El obispo de Cuenca, beato Cruz Laplana Laguna, asesinado el 8 de agosto de 1936
90 años de los primeros mártires de 1936
«Ya estamos dispuestos. Que Dios os perdone, como yo os perdono»: las últimas palabras del obispo de Cuenca
Monseñor Cruz Laplana y su sobrino y secretario Fernando Español fueron asesinados por los milicianos en la madrugada del 8 de agosto de 1936
«Don Cruz y don Fernando se arrodillaron, se absolvieron nuevamente el uno al otro, hicieron la señal de la cruz sobre sí mismos, se levantaron, se abrazaron, se cogieron de la mano y dijo tranquilamente el señor obispo: Ya estamos dispuestos… Que Dios os perdone, como yo os perdono, y os bendigo… Don Fernando dijo: Yo también. Mientras el obispo de Cuenca trazaba la señal de la cruz sobre los asesinos, un miliciano disparó un tiro contra la mano y otra bala penetró en la sien del prelado; al mismo tiempo el cuerpo de don Fernando caía en tierra ametrallado por una lluvia de balas».
Con esta crudeza y realismo recogen los biógrafos el martirio de los beatos Cruz Laplana y Fernando Español, asesinados in odium fidei en Villar de Olalla (Cuenca) el 8 de agosto de 1936 y beatificados por Benedicto XVI el 28 de octubre de 2007.
Una bomba en el palacio
Monseñor Cruz Laplana pastoreó la diócesis de Cuenca durante catorce años, desde 1922 hasta su martirio. Según el filólogo clásico, helenista y canónigo aragonés Sebastián Cirac, «la noche del 19 de julio de 1936, una cuadrilla de rojos armados obedeciendo órdenes del Régimen y de los partidos marxistas cercaron el Palacio Episcopal de Cuenca, montando una guardia permanente sin dejar entrar ni salir a nadie». A los pocos días, en la puerta del Palacio estalló una bomba, lo que motivó que un emisario de la Guardia Civil propusiera al prelado disfrazarse de agente para marcharse con ellos, pero el obispo agradeció la intención y rechazó la proposición. «Yo no puedo marchar por temor al peligro; mi deber está aquí cueste lo que cueste», justificó.
«El día 28, una cuadrilla de milicianos rojos armados penetró en la Casa Episcopal con intención de prender al Sr. Obispo, que se hallaba rezando en la capilla; al enterarse de lo que pasaba, consumió con reverencia las hostias consagradas que había en el sagrario y salió tranquilamente al encuentro de los milicianos», prosigue Cirac. «Estos se llevaron al Sr. Obispo al Salón del Trono y le preguntaron dónde tenía el dinero, a lo cual respondió: 'Yo no tengo dinero'. Registrando allí, hallaron una caja fuerte con dinero y títulos del Patronato de la Cuba, de la diócesis, etc. Entonces le dijeron: '¿No decías que no tenías dinero?'. 'No tengo dinero, porque ése no es mío, sino de la diócesis y de algunas Fundaciones', replicó», señala el biógrafo de monseñor Laplana.
Confianza en la Providencia
Esos días de incertidumbre estuvo acompañado de su sobrino y secretario personal, el sacerdote Fernando Español. «Gran parte del día y de la noche se la pasaba de rodillas rezando en su habitación y también hablando con los sacerdotes, a los que infundía serenidad y confianza en la Providencia divina y aun fortaleza para morir por la fe y la dignidad sacerdotal, si Dios pedía este sacrificio», recoge Cirac. A veces le preguntaban los sacerdotes: «¿Qué tal, Sr. Obispo?» Y, sonriente y tranquilo, respondía: «Bien, renovando el acto de contrición a cada momento y pidiendo al Señor que me haga conocer en cada instante su voluntad y me dé fuerzas para cumplirla», explica su biógrafo.
En la medianoche del 7 al 8 de agosto se produjo su detención definitiva. «El Sr. Obispo y D. Fernando, rodeados por la cuadrilla de milicianos armados, salieron del seminario y bajaron a la ante plaza, donde esperaba el autobús preparado», refiere Cirac. «El autobús de la muerte partió de la ante plaza del Ayuntamiento y atravesó cautelosamente las calles de la ciudad (…) Cuando llegó al kilómetro 5 de la carretera de Villar de Olalla, en el cerro más arriba del Puente de la Sierra, un poco a la derecha de la carretera, se paró y se bajaron a tierra», prosigue.
«Mientras los milicianos se disponían a disparar, el Sr. Obispo y su familiar, D. Fernando, se arrodillaron, se absolvieron nuevamente el uno al otro, hicieron la señal de la cruz sobre sí mismos, se levantaron, se abrazaron, se cogieron de la mano» y perdonaron a sus verdugos. Instantes después, una ráfaga de ametralladora acabaría con sus vidas.