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Aldabonazo del Papa contra el muro de ciertas políticas

Este viaje era más necesario que nunca. El protocolo obliga a que se alineen para recibirle los representantes públicos que se agravian usando nuestros impuestos y nuestros intereses comunes

El Papa León XIV saluda a Pedro Sánchez en el Palacio RealEFE

Ha llegado Prevost. El heredero de la silla de Pedro está en España. Pero no la silla de Pedro Sánchez, que no se equivoquen en Moncloa, ávidos por aprovechar la esperanza que trae a España el Papa. Alzad la mirada: no es pequeño el mensaje que preside este viaje pastoral de León XIV al país de la tierra quemada. Le reciben unos Reyes que son probablemente la única vitamina para esta vieja nación devastada en sus instituciones, aunque esperanzada todavía en sus plazas y en sus bares. En Barajas, Doña Letizia de blanco, de guipur, acompaña al Rey. Ese blanco, prerrogativa de las Reinas católicas, no es, desgraciadamente, el color de nuestra convivencia, que más bien tira a tonalidades hormiga. Ojalá el blanco lo fuera. Verá el Santo Padre que esta gran nación que le recibe con la ilusión desbordante de los niños que le estrechan la mano en el aeropuerto pasa por una coyuntura dolorosa, con una tormenta judicial, por un aguacero de miserias, tan diferente al cielo velazqueño que le acoge en Madrid. Ha dicho en el avión el Pontífice que quiere dar un mensaje bueno en cada puerto, en Madrid, en Barcelona y en Canarias, todo para dar el mensaje de la fe, de la caridad, del respeto al ser humano. Lo necesitamos, Santidad.

El mensaje moral que trae León IV es demasiado profundo para que cale en algunos de nuestros agentes públicos que, seguro, intentarán instrumentalizar sus palabras. Su sonrisa perenne mientras habla con Don Felipe, con la Reina, con la Princesa Leonor y con la Infanta Sofía en el Palacio Real es la de miles de españoles que se han echado a las calles de Madrid para recibirle, mientras tañen las campanas de La Almudena que por unos minutos silencian el ruido político, el gallinero del Congreso, las sirenas de los coches de la UCO, las grabaciones de Leire, las mentiras de Marlaska.

En el Palacio de Oriente están también los poderes del Estado. Hasta Cándido Conde-Pumpido saluda al representante de la Iglesia católica. En la misma imagen de la tele puede verse a Isabel Díaz Ayuso. El tiro de cámara consigue lo que no ha logrado durante estos últimos años la buena educación pública y el respeto institucional. La presidenta del CGPJ con Almeida, Celaá con Pedro Rollán, Francina con López Miras, Óscar López con Juanma Moreno, Illa con Page, Felipe González con Aznar, Rajoy sin Zapatero (preocupado por una peritación de Ansorena), Santiago Abascal con Carmen Calvo, Pepe Álvarez con su foulard. Y Sánchez con su circunstancia («y si no la salvo a ella, no me salvo yo», en evocación de Ortega y Gasset). El presidente acorralado por la Justicia ha encontrado el invitado perfecto para conjurar sus escándalos. Quizá se pregunte cómo es posible que a Prevost le reciba este baño de masas y él tenga que inaugurar las estaciones de ferrocarril a puerta cerrada con la entusiasta presencia de Óscar Puente.

El presidente que no convoca elecciones porque no ve una ventana de oportunidad la ha visto abierta de par en par en la visita del Obispo de Roma, que ayer elogió nuestra firme defensa del derecho internacional. Por ello se ha reservado media docena de actos para aprovechar el tirón de alegría que llega desde el Vaticano. Quizá hoy haya aprendido que los liderazgos morales se ganan con hechos y siglos de cercanía con lo que lo necesitan, que se construye con amor y no con insultos. La universalidad de ese liderazgo no sabe de muros. Es más: se basa en tirarlos todos. En defender de corazón a los abandonados, a los débiles, a los inmigrantes de Arguineguín, a los refugiados de las guerras. Sin contextos interesados, sin oportunismo electoral, sin cálculos políticos, sin claudicar ante los objetivos espurios. «No es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro», subrayó el Papa con Sánchez escuchándole en primera fila de Palacio. Era como mencionar la soga en casa del ahorcado. Enfatizó Prevost: San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila se hicieron amigos para llegar al corazón de la realidad.

Por eso este viaje era más necesario que nunca. Como agua de junio en una España incendiada. El protocolo obliga a que se alineen para recibirle en el pabellón de autoridades representantes públicos que se agravian usando nuestros impuestos y nuestros intereses comunes, desde los medios de comunicación, desde las páginas de los periódicos. Bienvenida sea que la educación vuelva a los que deberían no apearse de ella. Decía Don Felipe nada menos que a un matemático que lee el lenguaje científico que no creamos que «todo vale, todo es permisible». Ponderó lo que suma y no divide y pidió empatía, comprensión y escucha. Sin decirlo, Don Felipe se alejó de aquellos que quieren llevar la imagen del Papa al molino de su mezquindad.

«Papa León, te queremos un montón» gritaban ayer al paso del Santo Padre. Ayer no había esa desafección de las encuestas en las calles. «Necesitamos cultura, educación libre, necesitamos trascendencia», proclamó ante muchos de los políticos que maltratan esos valores. Abandonar las narrativas divisivas, solicitó. Que cada cual anote.