Poco antes de embarcarse, León XIV había presidido una misa en la iglesia de María Santísima del Lago ante la presencia de algunos fieles, a quienes alentó a no ceder al odio y a la violencia. «Dicen que poner la otra mejilla es de perdedores, que dar en vez de rechazar es de ingenuos, que perdonar sin límites es de débiles (...) No nos confundamos: el odio y la violencia no conducen a nada bueno, solo a la destrucción y a la muerte», avisó el pontífice en su homilía. En este sentido, subrayó que el mundo «está muy necesitado de vida, de esperanza, de serenidad y de paz» y llamó a impedir que «el mal desfigure la humanidad y corrompa el corazón» de la gente.