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Por razones de trabajo, estudié ruso durante algún tiempo, sin demasiado éxito. Me parecía —y me sigue pareciendo— una lengua de belleza severa, implacable con el principiante. Mi profesor, Pavel, utilizaba un viejo manual que aún conservaba ejercicios de lectura de la época soviética, que leíamos entre risas. Fue él quien me recomendó Los hermanos Karamázov. Del ruso retuve poco; de aquella recomendación, algo más.

No aprendí a hablar aquella lengua, pero llegué a través de ella a una de las indagaciones más radicales sobre la conciencia moral. Dostoievski podría haberse limitado a preguntar de qué es capaz un malvado. Prefiere preguntarnos qué hacemos los demás con su existencia y, sobre todo, de qué modo la utilizamos para absolvernos.

Cuando Dmitri Karamázov, fuera de sí, pregunta por qué se permite que un hombre como su padre siga vivo, el stárets Zósima no se suma al juicio. Se levanta, se acerca a Dmitri y se inclina ante él hasta tocar el suelo con la frente. Zósima explicará después que se inclinó ante el gran sufrimiento que aguardaba al joven. El sabio monje no absuelve la vileza del padre ni relativiza las acusaciones del hijo: desbarata esa cómoda geometría moral que coloca todo el mal enfrente y deja al acusador a salvo.

Dmitri señala; Zósima se inclina. El primero concentra la culpa en un hombre cuya degradación resulta indiscutible. El segundo se niega a permitir que la existencia de un malvado convierta automáticamente en inocentes a quienes lo contemplan. A esa misma visión pertenece la advertencia quizá más incómoda de la novela: cada uno debe considerarse responsable ante todos, por todos y por todo.

Casi todos somos buenas personas si se nos permite elegir al malvado con quien compararnos. Siempre hay un criminal, un corrupto o un miserable lo bastante inequívoco y distante como para proporcionarnos una absolución.

La versión más cómoda de la modernidad ha perfeccionado este mecanismo: proclama al individuo autor de su propia vida y, al mismo tiempo, le ofrece un repertorio casi inagotable de razones para no responder por ella. Pascal Bruckner llamó «tentación de la inocencia» a ese deseo de gozar de los beneficios de la libertad sin cargar con sus consecuencias. El sistema, el pasado, la sociedad, la educación o las heridas explican nuestros actos —y a menudo los explican de verdad—; la coartada comienza cuando explicar significa exculpar y la responsabilidad termina siempre en otro.

Sin embargo, cuanto más en serio se toma alguien el bien, menos satisfecho puede estar de su propia bondad. No porque deba cultivar una culpabilidad neurótica —nadie puede realizar todo el bien imaginable—, sino porque empieza a reconocer el bien concreto que debía hacer y no hizo.

El mal no se agota en las heridas que infligimos. También está en la llamada que aplazamos, el consuelo que escatimamos, la injusticia ante la que callamos, el talento que dejamos pudrirse y el amor que administramos mezquinamente; está, en fin, en el alma ociosa que solo se contempla a sí misma.

El verdadero término de comparación no es el vecino —del que nos juzgamos un paso por encima—, ni un terrible delincuente, ni siquiera esa criatura imaginaria y moralmente neutra que llamamos «una persona normal». Es la santidad. Y ante ella se desmorona cualquier autosatisfacción moral.

El bien absoluto irrumpe aquí no para tranquilizar la conciencia, sino para privarla de sus rebajas: no se trata de ser razonablemente correcto ni socialmente agradable. Se trata de perder la vida, amar al enemigo —sí, también a ese; y sí, amarlo—, cargar con la cruz y aspirar a la perfección. Nada podemos por nuestra cuenta para alcanzarla y, sin embargo, no cabe escatimar un solo esfuerzo.

Zósima no pide a Dmitri que absuelva a su padre. Le impide encontrar en la culpa del otro la medida de su propia bondad. Dmitri señala. Zósima se inclina.

Álvaro Presno Vélez es doctor en Ingeniería de Producción y Computación y doctor en Matemáticas y Estadística; investigador y profesor en la Universidad de León