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Ali Agca en una fotografía de 2014

Ali Agca en una fotografía de 2014GTRES

Tal día como hoy sentenciaron a cadena perpetua al hombre que intento acabar con la vida de Juan Pablo II

Eran las 5:28 de la tarde del 13 de mayo de 1983 cuando Ali Agca, emboscado entre la multitud, abrió fuego con su Browning de 9 milímetros contra el Papa polaco

Tal día como hoy en 1981, apenas dos meses después de que los disparos en la Plaza de San Pedro conmocionaran al mundo, la justicia italiana dictaba sentencia contra Mehmet Ali Agca: cadena perpetua. Aquel joven turco de 23 años, de mirada fosca y pómulos marcados, había estado a punto de cambiar el curso de la historia el 13 de mayo de aquel mismo año.

La plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, donde se puede ver la pistola sobre la cabeza de un hombre con gafas de sol

La plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, donde se puede ver la pistola sobre la cabeza de un hombre con gafas de sol©GTRESONLINE

Eran las 5:28 de la tarde cuando Agca, emboscado entre la multitud, abrió fuego con su Browning de 9 milímetros contra el Papa Juan Pablo II. Cuatro balas alcanzaron al Pontífice polaco, tiñendo de sangre su sotana blanca. Sin embargo, lo que pudo ser una tragedia absoluta se convirtió en lo que Wojtyla siempre definió como un milagro: «Una mano disparó y otra mano —la de la Virgen— guio la bala».

Los médicos del policlínico Gemelli confirmaron que la trayectoria del proyectil en el intestino fue «inexplicable», evitando arterias vitales que habrían causado la muerte en cuestión de minutos. Mientras el Papa luchaba por su vida, Agca era detenido al grito de: «¡No me importa morir!».

De Mallorca al Vaticano

Las investigaciones posteriores revelaron una trama internacional que pasaba por España. Semanas antes del atentado, Agca se alojó dos semanas en el hotel Flamboyan de Magaluf, en Mallorca. Bajo la identidad falsa de Faruk Osgum, el terrorista llevó una vida solitaria, dedicada a correr y a beber refrescos, mientras dejaba propinas desorbitadas.

Ocupó la habitación individual 624 para preparar logísticamente el intento de asesinato contra el Papa Juan Pablo II que perpetraría en Roma solo cuatro días después de abandonar el hotel. Fue allí, según diversas investigaciones, donde se habrían ultimado los detalles del pago y la entrega del arma, presuntamente a través de redes de tráfico de armas y de la mafia turca.

La hipótesis más verosímil, sostenida por diversas investigaciones parlamentarias, apunta a que Agca no fue un «lobo solitario». Se cree que fue un sicario contratado por los servicios secretos búlgaros bajo instrucciones directas del GRU, la inteligencia militar rusa, que veía en el carisma del Papa polaco y su apoyo al sindicato Solidaridad una amenaza existencial para el bloque soviético.

El perdón y el ocaso de un sicario

Juan Pablo II, en un gesto que conmovió al mundo, perdonó a su agresor apenas cuatro días después del atentado mediante un mensaje grabado desde el hospital Gemelli. Meses más tarde, en diciembre de 1983, lo visitó en su celda de la cárcel de Rebibbia, donde ambos mantuvieron una conversación privada de 22 minutos. Tras 19 años de prisión en Italia, Agca fue indultado en el año 2000 por el presidente Carlo Azeglio Ciampi, a petición del propio Pontífice, y extraditado a Turquía para cumplir condena por otros crímenes cometidos con anterioridad.

Los últimos datos fidedignos que se conocen de él datan de hace unos años. En 2020, fue localizado por el Daily Mirror viviendo con modestia en un suburbio de Estambul. Aquel hombre que un día se declaró «el nuevo Mesías» en un aparente delirio para evitar represalias, se dedicaba a una existencia discreta, alimentando a perros y gatos callejeros y viviendo de los derechos de sus libros. A sus 61 años, seguía insistiendo en que «no todo ha sido revelado», probablemente para seguir acaparando la atención mediática y alimentar el misterio sobre quién dio realmente la orden de matar al Papa que contribuyó decisivamente a la caída del comunismo.

Esa pátina de excentricidad ha sido, de hecho, su sello personal durante décadas. No puede olvidarse el revuelo que protagonizó en 2014, cuando entró ilegalmente en Italia para depositar con lágrimas en los ojos unas rosas blancas ante la tumba de Juan Pablo II, ni sus constantes delirios públicos, en los que llegó incluso a anunciar el inminente fin del mundo. En todo caso, aquellos disparos que estremecieron al mundo en la Plaza de San Pedro, dejaron tras de sí una ejemplar historia de perdón de un Papa y, por otra parte, numerosas preguntas abiertas.

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