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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

¿Cómo será Dios cuando me encuentre con Él?

No somos anónimos en el corazón de Dios. No somos uno más. Hay un lugar preparado, pensado, deseado. La eternidad no es un destino frío, sino un hogar. Y Cristo no se desentiende de nosotros, sino que sale a nuestro encuentro para llevarnos consigo

Hay una pregunta que, generación tras generación, atraviesa silenciosamente el corazón del hombre: ¿cómo será Dios cuando me encuentre con Él? No es una curiosidad superficial, sino una inquietud decisiva, porque de esa respuesta depende nuestra manera de vivir, de esperar y hasta de sufrir. El Evangelio de este domingo no esquiva esa pregunta, sino que la afronta con una claridad desarmante.

Jesús no ofrece una idea abstracta de Dios ni una definición teórica. Hace algo mucho más radical: se presenta a sí mismo. «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». No hay distancia, ni matices ocultos, ni una cara amable aquí y otra distinta después. En Cristo se nos revela definitivamente quién es Dios.

Muchas veces hemos proyectado sobre Dios nuestros miedos: un juez severo, un vigilante distante, alguien que espera el fallo para condenar. Sin embargo, Jesús rompe esa imagen. El Dios que nos espera no es distinto del que camina con nosotros. El mismo que un día nos juzgará es el que hoy se nos entrega pobre y oculto en la Eucaristía. El mismo que preparará nuestra eternidad es el que ahora se hace camino para sostener nuestros pasos.

«No se turbe vuestro corazón». No es una frase de consuelo fácil, sino una afirmación que se apoya en una realidad: Dios está de nuestra parte. Jesús no solo nos indica el camino, sino que Él mismo es el camino. No se limita a señalar una dirección, sino que se convierte en la vía por la que podemos llegar al Padre. Tampoco nos propone una verdad entre otras, sino que es la verdad que da sentido a todo. Y no promete simplemente vida, sino que Él mismo es la vida que vence toda muerte.

Hay otro detalle que no conviene pasar por alto: «Me voy a prepararos un lugar… volveré y os llevaré conmigo». No somos anónimos en el corazón de Dios. No somos uno más. Hay un lugar preparado, pensado, deseado. La eternidad no es un destino frío, sino un hogar. Y Cristo no se desentiende de nosotros, sino que sale a nuestro encuentro para llevarnos consigo.

Esto cambia la relación con Dios de raíz. Si el Padre es exactamente como Jesús, entonces no hay motivo para el miedo, sino para la confianza. No se trata de una confianza ingenua, sino de la que nace al reconocer que somos esperados, buscados y amados. Como un hijo que sabe que puede abandonarse en los brazos de quien nunca le fallará.

El Evangelio de hoy es, en el fondo, una invitación a vivir desde esa certeza. A dejar de imaginar a Dios desde nuestras sombras y empezar a mirarlo desde Cristo. A pasar del temor a la intimidad. A comprender que la fe no es un esfuerzo por alcanzar a un Dios lejano, sino la respuesta a un Dios que ya ha venido a nuestro encuentro.

Creer en Él no es solo aceptar unas verdades, sino entrar en una relación viva que transforma la existencia. Y desde ahí, incluso las dificultades adquieren otro sentido, porque sabemos hacia dónde vamos y, sobre todo, con quién vamos.

Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)