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TribunaFederico Romero

La Comunión de los Santos como lugar de comunicación

Habiendo hablado a un sacerdote sobre ello, el presbítero le había dicho que recordaba que testimonios de similar naturaleza le habían sido transmitidos y que los había considerado como manifestaciones de la Comunión de los Santos

Cuando empezaba mis estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla, mis escasos medios económicos solo alcanzaban para vivir en modestas pensiones. Encontré una de ellas en la Plaza de la Mata, a la que se accedía desde la Alameda de Hércules. Era barata pero limpia. No sabía yo que esa zona gozaba de mala fama por ser lugar de citas ocultas y de prostíbulos.

Al poco tiempo de alojarme en ella, sin consecuencia alguna, un día coincidí en la calle Sierpes con un compañero de curso, al que llamaré con las siglas de su nombre: JR, y que me hizo la conocida pregunta: Pero, ¿qué hace un chico como tú en un lugar como ese? Y me aconsejó que, sumando mis ingresos de entonces con la concesión de una beca de la Universidad, a la que podía aspirar por mis buenas notas si aprobaba un examen, como así sucedió, me daba para residir en el Colegio Mayor Guadaira, cosa que hice hasta el final de mi carrera y que me cambió la vida. Trabé también una duradera amistad con JR que, para mí, era como una especie de ángel, un enviado si se quiere.

Pasaron bastantes años, fuimos a distintas ciudades, nos casamos, tuve hijos, cada vez nos veíamos menos y solo coincidimos formando parte ambos de algunos tribunales de doctorado, aunque con la gran amistad de siempre. Un día, otro amigo de mi pandilla juvenil, en la que estaba JR, me dijo: «¿Ves a Juan? Me han dicho que anda regular de salud ¿Por qué no lo llamas?» Y así lo hice. Al descolgar su teléfono solo oí ruido de mover muebles y luego colgaron. Repetí la llamada a los cinco minutos. Cogió el teléfono la señora que trabajaba para ellos, que me conocía, y me dijo: «¡Ay don Federico! Es que don Juan ha muerto en el mismo momento en que usted ha llamado. Le paso con su señora». Y ya se pueden imaginar mi dolorosa conversación con ella.

He pedido a Dios por JR, pero nunca he considerado el acontecimiento que acabo de contar como algo extraordinario, aunque sí una casualidad excepcional. Sin embargo, mi mujer ayer me dijo que oyera un podcast de Radio María que le había hecho recordarlo. Un ingeniero relató en ese medio, que habiéndose despertado una noche sobresaltado, tuvo un recuerdo muy vivo de un amor platónico de su juventud, hacia una chica llamada Silvia y que, al día siguiente, un compañero le había dado la noticia de su fallecimiento en el minuto y hora en que tuvo ese despertar y vivo recuerdo. Luego contó que, habiendo hablado a un sacerdote sobre ello, el presbítero le había dicho que recordaba que testimonios de similar naturaleza le habían sido transmitidos y que los había considerado como manifestaciones de la Comunión de los Santos.

Muchas veces, hacemos profesión de fe sin reparar en algunos de los puntos que recitamos casi de corrido. Quizás la «comunión de los santos» sea uno de ellos. Pero cuando, como les ha ocurrido a los actores de la extraordinaria experiencia espacial vivida en el Artemis II, contempla uno la tierra desde esa perspectiva cósmica, se comprende el asombro que han debido sentir esos cuatro tripulantes al sorprenderse que todavía no seamos conscientes del destino común superador de lenguas, razas y fronteras que debemos tener en la Presencia del Creador de esa maravilla que llamamos universo. Quizás también han intuido, sin acabar de saberlo, la relevancia que para cada uno de nosotros tiene esa verdad de fe, que proclamamos en el Credo, con la expresión: «la comunión de los santos», como hemos descubierto en los casos relatados antes.

Considero que la «Introducción al cristianismo» de Ratzinger constituye uno de los comentarios más profundos de nuestra profesión de fe. Y aunque no tiene un apartado expreso para el punto de la «comunión de los santos» de que hablamos en el índice de ese libro, debe entenderse en el marco de esa «unidad interna de los últimos enunciados del Símbolo».

Inicialmente «la comunión de los santos» no tenía una mención expresa en el Credo, pero se consideraba que era patrimonio de la Iglesia primitiva y tenía un doble sentido. Primero: «La palabra sanctorum (de los santos) no se refiere a las personas, sino a los dones santos, a lo santo que Dios regala a su iglesia en su celebración eucarística como autentico lazo de unidad». Segundo: La «Comunidad de los santos supera los límites de la inmortalidad de la «persona», entendida no como retorno del cuerpo biológico y corruptible, sino como una complejidad, una diversidad incorruptible de la vida resucitada cuyo modelo es Cristo».

«La meta del cristiano no es la bienaventuranza privada, sino de la totalidad, que muestra el carácter co-humano de la inmortalidad». Así se entiende la esperanza de reunirse con los seres queridos (santos), después de la muerte, y la dicha compartida con ellos en y con Dios. Así se entiende el horror de la eterna y fría soledad de los malvados. Así deben entenderse las palabras del sacerdote que, al referirse a las experiencias contadas en la primera parte de este artículo, «pudieran» ser expresiones de una comunidad de los santos, que debe aceptarse con la humildad y esperanza de quien todavía se mueve en el campo de la fe profesada.

Federico Romero Hernández es jurista