entre razón y religión puede haber una cierta colaboración, pero nunca alcanzarán una misma verdad. Pueden construir un puente común desde distintas riberas, pero nunca recorrer un mismo camino.

Su propuesta era de nuevo la vieja Ilustración: la razón puede tener efímeros contactos con la religión, pero en el fondo permanece lejos, impermeable, al pertenecer a otro planeta. Como si Dios no se hubiera encarnado. Sin embargo, unos meses después en Roma, Habermas afirmaba que la tradición laica «podría aprender la razón secular al tomar conciencia de su relación genealógica con la herencia judeocristiana». Aquello lo tomaron algunos como un ataque al laicismo más laicista. Habermas insistió en que «en un mundo postsecular no podemos actuar tan fácilmente como si Dios no existiera». La propuesta del Papa alemán en el discurso pronunciado en la universidad ratisboniana iba en esa misma línea, y es lo que Joseph Ratzinger sostuvo -apelando a Pascal- hace algún tiempo, en ese caso frente a Marcello Pera, agnóstico, filósofo de la ciencia y ex-presidente del senado italiano. Creyentes y no creyentes, debemos vivir etsi Deus daretur, como si Dios existiera. Es este también el modo más humano de vivir.

Habermas defiende que el Estado constitucional democrático es capaz de justificarse a sí mismo, es decir, no depende de tradiciones religiosas o éticas autónomas. En su diálogo con Ratzinger se esclarece la intención de Habermas de sustituir a la religión y a la ética natural que lleva consigo como elemento legitimador del Estado por la ética comunicativa y la burocracia estatal, porque la presencia de la religión comprometía la neutralidad que debe mantener el Estado ante los ciudadanos con creencias tan distintas.

Dice el filósofo alemán que «la ética democrática de la ciudadanía sólo se le puede exigir razonablemente a todos los ciudadanos por igual cuando los ciudadanos religiosos y los seculares recorran procesos de aprendizaje complementarios». A los ciudadanos religiosos les pide la «carga cognitiva» de la modernización de su religión en diálogo con la ciencia, el derecho positivo constitucional y el pluralismo religioso. A los ciudadanos no religiosos les solicita «la superación autorreflexiva de un autoentendimiento de la modernidad exclusivo y endurecido en términos secularistas» y un cambio de mentalidad para ir más allá de un laicismo de indiferencia y desprecio de lo religioso.

La expresión «sociedad postsecular» remite para Habermas a dos realidades: primero, a la «pervivencia de comunidades religiosas en entornos secularizadores», y segundo, a un «cambio de conciencia» respeto a la relación entre razón y fe, que obliga a una interpretación diferente de la tesis de la secularización radical. Ni la pérdida de función social de la religión ni la privatización consiguiente han tenido como consecuencia la pérdida de significado de la religión ni en la esfera política ni en la esfera privada.

¿Cuál es, en fin, el lugar político de la religión en el Estado y en la esfera pública-política? Según Habermas, si bien en el marco de las instituciones del Estado liberal es una exigencia de legitimación adoptar un carácter secular, de ello no se sigue igual compromiso para los ciudadanos en su participación en el debate público y en la formación de su voluntad de convivencia. Los ciudadanos que profesan alguna religión sólo pueden cumplir con las expectativas normativas que aquél les impone si pueden participar sin hacer el esfuerzo de desdoblar sus convicciones seculares de sus convicciones religiosas; aceptando a la vez someter sus razones religiosas a la traducción en lenguaje secular cuando éstas ingresan en la esfera institucional. Tal inclusión de la religión en la esfera pública política demanda de los ciudadanos seculares un compromiso cooperativo, consistente en escuchar las razones religiosas aceptando sus pretensiones de constituir verdaderas reservas de sentido.

Habermas enfatiza la dimensión pública de la religión y las aportaciones positivas de ésta y de las comunidades religiosas al Estado democrático y a la sociedad civil. «No me podría defender si alguien dijese que mi concepción del lenguaje y de la acción comunicativa orientada hacia el entendimiento se nutre de la herencia cristiana».

Para Habermas, a falta de referencias absolutas, la única vía posible para sustentar nuestras instituciones es la democracia. Sin embargo, la ética discursiva, el Derecho, o la política deliberativa no pueden desconocer no solo la persistente vitalidad de la religión, sino su función como fuente de valores indispensable para el fomento de la solidaridad y el respeto entre todos, así como el potencial semántico de su lenguaje específico que debería enriquecer la cultura política.

Habermas admite que la religión no ha perdido su vitalidad. Si en el pasado creía que la autoridad religiosa sería sustituida por la autoridad del consenso, finalmente acepta que la religión seguirá jugando un papel importante en las sociedades futuras. Es evidente que la religión ha perdido poder político y algunas funciones que en el pasado ostentaba, pero esto no implica que haya perdido influencia en las naciones. Las distintas iglesias siguen siendo autores importantes en el debate público, incluso en Europa donde el proceso de secularización ha sido más notable y se ha tratado de eliminar cualquier vestigio religioso de las instituciones públicas.