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TRIBUNAIgnacio Barrera

Alzad la mirada y ved a Pedro

La llegada del Papa nos recuerda que la Iglesia no vive para sí misma. Su misión es evangelizar, hacer presente la misericordia de Dios y llevar la esperanza donde parece faltar. El mejor modo de esperar al Santo Padre es ensanchar el corazón

En breve llegará a España el Sucesor de Pedro a visitarnos. Viene quien, en la Iglesia, tiene la misión de confirmarnos en la fe, ayudarnos a caminar unidos y recordarnos que Jesucristo sigue vivo en medio del mundo.

Agradezco de corazón al Santo Padre León XIV su visita a España. Todo viaje apostólico exige esfuerzo, disponibilidad y una entrega generosa. Considero su venida como un regalo, por lo que significa para los católicos y también por la luz y esperanza que ofrecerá a tantas personas de buena voluntad que buscan orientación, consuelo o un impulso nuevo para encontrar la verdad con mayúscula, que es Jesucristo.

Sé que, durante estos meses, muchas mujeres y muchos hombres del Opus Dei en España se han preparado para este viaje con ilusión, con oración y deseo de servir. Han rezado por el Santo Padre, por sus intenciones y por los frutos de su visita. También han animado a familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos a participar en los actos previstos en las ciudades que recorrerá. Y, sobre todo, han procurado disponerse personalmente para que el mensaje de León XIV dé fruto en la propia vida.

San Josemaría dejó escrito que los grandes amores para un cristiano son Cristo, María y el Papa. Por eso esperamos a León XIV con el corazón abierto. Quizá nos confirme en certezas que necesitamos renovar; quizá nos incomode con preguntas que preferiríamos aplazar; quizá nos invite a salir de inercias, de cansancios o de nuestras propias seguridades. Esperemos atentos. Esta deseada visita es un regalo del cielo que nos ayuda a acercarnos más a Jesucristo y a servir mejor a los demás.

El lema de esta visita, «Alzad la mirada», es especialmente oportuno, pues supone una invitación espiritual y profundamente humana. Alzar la mirada es salir del propio yo. Es buscar a Dios, sí, pero también mirar al hermano es mirar a Cristo mismo: al que sufre cerca de nosotros, al que se siente solo, al que ha perdido la esperanza, al que necesita una palabra, una ayuda concreta, una amistad verdadera. La venida del Papa es una llamada a acelerar el paso y vivir la fe con más decisión y convencimiento.

En su reciente encíclica, León XIV da voz a esta misma llamada y nos invita a comprender que alzar la mirada es también abrirse a los demás. En este tiempo de avances deslumbrantes y de nuevas soledades, escribe que el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar y de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa (Magnifica humanitas, n. 15). Recibir al Papa será dejarnos envolver por su mirada paternal, que reconoce, acompaña y sirve a todos.

Detrás del viaje papal hay un sinfín de tareas organizativas y de servicios, que agradezco profundamente a quienes los han llevado a cabo. Su trabajo es muy valioso. Pero la preparación más honda se mide en la conversión del corazón de quienes participaremos en este acontecimiento. Hemos procurado rezar más y mirar mejor. Y, al mirar mejor, hemos descubierto de nuevo necesidades muy concretas a nuestro alrededor: familias que atraviesan dificultades, jóvenes que buscan sentido a su vida, enfermos que esperan compañía, familias sin hogar, personas heridas que necesitan escucha, ancianos que agradecen una visita, pobres que no pueden esperar a que termine un gran acontecimiento para ser atendidos. Y nos hemos puesto a ello.

La llegada del Papa nos recuerda que la Iglesia no vive para sí misma. Su misión es evangelizar, hacer presente la misericordia de Dios y llevar la esperanza donde parece faltar. El mejor modo de esperar al Santo Padre es ensanchar el corazón. La oración por el Papa se vuelve más auténtica cuando desemboca en caridad; y la adhesión a Pedro es más fecunda cuando nos empuja a caminar hacia Cristo presente en los demás.

Santa Catalina de Siena se refería al Papa como el «dulce Cristo en la tierra». La expresión puede sonar audaz a oídos contemporáneos, pero encierra una intuición muy profunda: en el ministerio de Pedro, la Iglesia reconoce un signo visible de unidad, una referencia que nos ayuda a caminar con rumbo fijo. En tiempos de polarización, crispación y sospecha, la unidad es comunión. Es sabernos hermanos, incluso cuando pensamos de modo distinto, porque hemos sido convocados por el mismo Jesucristo. Es también un momento para perdonar y abrazar al hermano que nos ofendió, sin retrasarnos ni un instante.

España recibirá al Papa con su historia, su vitalidad, sus heridas y sus esperanzas. También con sus preguntas. ¿Cómo transmitir la fe a las nuevas generaciones? ¿Cómo ayudar a las familias? ¿Cómo estar cerca de quienes viven marginados? ¿Cómo construir una sociedad en la que la libertad, la justicia, la verdad y la misericordia no se excluyan, sino que se necesiten mutuamente? ¿Cómo hacer que la vida ordinaria —el trabajo, el estudio, la amistad, la cultura, el descanso— sea lugar de encuentro con Dios y de servicio a los demás?

Quienes hemos aprendido de san Josemaría a buscar a Dios en la vida cotidiana sentimos de modo particular esa llamada. Nos puso la meta de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas. Así, cuando alcemos la vista veremos a Jesucristo. La visita del Papa no nos saca de la vida corriente: nos devuelve a ella con más responsabilidad. Después de escucharle, habrá que volver a las casas, a las oficinas, a los hospitales, a las aulas, a los talleres, a los campos, a los medios de comunicación, a la política, a la empresa, a la universidad. Y allí, en cada ambiente, procurar vivir con más coherencia cristiana, con más alegría, con más capacidad de comprender, perdonar y servir.

Ojalá estos días no acaben en un hermoso recuerdo. Ojalá sean un punto de partida. La presencia de León XIV entre nosotros nos ayudará a rezar más, a amar más a la Iglesia, a buscar más la unidad, a mirar con más ternura a los pobres y a anunciar a Cristo con humildad, valentía y exquisito respeto a la libertad de los demás.

Esperamos al Papa con cariño. Le acompañamos ya con nuestra oración. Y pedimos a Santa María que cuide de él, que cuide de la Iglesia en España y que nos enseñe a recibir esta visita como se reciben las grandes gracias de Dios: con gratitud y deseos sinceros de conversión.

Ignacio Barrera es el vicario regional del Opus Dei en España