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María José Gómez y Verdú

Los secretos del protocolo ante el Papa: qué sí debe hacerse y lo que nunca debería ocurrir ante un Pontífice

La experta en protocolo y divulgadora María José Gómez y Verdú, creadora de la cuenta @protocoloyetiqueta con más de 950.000 seguidores, explica cómo proceder en los actos de estos días

El Papa León XIV, flanqueado por la Familia RealDaniel González

La visita del Papa a Madrid volverá a colocar a España ante uno de esos acontecimientos donde el protocolo deja de ser únicamente una cuestión institucional para convertirse también en un reflejo colectivo de educación, cultura y respeto cívico. Porque, más allá de las creencias personales de cada ciudadano, la presencia de un Pontífice moviliza un ceremonial que mezcla religión, diplomacia, seguridad, tradición y representación del Estado.

Y precisamente en ese contexto conviene recordar algo importante: delante del Papa no solo se representa a uno mismo. También se representa la imagen de un país.

Durante años, el protocolo contemporáneo ha evolucionado hacia fórmulas mucho más cercanas y naturales. Sin embargo, esa cercanía no significa ausencia de límites. De hecho, uno de los grandes errores de nuestro tiempo es confundir espontaneidad con informalidad absoluta. Y eso resulta especialmente visible cuando se trata de figuras con una dimensión institucional y simbólica tan singular como la del Papa.

¿Qué debería hacer la gente ante el Pontífice? En primer lugar, comprender el contexto. Una misa papal en Madrid no es un concierto, ni un acto político, ni un espectáculo multitudinario al uso. Tiene una dimensión espiritual para millones de personas y, además, un enorme peso ceremonial. Por eso, la actitud correcta comienza por algo muy sencillo: mantener una conducta serena, respetuosa y consciente del momento histórico que se está viviendo.

La sobriedad sigue siendo la gran regla de la buena educación pública.

En términos de etiqueta, sí es apropiado aplaudir en determinados momentos de bienvenida o despedida, pero nunca interrumpir partes centrales de la liturgia convirtiendo la ceremonia en una sucesión de ovaciones. El protagonismo corresponde al acto, no al entusiasmo individual. El Vaticano cuida especialmente el sentido del orden, de los silencios y de los tiempos ceremoniales. Y ahí España se juega también su imagen institucional ante el mundo.

Otro aspecto importante es la relación física con el Papa. En una época dominada por el teléfono móvil y la necesidad permanente de capturarlo todo, muchas veces se olvida que la primera norma de cortesía es no invadir el espacio personal. Intentar tocar al Pontífice, agarrarle, forzar selfies, gritar para llamar su atención o romper los cordones de seguridad no solo supone un problema logístico; también rompe completamente la lógica del ceremonial pontificio.

La elegancia social empieza precisamente donde termina la necesidad de protagonismo.

Además, existe un error frecuente: pensar que las buenas maneras ante el Papa exigen exteriorizar una fe concreta. No es así. Nadie está obligado a santiguarse, arrodillarse o seguir gestos religiosos si no forman parte de sus convicciones personales. El verdadero protocolo contemporáneo no exige fingir devoción, sino mostrar respeto. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

De hecho, desde el punto de vista protocolario, resulta mucho más correcto mantener una actitud discreta y coherente que sobreactuar religiosidad por presión ambiental o estética social. La naturalidad respetuosa siempre funciona mejor que el gesto impostado.

También la vestimenta adquiere importancia en este tipo de actos. No se trata de recuperar normas antiguas ni de imponer códigos rígidos, pero sí de entender que determinadas ceremonias requieren cierta sobriedad estética. El exceso, la extravagancia o la búsqueda deliberada de llamar la atención suelen interpretarse como una falta de sensibilidad hacia el contexto. El Vaticano, incluso en tiempos modernos, continúa manejando una cultura visual basada en la armonía, la discreción y el simbolismo.

Y quizá ahí se encuentra la gran lección que deja siempre el ceremonial pontificio: el protocolo no consiste en acumular normas artificiales, sino en comprender qué necesita cada momento para preservar su dignidad.

Por eso, lo que nunca debería hacerse delante del Papa es convertir una visita histórica en un ejercicio de exhibicionismo individual. Ni político, ni mediático, ni social. El Pontífice representa una institución bimilenaria acostumbrada a leer los gestos con enorme precisión. Y precisamente por eso, las mejores maneras ante él siguen siendo las más clásicas: prudencia, serenidad, respeto y sentido de la medida.

En una sociedad cada vez más acelerada y ruidosa, quizá ahí reside también el verdadero valor del protocolo: recordar que hay momentos que merecen ser vividos con cierta solemnidad.