Un Papa que no alimenta nostalgias estériles
Lejos de alimentar enfrentamientos o nostalgias estériles, el Santo Padre nos ha invitado a mirar hacia adelante con confianza, conscientes de que Cristo continúa ofreciendo a cada persona un horizonte de plenitud y de salvación
El evangelio de este domingo nos presenta una de las imágenes más conmovedoras de Jesús. Al contemplar a la multitud, el Señor siente compasión porque aquellas personas «andaban como ovejas que no tienen pastor». No las mira con indiferencia ni con superioridad. Tampoco las juzga. Las contempla desde el amor y percibe en ellas una necesidad profunda: la necesidad de orientación, de verdad, de esperanza y de sentido.
Aquella escena evangélica sigue siendo extraordinariamente actual. También nuestro tiempo está lleno de hombres y mujeres que buscan respuestas para las grandes preguntas de la existencia. Vivimos en una sociedad con enormes avances técnicos y científicos, pero que con frecuencia experimenta la incertidumbre, la soledad y el desconcierto. Son muchos los que, aun sin saberlo, siguen esperando una palabra que ilumine su camino y dé unidad a su vida.
Por eso adquiere un significado especial la reciente visita del Papa León XIV a España. Como sucesor de Pedro, ha ejercido entre nosotros ese ministerio de pastor que confirma en la fe, fortalece la esperanza y recuerda a todos que Jesucristo sigue siendo la respuesta definitiva a los anhelos más profundos del corazón humano.
Sus palabras han tenido la serenidad de quien habla desde la verdad y la fuerza de quien sabe que el Evangelio no pertenece al pasado. Lejos de alimentar enfrentamientos o nostalgias estériles, el Santo Padre nos ha invitado a mirar hacia adelante con confianza, conscientes de que Cristo continúa ofreciendo a cada persona un horizonte de plenitud y de salvación.
La visita papal ha puesto además de manifiesto una realidad que a veces olvidamos: la Iglesia en España está viva. Lo hemos visto en las celebraciones multitudinarias, en la participación de familias enteras, en la presencia de jóvenes, en el entusiasmo de tantos voluntarios y en la fe sencilla de miles de personas. Existe un inmenso patrimonio espiritual y humano que sigue siendo una riqueza para toda la sociedad.
Quizá durante demasiado tiempo algunos católicos hemos vivido a la defensiva, refugiados en trincheras culturales o sociales. El momento presente nos invita a recuperar la confianza. No para imponer nada a nadie, sino para ofrecer con humildad y convicción aquello que hemos recibido. La Iglesia no está llamada a esconderse ni a diluir su identidad, agradando a poderes mundanos, sino a hacerse presente en todos los ámbitos de la vida pública siendo ella misma.
Porque la Iglesia no es una institución hecha por los hombres para alimentarse a sí misma. Ni su razón de ser es el poder o el prestigio. Su misión es servir al ser humano, especialmente al mas débil, aunque esto le cueste la incomprensión o la persecución. Allí donde anuncia el Evangelio, ayuda a purificar el corazón, corrige aquello que degrada la dignidad de la persona y abre caminos hacia una vida más plena y más verdadera.
Al concluir la visita del Santo Padre, queda en todos nosotros un profundo sentimiento de gratitud. Pero también una tarea. Tenemos por delante muchos meses para meditar sus palabras, hacerlas nuestras y convertirlas en vida. Como aquellos apóstoles enviados por Jesús, también nosotros somos llamados a llevar esperanza a un mundo que sigue necesitando pastores que conduzcan hacia el único Pastor capaz de colmar el corazón humano: Jesucristo.