Fundado en 1910
Tribunas de veranoÁlex Navajas

El silencio de los cobardes

El perdón no es sinónimo de silencio, ni de mirar a otro lado, ni de dejar pasar, ni de permitir que la falsedad se vaya adueñando del relato, ni de cobardía a la hora de exponer los hechos y condenar los excesos

El campanario de Santa María en Puigcerdá, lo único que queda de la iglesia del mismo nombre

Puigcerdà es un populoso, animado y vital municipio del Pirineo gerundense en el límite con Francia. En su corazón se abre la plaza de Santa María, con sus elegantes cafés y terrazas y el bullicioso ir y venir de los clientes que visitan sus abundantes comercios. En un extremo de la concurrida y espaciosa explanada se yergue un monumental campanario –de casi 38 metros de altura– que se empezó a erigir a finales del siglo XII. Es el único vestigio que queda del grandioso templo románico y gótico, que llegó a albergar catorce capillas laterales y extraordinarias obras de arte.

No es del todo fácil averiguar qué hace una solitaria torre desgajada de su inexistente iglesia. ¿Fue un incendio o un progresivo abandono el causante de esta ausencia? Un terremoto no pudo ser: el campanario habría sido el primer elemento en sucumbir. En al atrio del mismo se ubica hoy la oficina de turismo del municipio, que cada verano recibe miles de visitantes.

El sólido campanario, con la oficina de turismo en su atrio

No, no es sencillo descubrir la historia de esta iglesia. Algo similar ocurre con el cercano convento de Santo Domingo, cuyo templo, de finales del siglo XIII, conserva las cicatrices de su azarosa historia, que hoy luce en su desnuda sencillez. Afuera, un cartel informativo evoca pormenorizadamente las guerras napoleónicas, la de Sucesión, la nefasta Desamortización de Mendizábal y –de carrerilla– la Guerra Civil: «Fue destruida en 1936».

Pero esto no es algo exclusivo de este idílico pueblo pirenaico. Visitando otras muchas iglesias, monasterios y ermitas por toda España, uno se topa con redacciones similares: «El retablo desapareció durante la Guerra Civil»; «el templo sufrió un incendio en 1936»; «las imágenes se perdieron durante el conflicto»; «fue saqueada al inicio de la contienda»...

¿Se pretende, de este modo tan burdo, blanquear –esa palabra tan del gusto de los progres– a los que cometieron esas atrocidades? Y, sobre todo, ¿con la anuencia y la necesaria colaboración de parte de la Iglesia? ¿Ocultar la verdad es el camino que enseña el Evangelio para llegar a la reconciliación? ¿No se tratará, más bien, de un silencio cómplice, cómodo, taimado y cobarde para no ofender a los que han impuesto una mentira histórica?

La escueta «explicación» del devenir de la iglesia de Santa María de Puigcerdá

Los más de 7.000 mártires que fueron asesinados por odio a la fe en el contexto de la Segunda República y la Guerra Civil murieron perdonando de corazón a sus verdugos y orando por ellos. Si esa fue su actitud, ¡cuánto más tiene que ser la nuestra, que no sufrimos esos tormentos! Pero el perdón no es sinónimo de silencio, ni de mirar a otro lado, ni de dejar pasar, ni de permitir que la falsedad se vaya adueñando del relato, ni de cobardía a la hora de exponer los hechos y condenar los excesos.

Les termino por contar el motivo por el que la torre de Santa María permanece solitaria en su plaza. Antonio Martín Escudero, también conocido como el Cojo de Málaga –un tipo siniestro que realmente había nacido en Cáceres–, presidió el Comité de Puigcerdà a partir de 1936. Sindicalista, anarquista y asesino despiadado, fue uno de los responsables de mandar demoler el extraordinario templo románico y gótico nada más comenzar la Guerra Civil. Solo le movió el odio. No hubo otra explicación. La torre la decidieron conservar porque tenía su utilidad como puesto de vigilancia. Y por eso se salvó.

Hoy en día, los herederos ideológicos de esos fanáticos gobiernan en el pueblo. Y la verdad –incómoda– se oculta a los visitantes. Como en tantas partes de España. Pese a ello, no dejen de visitar Puigcerdá. Es un pueblo bello del Pirineo que una vez tuvo una majestuosa iglesia. En su lugar, hoy, se abre una amplia plaza con bares y cafeterías. Y una torre, solitaria, que contempla el paso del tiempo.