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El Papa convoca a los obispos a una cumbre sobre la familia

En cuanto a la posibilidad de comulgar de los divorciados casados de nuevo, Francisco insistirá, sin ofrecer ninguna nueva disciplina, en ofrecer a todos la misericordia de Dios y tratar cuidadosamente cada caso

León XIV acaricia a un niño al que acercaron hasta el papamóvilEFE

Con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco Amoris laetitia (AL), León XIV convoca para el próximo mes de octubre a los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo a un evento de «escucha recíproca» y «discernimiento sinodal» sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy influenciadas por tantos cambios y para compartir lo que se está realizando en las Iglesias locales.

El 19 de marzo de 2021 era el día elegido por el Papa Francisco para la inauguración del Año Familia Amoris Laetitia, con motivo del quinto aniversario de la publicación de su exhortación apostólica y con el objetivo de repensar el contenido de una realidad común como es la familia.

Es probable, dice el periodista David Brooks, que estemos atravesando el cambio más rápido en la estructura familiar de la historia de la humanidad. Las causas son económicas, culturales e institucionales a la vez. Valoramos demasiado la privacidad y la libertad individual. Queremos estabilidad y arraigo, pero también movilidad y libertad para adoptar el estilo de vida que elijamos. Queremos familias cercanas, pero no las limitaciones legales, culturales y sociológicas que las hicieron posibles. Se busca a tientas un nuevo paradigma familiar, pero mientras tanto reina la confusión y ambivalencia.

Entre los «desafíos de las familias», además de subrayar el creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto, Francisco denuncia en su exhortación la «cultura de lo provisorio» (AL 39), manifestada en «la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra», resultado inequívoco de una desinstitucionalización de la familia, de un mayor incremento de la autonomía, de la búsqueda de realización y satisfacción personal.

A la denuncia sobre la precariedad de los vínculos familiares (un proceso de individualización en el que se acentúa el desprendimiento de las personas respecto de los vínculos normativos e instituciones, de los credos y normas reguladoras a favor del incremento de la autonomía del individuo), el Papa añadirá su malestar por las «diversas formas de una ideología genéricamente llamada gender», que procura «imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños» (AL 56).

El Papa Francisco la denuncia con vigor, al negar la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer: «Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños».

El antecedente de semejante ideología de género lo encontramos en Emilio de Rousseau, en el que la educación de los niños se lleva a cabo «en ausencia de cualquier relación orgánica entre esposos y esposas, y entre padres e hijos», creando para el estado del alma de los estudiantes lo que Allan Bloom, en El cierre de la mente moderna, denominará como la psicología de la separación, el peculiar aislamiento donde cada uno desarrolla su pequeño sistema aparte. El divorcio será el término lógico y el signo más visible de nuestra creciente separación, la negación del compromiso conyugal y la responsabilidad nacida del vínculo, la primera sacralización del subjetivismo amoroso, donde el bien de la persona (o incluso la mera satisfacción de sus deseos) prevalecería legalmente sobre la salvaguardia del bien común propia de la familia

El Papa previene asimismo contra la propaganda del «sexo seguro», un estilo de vida que «transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad». El uso generalizado de anticonceptivos ha traído consigo cuatro resultados que Pablo VI recogió en la encíclica Humanae Vitae: descenso de las normas morales, aumento de la infidelidad y de hijos ilegítimos, reducción de la mujer a objeto de placer y la actividad coercitiva de los gobiernos en materia reproductiva. En otros términos, lo que ha ocurrido en estos 50 últimos años son las consecuencias de la disociación entre amor, matrimonio, sexo y procreación.

Un capítulo espinoso permitirá a Francisco sugerir que, ante las situaciones de cohabitación, matrimonio sólo civil o parejas de divorciados, el realismo impone «acompañar, discernir e integrar», de modo que las personas que se encuentran en estos casos «vayan superando las deficiencias y participen en la vida de la Iglesia». En cuanto a la posibilidad de comulgar de los divorciados casados de nuevo, Francisco insistirá, sin ofrecer ninguna nueva disciplina, en ofrecer a todos la misericordia de Dios y tratar cuidadosamente cada caso. El Papa dirá que no toda persona en una de estas circunstancias irregulares se encuentra en pecado mortal, añadiendo dos aclaraciones: en primer lugar, así como las normas no pueden abarcar todos los casos concretos, tampoco el caso concreto puede ser elevado a norma; en segundo lugar, «comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano».

La mutación antropológica y sociocultural que atraviesa el matrimonio y la familia dista mucho de parecerse a la verdadera naturaleza de la familia, que, en palabras de Juan Pablo II, es communio personarum, comunidad originaria de personas, comunidad para la formación de las personas; no una mera asociación de relación humana individual, sino una unidad de convivencia, una «participación en lo común», comunicación de unas personas con otras, un verdadero entramado educativo de relaciones interpersonales. La nueva situación tiene sus consecuencias más devastadoras en los ancianos, niños y enfermos, que han perdido el apoyo que antaño proporcionaba la familia y la comunidad.

Tampoco se olvida Francisco del desafío educativo: «La educación integral de los hijos es ‘obligación gravísima’ a la vez que ‘derecho primario de los padres’. El Estado ofrece un servicio educativo de manera subsidiaria, acompañando la función indelegable de los padres, que tienen derecho a poder elegir con libertad el tipo de educación -accesible y de calidad- que quieren dar a sus hijos según sus convicciones». Este es un principio básico: «Cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consenso, y en cierto modo incluso por encargo suyo. Pero se ha abierto una brecha entre familia y sociedad, entre familia y escuela, el pacto educativo hoy se ha roto, y así, la alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis» (AL 84).

El matrimonio y la familia comprendidos como «un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria», servirá a Francisco para ofrecer el mensaje final de la exhortación como una invitación a la esperanza: «Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y comunión que se nos ha prometido».

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid