Las palabras que el general De Gaulle pronunció sobre París el 25 de agosto de 1944, al ser liberada de la ocupación nazi, bien podrían aplicarse ahora a la Ciudad Santa: «¡Jerusalén! ¡Jerusalén ultrajada! ¡Jerusalén rota! ¡Jerusalén martirizada!». En ese discurso, De Gaulle terminaba con un «¡Pero París liberada!». No es el caso, ciertamente, de la capital de Israel, que vive una de las Semanas Santas más tristes y solitarias que se recuerdan.